Por César Addario Saljancic. (*)
En esta serie de doce artículos examinaré la economía paraguaya en 2026 desde una perspectiva que une los grandes números agregados con la realidad cotidiana de las personas. El crecimiento del PIB, la estabilidad de precios y el aumento de la inversión son datos objetivos y positivos. Sin embargo, la pregunta central es si ese dinamismo macroeconómico se convierte en mayores oportunidades, mejores ingresos y mayor movilidad para las familias, los pequeños productores y los trabajadores.
La tesis que guía esta saga es sencilla: una macroeconomía sólida es condición necesaria para el progreso, pero no es suficiente por sí sola. El bienestar real surge de las decisiones individuales de producir, ahorrar, invertir y trabajar. Cuando los mercados funcionan con reglas claras, precios que reflejan escasez real y costos bajos para participar, el crecimiento se multiplica y llega más lejos.
Cuando existen fricciones regulatorias, institucionales o de información, el impulso macro se diluye antes de alcanzar la base productiva. A lo largo de los próximos capítulos analizaremos esa transmisión. Empezamos por el crecimiento del PIB. Luego revisaremos el mercado laboral, la formalidad, la productividad por trabajador, el acceso al crédito de las microempresas y la incidencia real de las políticas fiscales en los hogares.
El objetivo no es cuestionar los logros agregados, sino entender por qué la reducción de la pobreza y la mejora en las condiciones de vida avanzan a un ritmo más lento que el propio crecimiento. El Banco Central del Paraguay revisó al alza el crecimiento del PIB de 2025 hasta el 6,0 por ciento, desde una proyección inicial del 5,3 por ciento. Esta revisión genera un arrastre estadístico de 0,4 puntos para 2026, año en el que se espera una expansión del 4,2 por ciento según el Informe de Política Monetaria de diciembre de 2025. Por el lado de la oferta, el sector primario creció 5,3 por ciento, el secundario 6,2 por ciento y el terciario 6,1 por ciento.
Por el lado de la demanda, el consumo privado avanzó 4,0 por ciento mientras que la formación bruta de capital fijo se expandió 14,5 por ciento. Estos números muestran un desempeño equilibrado y liderado por la inversión privada. La formación bruta de capital fijo mide los recursos que empresas y productores destinan a maquinaria, construcciones, equipo y tecnología.
Un aumento del 14,5 por ciento indica que quienes arriesgan su propio capital perciben oportunidades de ganancia futura. Esa percepción no nace de promedios ni de discursos; surge cuando los precios relativos señalan dónde hay demanda insatisfecha y dónde el esfuerzo puede ser recompensado.
Cuando los empresarios invierten, están respondiendo a señales concretas del mercado: costos de insumos, precios de venta esperados y estabilidad en las reglas del juego. Esa respuesta privada es la que amplía la capacidad productiva real del país. El consumo privado, más moderado, sugiere que los hogares mantienen cierta cautela o destinan parte de sus ingresos al ahorro y a la inversión propia.
En una economía abierta y con baja inflación, esa moderación puede reflejar prudencia más que debilidad. El dinamismo del sector secundario, construcción e industria, y del terciario, servicios, muestra que la actividad se está diversificando más allá del ciclo agrícola tradicional. Sin embargo, estos agregados positivos conviven con una elasticidad crecimiento-pobreza de aproximadamente menos 0,35, según datos del INE y el BCP para 2024-2025.
Esto significa que, en promedio, cada punto porcentual de crecimiento del PIB reduce la tasa de pobreza solo en 0,35 puntos porcentuales. El crecimiento es necesario, pero su efecto sobre el nivel de vida de los sectores más vulnerables es limitado. Una elasticidad baja revela que los beneficios del crecimiento no se distribuyen de manera automática.
El PIB suma todo lo producido, sin distinguir si ese aumento proviene de actividades que generan mucho empleo directo y bien remunerado o de proyectos intensivos en capital con menor multiplicador de ingresos para la base de la pirámide. Cuando el crecimiento se concentra en pocos eslabones de la cadena productiva y existen barreras para que pequeños productores, emprendedores informales o trabajadores poco calificados accedan a esos eslabones, el efecto sobre la pobreza se atenúa.
Las fricciones microeconómicas explican buena parte de esa brecha. Costos elevados para formalizarse, trámites lentos para abrir un negocio, dificultades para acceder a crédito productivo sin garantías excesivas o resolución lenta de conflictos contractuales reducen la capacidad de respuesta de millones de paraguayos.
(*) https://cesaraddario.com/ Economista, analista económico de La Tribuna y asesor económico del presidente de El Salvador, Nayib Bukele.


