Por Daniel Correa.
Un préstamo puede ser una herramienta de progreso cuando financia una vivienda, una inversión productiva, una maquinaria, un negocio o una mejora familiar. Pero también puede convertirse en una señal de presión cuando se usa para cubrir gastos corrientes: supermercado, combustible, medicamentos, cuotas escolares o servicios básicos.
Los datos del sistema financiero muestran una economía que sigue moviéndose, con bancos líquidos, morosidad controlada y una cartera que continúa expandiéndose. Sin embargo, detrás de esa foto general aparece una señal que merece atención: el crédito de consumo y las tarjetas están creciendo con mucha fuerza.
El crédito de consumo aumentó alrededor de 23% interanual, mientras que vivienda y servicios también avanzaron con fuerza. Esto habla de una economía más activa, pero también de hogares que están recurriendo más al financiamiento para sostener decisiones de consumo o adelantar gastos.
El punto no es alarmar. Paraguay no muestra hoy una crisis crediticia. La morosidad bancaria total ronda el 2,7%, un nivel bajo y manejable para el sistema. Además, los créditos refinanciados y reestructurados no muestran, por ahora, un deterioro generalizado. Eso significa que, en términos agregados, la mayoría de los deudores sigue pagando. Pero justamente ahí está el riesgo de interpretación: mirar solo la morosidad promedio puede ocultar tensiones que nacen primero en los segmentos más sensibles.
Las tarjetas de crédito son el mejor ejemplo. La cartera total de tarjetas superó los G. 7 billones y creció cerca de 30% en un año. Pero el dato más relevante no está en el total, sino en las líneas más pequeñas. Las tarjetas con líneas menores a G. 3 millones crecieron más de 50% interanual y registran una mora de 7,4%, nivel por encima del promedio del sistema. Esto sugiere que el mayor uso de tarjetas no está concentrado solamente en consumidores de altos ingresos, sino también en hogares con menor capacidad de absorción ante cualquier caída de ingresos o aumento de gastos.
Esa diferencia es central. Para una familia de ingresos altos y medio-altos, usar la tarjeta puede ser una forma de ordenar pagos, acumular beneficios o financiar compras de corto plazo. Para una familia de ingresos medios o bajos, puede ser la única forma de llegar a fin de mes. En ambos casos el instrumento es el mismo, pero el significado económico es distinto. En el primer caso, la tarjeta administra liquidez. En el segundo, puede estar reemplazando ingreso.
Sin embargo, el BCP arguye que este es el resultado de una mayor inclusión y profundización financiera, cuestión que si miramos los números de las personas que acceden a los productos financieros crediticios ha estado muy por encima del 20%.
A esto se suma el costo del crédito. Las tasas de consumo siguen siendo elevadas: en mayo, los préstamos de consumo a corto plazo llegaron en algunos casos a niveles superiores al 20% anual, y las tarjetas se ubicaron cerca del techo regulatorio, alrededor de 19% a 20% según entidad. La tasa no impide que el crédito crezca, pero sí encarece el alivio financiero de las familias. Dicho de manera simple: cuando el ingreso no alcanza, la tarjeta resuelve el problema de hoy, pero puede agrandar el problema del mes siguiente.
Por eso, el crecimiento del crédito de consumo debe leerse junto con la realidad laboral. Paraguay viene mostrando más actividad y más empleo, pero eso no significa que todos los hogares estén más holgados. Una parte importante de la población sigue dependiendo de ingresos informales, variables o insuficientes. En ese contexto, el crédito cumple una doble función: por un lado, sostiene el consumo y ayuda a dinamizar comercios, servicios y recaudación; por otro, puede estar ocultando una fragilidad: familias que mantienen su nivel de gasto no porque ganan mucho más, sino porque se endeudan más.
Esa es la tensión de fondo. El crédito al consumo tiene un efecto positivo en el corto plazo. Mueve ventas, permite compras, sostiene actividad y mejora la sensación de capacidad de gasto. Pero si crece demasiado por encima de los ingresos, la economía empieza a adelantar consumo futuro. Es decir, se compra hoy con ingresos de mañana. Eso no es malo si mañana los ingresos efectivamente aumentan. Pero si los salarios se estancan, el empleo se vuelve inestable o los precios de alimentos y servicios presionan nuevamente, el crédito puede transformarse en carga.
La buena noticia es que el sistema financiero paraguayo todavía tiene colchones. La liquidez y la solvencia permiten absorber riesgos, y la morosidad general sigue contenida. La advertencia, sin embargo, es que los problemas de endeudamiento familiar no aparecen de golpe. Primero se ve mayor uso de tarjetas, luego pago mínimo, después refinanciaciones y finalmente mora. Cuando la mora sube, muchas veces el deterioro ya comenzó meses antes en el presupuesto del hogar.
Por eso, el debate no debería centrarse en si el crédito crece mucho o poco. El debate correcto es qué tipo de crédito estamos promoviendo. No es lo mismo financiar vivienda, capital de trabajo o inversión productiva que financiar consumo repetitivo de corto plazo. Tampoco es lo mismo endeudar a una empresa que genera flujo futuro que a una familia cuyo ingreso mensual ya está comprometido.
Hoy Paraguay mantiene indicadores sólidos que ofrecen tranquilidad. Un sistema financiero sano no es aquel donde el crédito crece más rápido, sino aquel donde el crédito acompaña el crecimiento de la producción, el empleo y los ingresos. Si el crédito financia inversión, vivienda y expansión empresarial, será un aliado para el desarrollo.
Por lo menos, así lo veo yo.
(*) Economista y director de DCR Consultora. Profesor universitario.


