Economía

El segundo tiempo exige equilibrio entre ajuste fiscal y presión social

Por: Daniel Correa

| Por La Tribuna
Óscar Lovera, recientemente nombrado como ministro de Economía y Finanzas.

La salida del exministro Fernández Valdovinos del MEF marca un cambio importante en el rumbo del Gobierno. Más que un relevo técnico, abre una nueva etapa y una muy distinta.

El propio presidente Santiago Peña lo dejó entrever: el momento requiere de otro tipo de perfiles. Y como en el fútbol, cuando comienza el segundo tiempo, el partido ya no se juega igual. Porque si algo caracteriza a los segundos tiempos es que el margen de error se achica, el desgaste se siente y las decisiones empiezan a pesar mucho más.

Óscar Lovera asume justamente en ese contexto. No para empezar de cero, sino para ordenar, sostener y tomar decisiones en un escenario más exigente.

Pero, en todo segundo tiempo, el entorno cambia. El calendario político empieza a pesar, las demandas aumentan y el gasto público se vuelve más difícil de ajustar. La economía deja de moverse solo por criterios técnicos y pasa a estar mucho más atravesada por la política. En ese escenario, reconstruir la relación entre el MEF y el Congreso se vuelve una prioridad inmediata.

Las tensiones acumuladas en los últimos meses, especialmente con la Cámara de Diputados, debilitaron la capacidad de negociación del Ejecutivo. Y sin capacidad de negociación, cualquier intento de ordenar las cuentas públicas pierde fuerza.

Pero si la política condiciona, la situación financiera apremia. El nuevo ministro recibe una estructura de pagos tensionada, con atrasos que superan ampliamente los USD 1.200 millones. No se trata de un problema abstracto ni de una discusión contable. Cada pago postergado impacta directamente en la liquidez del sector privado, en la continuidad de obras, en la provisión de servicios y, en última instancia, en la actividad económica. Es un problema que exige soluciones concretas y relativamente rápidas, aunque ninguna de ellas esté exenta de costos.

En este punto, la gestión económica entra en una lógica de administración de restricciones. Resolver los atrasos implica recurrir a mecanismos innovadores de financiamiento, reprogramaciones o ajustes en la ejecución presupuestaria. Pero cada una de estas herramientas tiene implicancias sobre el déficit, la deuda y la credibilidad. Es, en esencia, un juego de equilibrios donde no hay decisiones neutras.

A esto se suma el dilema del gasto. El Gobierno ya ha anunciado medidas de ajuste, pero en el segundo tiempo los ajustes mal calibrados pueden resultar especialmente costosos. Reducir el gasto es necesario para ordenar las cuentas, pero hacerlo de manera indiscriminada puede afectar la dinámica económica y aumentar la presión social.

La clave estará en la calidad del ajuste, en la capacidad de identificar ineficiencias y priorizar aquellos componentes del gasto que tienen mayor impacto.

Del lado de los ingresos, el margen también comienza a estrecharse. Paraguay ha logrado avances importantes en recaudación a partir de mejoras en la eficiencia administrativa, pero ese camino muestra signos de agotamiento relativo. En una economía más estabilizada, es difícil sostener aumentos significativos en la recaudación solo con mejoras de gestión.

Esto abre un debate inevitable sobre la necesidad de explorar otros mecanismos, incluyendo eventuales ajustes dentro del sistema tributario. Sin embargo, este es un terreno políticamente sensible, especialmente en una etapa donde el capital político tiende a reducirse.

En paralelo, el frente externo introduce sus propias exigencias. Paraguay ha construido una reputación de disciplina fiscal que le ha permitido acceder a financiamiento en condiciones favorables. Hoy, esa reputación enfrenta tensiones. La posibilidad de extender los plazos de convergencia fiscal es cada vez más concreta, pero hacerlo sin una estrategia clara de comunicación y de acción puede generar incertidumbre.

En los mercados, la percepción es tan importante como los números. No basta con tener un plan; es necesario que ese plan sea creíble.

Y es aquí donde la analogía del segundo tiempo vuelve a cobrar sentido. En esta etapa, el resultado condiciona el juego. Las decisiones ya no se toman en función de un escenario ideal, sino de una situación concreta que exige pragmatismo. Los equipos suelen volverse más tácticos, más cuidadosos, incluso más conservadores. Pero también saben que, en determinados momentos, es necesario asumir riesgos.

El desafío para Óscar Lovera será encontrar ese equilibrio. Evitar tanto la parálisis como la improvisación. Entender que la sostenibilidad fiscal no es solo una cuestión de números, sino el resultado de una compleja interacción entre política, economía y expectativas.

Cuando el presidente habla de la necesidad de otro tipo de perfiles, está reconociendo que esta etapa exige algo más que solvencia técnica. Requiere capacidad de negociación, manejo político, lectura del contexto y, sobre todo, claridad de rumbo. No se trata de iniciar un nuevo partido, sino de saber cómo jugar el tramo final.

Los segundos tiempos, en definitiva, son decisivos. Es donde se consolidan los aciertos o se pagan los errores acumulados. Donde la gestión deja de ser promesa y se convierte en resultado. Paraguay entra en ese momento con tensiones evidentes, pero también con herramientas disponibles. Porque, como en el fútbol, no siempre gana el que mejor juega al inicio. Gana el que sabe cómo cerrar el partido.

Por lo menos, así lo veo yo.

(*) Economista y director de DCR Consultora. Profesor universitario.

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