Economía

El mercado de figuritas del Mundial mueve la economía de la expectativa

Por: Daniel Correa.

| Por La Tribuna
El Álbum del Mundial despierta dinámicas de mercado, oferta y demanda en Paraguay.

El coleccionismo de los álbumes de fútbol en el país desata un fenómeno social donde la oferta y la demanda alteran los precios. Esta afición evidencia cómo la urgencia, los mitos de escasez y las emociones humanas dominan sobre la racionalidad.

Hay escenas que parecen simples, pero esconden mundos complejos pero fantásticos. Un grupo de chicos sentados en el suelo, intercambiando figuritas, es una de ellas. Desde afuera parece un juego, un pasatiempo inocente. Pero si uno se acerca un poco más, si escucha las conversaciones, si observa los gestos, descubre algo más profundo: ahí, en ese círculo improvisado, está funcionando un mercado completo, con sus reglas, sus tensiones, sus expectativas y sus precios que suben y bajan tal cual un mercado de valores.

Lo primero que sorprende es cómo cambia el valor de algo que, en esencia, es idéntico. ¿Cuánto vale la figurita de Mbappé o Messi? ¿Cuánto vale la del lateral izquierdo de Suiza? ¿Lo mismo? Todas las figuritas son papel y tinta, pero algunas se vuelven casi sagradas. No porque cuesten más producirlas, sino porque significan o se valoran más. La economía lo explica desde hace siglos: el valor no está en el objeto, sino en lo que representa para quien lo desea. Es la misma lógica que hace que un cuadro de un artista famoso valga millones o que un par de zapatillas edición limitada se agote en minutos. Son bienes diferenciados, aunque físicamente no lo parezcan, y su precio nace de esa diferencia simbólica que cada persona le asigna.

En el mundo de las figuritas, esa diferencia se vuelve evidente cuando el álbum está casi completo. La última figurita no es solo la última: es la puerta de entrada a la satisfacción total. Es el cierre perfecto. Es la historia que se va a contar después. Por eso su valor emocional —y económico— se dispara. La economía lo llama utilidad marginal creciente, pero en la práctica es más simple: cuanto más cerca estás de completar algo, más te importa lo que falta (utilidad marginal).

También está la rareza, o mejor dicho, la mezcla entre rareza real y rareza imaginada. Algunas figuritas realmente salen menos. Otras simplemente parecen imposibles porque nadie en el colegio o en el barrio las tiene. Esa percepción crea una especie de mito colectivo que empuja los precios hacia arriba. Es el mismo mecanismo que mueve el mercado del arte, el de los vinos raros o incluso el de las criptomonedas: cuando todos creen que algo es escaso, se vuelve valioso, aunque la escasez sea más emocional que estadística.

Pero donde el mercado de figuritas se vuelve más humano es en el intercambio. No hay listas oficiales de precios, no hay transparencia, no hay un “valor justo” universal. Hay plazas, colegios, ferias, torneos de equipos, grupos de WhatsApp, APPs, padres negociando, niños regateando y vendedores improvisados. Es un mercado lleno de fricciones: cuesta encontrar a quien tiene lo que vos necesitás, cuesta saber si estás pagando de más, cuesta coordinar. Y esas fricciones del mercado generan poder. Si sos el único que tiene la figurita que todos buscan, podés pedir más. Si estás desesperado por completar el álbum, vas a pagar más. La economía lo llama costos de búsqueda, asimetría de información, poder de mercado. Pero en la vida real se siente como una mezcla de ansiedad, oportunidad y astucia (costos de transacción).

La fiebre del Mundial en Paraguay está creciendo y este fenómeno se vuelve especialmente intenso. Las plazas se llenan, los shoppings organizan ferias, los grupos de WhatsApp funcionan como minimercados donde se publican listas de figuritas faltantes como si fueran clasificados. Los padres entran en escena, algunos con paciencia infinita, otros con la billetera lista para resolver el problema rápido. Y aparecen los intermediarios, los que compran barato y venden caro, los que conocen el pulso del mercado y saben cuándo guardar una figurita estrella para el momento exacto en que la carga emocional está más alta. Es una versión local, cálida y ruidosa de lo que en otros mercados se ve con acciones, bonos o NFTs.

El tiempo también juega su papel. Antes del Mundial, todo es expectativa y escasez inicial. Durante el Mundial, la emoción está en su punto máximo y los precios se disparan. Después, cuando el torneo termina y la vida vuelve a la normalidad, los precios caen como si nunca hubieran sido tan importantes. Es una pequeña burbuja emocional que se infla y se desinfla en cuestión de semanas. La economía lo llama dinámica intertemporal, pero en la práctica es simplemente el ritmo del entusiasmo humano.

Lo más interesante es que este pequeño mercado revela verdades profundas sobre cómo funciona la economía real. Muestra que los precios no siempre reflejan costos: reflejan deseos, emociones y ansiedades. Que la escasez puede ser real o imaginada, pero ambas influyen. Que la información imperfecta crea oportunidades y abusos. Que la emoción puede dominar a la racionalidad. Que la urgencia cambia la disposición a pagar. Que la competencia —o su ausencia— define el precio final. Miremos nuestra economía y veremos algunas de estas realidades.

Y sin embargo, detrás de todo eso, hay algo profundamente humano. Porque más allá de la teoría, más allá de la oferta y la demanda, lo que realmente mueve este mercado es la ilusión. La ilusión de los niños de completar algo. La ilusión de todos de participar en un ritual que se repite cada cuatro años. La ilusión de que un pedacito de papel puede hacerte sentir parte de algo más grande. ¡Vamos Albirroja!

(*) Economista y director de DCR Consultora. Profesor universitario.

También te puede interesar

Últimas noticias