La estadística oculta carencias que el dinero por sí solo no resuelve

Daniel Correa (*)

| Por La Tribuna
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Imagen IlustrativaLuis Alexis Serrano Arauz

Imaginemos a una familia que, a fin de mes, junta lo suficiente para no ser considerada pobre. Sus ingresos superan la línea de pobreza. Y, sin embargo, cocina con leña, quema o entierra su basura en el patio porque no pasa el camión recolector, o nadie en la casa aporta a un sistema de jubilación. ¿Es esa una familia que “salió” de la pobreza? Según la manera tradicional de medirla, sí. Según la realidad que vive todos los días, no tanto.

Esa distancia entre lo que dice el ingreso y lo que se vive en la casa es, justamente, lo que intenta capturar el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) que el Instituto Nacional de Estadística (INE) publica en un Informe reciente.

Durante casi tres décadas, Paraguay midió la pobreza de una sola manera: la pobreza monetaria. El método es simple y valioso: si un hogar gana menos que un cierto monto (la “línea de pobreza”), es pobre. Es un termómetro rápido y comparable año a año.

Pero el ingreso sube y baja. Una changa buena en un mes puede “sacar” a alguien de la pobreza en la estadística, aunque su vivienda siga sin baño y sus hijos estén rezagados en la escuela. El dinero es real, pero volátil, y no cuenta toda la historia.

El IPM mira otras cuatro dimensiones de la calidad de vida que se sostienen en el tiempo: trabajo y seguridad social, vivienda y servicios, salud y ambiente, y acceso a educación. Cada una pesa lo mismo (25%), porque –como plantea el economista Amartya Sen, cuya teoría inspira este método– ningún derecho vale menos que otro.

Un hogar se considera pobre multidimensional cuando acumula suficientes carencias al mismo tiempo. No compiten entre sí. Se complementan. La forma tradicional que es la monetaria dice cuánto falta en el bolsillo; la multidimensional dice qué le falta a la vida.

El IPM se calcula desde dos fuentes que se complementan. La publicación oficial más reciente (julio del 2026) usa el Censo del año 2022 y, por primera vez, llega hasta a todos los 263 distritos. Ahí las brechas se ven sin filtro: desde el 0,9% de las personas con alguna carencia de estos servicios que residen en Fernando de la Mora o el 1,6% de las personas de Villa Elisa –en la Gran Asunción– hasta el 82,2% de las personas en Puerto Pinasco, en pleno Chaco. La otra fuente es la Encuesta Permanente de Hogares, que llega hasta el 2024. La diferencia es de alcance: el censo cuenta a todos, pero pregunta menos (por eso algunas carencias, como el acceso a la salud, no se miden igual); la Encuesta de Hogares hace más preguntas, pero solo a una muestra y deja fuera ciertas zonas y grupos. Por eso sus cifras no coinciden del todo: miran la misma pobreza desde ángulos distintos. Los datos que siguen vienen de la encuesta anual, la que permite ver la evolución.

En el 2024, el 15,7% de la población paraguaya –unas 927.628 personas– vivía en pobreza multidimensional. La buena noticia es que el número viene bajando de forma sostenida: era 19,7% en el 2022 y 17,2% en el 2023.

Pero el dato más revelador aparece al cruzar las dos mediciones. De todas esas personas pobres multidimensionales, más de la mitad (52,5%) no son pobres por ingresos. Tienen plata suficiente (por encima de la línea de la pobreza), pero les faltan cosas que el dinero por sí solo no resolvió: agua potable y segura, un baño adecuado, acceso a recolección de basura, un empleo con aportes a la seguridad social. Son casi 487.000 personas que la medición tradicional, sola, dejaría invisibles.

La otra cara del dato es territorial. En el área rural, la pobreza multidimensional (31,3%) es cinco veces mayor que en la ciudad (6,2%). Y por departamentos, la brecha es enorme: San Pedro (30,5%), Caazapá (27,5%) y Concepción (26,5%) encabezan la lista, mientras que Asunción apenas llega al 2,02%. No es la misma pobreza en todos lados, y no puede combatirse de forma igualitaria.

La gran ventaja del IPM es que no solo cuenta cuántos son pobres: también dice por qué. Cuando se analiza qué carencias pesan más en el índice, tres se destacan del resto:

  • Manejo inadecuado de la basura (quema, enterramiento, tirado a cielo abierto): explica el 20,5% del índice.
  • Falta de aporte a una caja jubilatoria: 12,5%.
  • Uso de leña o carbón para cocinar: 10,9%.

Estas tres carencias solas explican casi la mitad del problema. Y ninguna se resuelve con una transferencia de dinero puntual: se resuelven con servicios. Acá está el verdadero valor del ejercicio. El IPM no es un número para el archivo: es un mapa para actuar. El análisis relevante no es guiarse solo por el ingreso, y el que lo hace, corre el riesgo de repartir ayuda que alivia el mes, pero no cambia el fondo; y como el ingreso es tan cambiante, la foto que ofrece puede engañar. El IPM, en cambio, señala qué hace falta y dónde.

Los propios datos sugieren por dónde empezar. Si la basura es la carencia número uno, la respuesta no es un subsidio social: es extender la recolección municipal, eso es gestión pública. Si el problema es cocinar con leña, la meta es acercar energía limpia. Si tantos trabajan sin aportar a una jubilación, el desafío es la formalización laboral. Y si el mapa muestra a San Pedro, Caazapá y Concepción arriba, ahí conviene concentrar el esfuerzo, en lugar de distribuir de manera idéntica.

Medir bien no es un lujo técnico. Es la diferencia entre una política que suena bien y una que efectivamente puede mejorar la calidad de vida de una familia. Paraguay ya tiene la herramienta y los datos para avanzar. El paso que sigue– y quizás el más importante– es dejar que esos datos orienten las políticas públicas.

Por lo menos así lo veo yo.

(*) Economista y director de DCR Consultora. Profesor universitario.

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