El nuevo informe del Banco Mundial sobre América Latina y el Caribe advierte que la informalidad y la volatilidad de los ingresos dificultan una medición precisa del bienestar. Los recursos pueden no declararse completamente, registrarse de forma irregular o cambiar mucho de un mes a otro.
Esto no significa que la pobreza sea ficticia ni que las estadísticas deban descartarse. Significa que una medición basada exclusivamente en los ingresos de un período puede ofrecer una fotografía incompleta de la realidad familiar.
Un trabajador independiente puede tener ventas elevadas en una temporada y casi ninguna en otra. Un comerciante puede retirar productos de su negocio para el consumo familiar sin registrarlos como ingreso. Un productor agrícola puede recibir recursos después de la cosecha y pasar luego meses sin entradas monetarias. También existen hogares que reciben remesas, ayuda familiar o bienes para el autoconsumo.
Por esa razón, el Banco Mundial plantea que el consumo puede complementar la medición basada en ingresos. Las familias suelen mantener su nivel de vida aun cuando sus entradas fluctúan, utilizando ahorros, crédito, ayuda familiar o postergando pagos.
El consumo tampoco es perfecto. Un hogar puede sostener sus gastos mediante deuda o venta de activos, sin que eso implique bienestar o seguridad económica. No obstante, permite observar el acceso efectivo a alimentos, vivienda, transporte y otros bienes esenciales.
La evidencia del informe muestra que la desigualdad calculada mediante ingresos suele ser mayor que la obtenida a través del consumo. La diferencia aumenta en países con mayor presencia de trabajadores por cuenta propia y familiares no remunerados. Cuanto más informal e inestable es el mercado laboral, más difícil resulta interpretar el ingreso de un solo período como representación completa del bienestar.
Esta conclusión debe manejarse con cuidado. No implica que la desigualdad sea baja, que la pobreza esté exagerada ni que las privaciones desaparezcan al cambiar de indicador. Ingreso y consumo responden preguntas distintas: el primero muestra los recursos monetarios recibidos; el segundo, cuánto puede utilizar una familia para atender sus necesidades.
El caso paraguayo vuelve especialmente relevante esta discusión. La presencia del trabajo independiente, las microempresas familiares y las actividades de baja productividad obliga a analizar la pobreza más allá de una fotografía mensual de los ingresos.
El desafío no consiste en cuestionar las estadísticas oficiales ni en reemplazar la medición vigente. La tarea es fortalecerla con indicadores complementarios que permitan conocer cómo viven los hogares, con qué estabilidad generan recursos y qué capacidad tienen para enfrentar una enfermedad, una pérdida de empleo, una caída de ventas o un problema climático.
Para Paraguay, una medición más completa debería considerar conjuntamente ingreso, consumo, calidad del empleo, cobertura social y acceso a servicios básicos. Dos familias con ingresos similares pueden enfrentar situaciones distintas: una puede contar con vivienda propia, agua, saneamiento y cobertura sanitaria; otra puede gastar buena parte de sus recursos para compensar la ausencia de esos servicios.
Un primer desafío es captar mejor los ingresos por cuenta propia. En una microempresa familiar no siempre resulta sencillo separar ventas, costos, ganancias y productos destinados al hogar. En la agricultura familiar existen ciclos productivos y formas de autoconsumo que no aparecen como entradas monetarias.
El segundo es integrar mejor la información. Los registros de empleo, educación, salud, programas sociales y servicios públicos pueden revelar privaciones que una declaración de ingresos no muestra. Articular encuestas y datos administrativos permitiría mejorar la focalización de las políticas.
El tercero es distinguir pobreza de vulnerabilidad. No todos los hogares que superan una línea monetaria pueden mantener ese resultado. Muchas familias pueden salir estadísticamente de la pobreza durante un período favorable y volver a caer ante el primer impacto adverso. Paraguay necesita identificar también a quienes permanecen cerca de la línea, con ingresos variables, escasos ahorros y limitada protección social.
El cuarto desafío es convertir la formalización en una propuesta de valor. La informalidad no se reduce solamente mediante controles. Trabajadores y pequeños negocios deben encontrar beneficios concretos: crédito, seguridad social, capacitación, acceso a mercados, tecnología y reglas tributarias proporcionales.
El crecimiento económico paraguayo ofrece una oportunidad para avanzar en esta agenda, pero crecer más que el promedio regional no garantiza una reducción homogénea de la pobreza. El dinamismo debe traducirse en empleos productivos, ingresos menos volátiles y mayor acceso a servicios y protección social.
El objetivo no es encontrar una metodología que muestre más o menos pobreza, sino construir una medición capaz de comprender sus distintas formas. Medir mejor es el primer paso para decidir mejor.


