En los próximos años, nuestro país tiene la oportunidad de pasar de ser un exportador neto de energía a convertirse en el verdadero centro de integración energética del Cono Sur. No se trata de un sueño retórico: es una estrategia concreta, respaldada por infraestructura ya licitada, obras en ejecución y proyectos en fase avanzada de estructuración.
La interconexión de 500 kV con Brasil ya licitada, la línea de transmisión internacional con Argentina en marcha y si avanzamos en el gasoducto bioceánico nos posicionan como el nodo lógico donde convergen la hidroelectricidad limpia del Paraná y el gas no convencional de Vaca Muerta. Esa convergencia no solo genera renta, también genera desarrollo. Y esa renta la debemos reinvertir, sin excepciones, en educación de calidad, salud universal y carreteras modernas.
Empecemos por lo técnico, porque la solvencia de una estrategia se mide en kilovoltios y megavatios-hora, no en discursos. Itaipú y Yacyretá ya nos entregan más de 90% de nuestra matriz eléctrica: energía 100% renovable, con factor de capacidad superior al 70% y costos marginales cercanos a cero. Pero hasta ahora el cuello de botella era la transmisión interna.
La Ande ha avanzado en la construcción de la línea doble terna 500 kV Yguazú-Valenzuela, obra que ya está en ejecución y que aporta redundancia crítica al Sistema Interconectado Nacional (SIN). Esa línea de 500 kV —nivel de tensión troncal regional— permite evacuar con cero pérdidas significativas la potencia de Itaipú hacia el centro del país y, desde allí, hacia los puntos de exportación.
Paralelamente, Itaipú Binacional tiene licitada —y en proceso de adjudicación para el 2026— la segunda línea de transmisión 500 kV entre la margen derecha de la central y la subestación Villa Hayes. Esta interconexión de 500 kV con el sistema brasileño (coordinada con ANEEL) no es un simple cable: es un corredor de 350 km que elevará la capacidad de transferencia binacional en más de 1.000 MW adicionales, sincronizando frecuencias y permitiendo flujos bidireccionales estables.
Técnicamente, estamos hablando de líneas con conductores de aluminio-acero de alta capacidad térmica, torres de doble circuito y sistemas de protección diferencial digital que garantizan estabilidad transitoria incluso ante contingencias N-1. Hacia el sur, la línea internacional 500 kV Villa Hayes-Formosa (Argentina) ya está incluida en el Plan Nacional de Ampliación del Transporte Eléctrico argentino, lanzado en el 2025 y con financiamiento privado en proceso de licitación.
Esta interconexión no solo evacuará excedentes de Yacyretá hacia el Sistema Argentino de Interconexión (SADI), permitirá importaciones estacionales cuando el caudal del Paraná baje y, sobre todo, abrirá la puerta a contratos firmes de largo plazo con industrias argentinas. La complementariedad es evidente: Argentina necesita firmeza en horas pico; nosotros ofrecemos energía limpia a precio estable.
Pero la integración eléctrica es solo la mitad del tablero. El gasoducto bioceánico —proyecto de 1.050 km que atravesará el Chaco paraguayo uniendo Vaca Muerta con el polo industrial de San Pablo— completa la ecuación. El trazado aprovecha la Ruta Bioceánica ya en construcción, reduce la distancia en más de 300 km respecto de la ruta boliviana tradicional y nos ofrece la capacidad de transporte propio de hasta 10-15 millones de m³/día.
Estudios técnicos del Viceministerio de Minas y Energía (2025-2026) confirman que el ducto de 32 pulgadas, presión de 100 bar y estaciones de compresión cada 120 km es la opción de menor costo nivelado de transporte (USD/MMBTU). Con este gasoducto nosotros no solo importaremos gas para la matriz térmica de respaldo, se convertirá en el hub de tránsito hacia Brasil, capturando peaje de transporte y valor agregado en plantas de regasificación o conversión a fertilizantes.
Ahora viene la parte estratégica: ¿para qué queremos ser hub? Para atraer industrias electrointensivas que pagan la energía más cara del mundo cuando la obtienen de fuentes fósiles. El aluminio verde es el caso paradigmático. Un horno de electrolisis primaria consume 13-15 MWh por tonelada de aluminio.
Con nuestra energía hidráulica certificada (bajo 20 gCO₂/kWh) podemos ofrecer contratos PPA a 25-30 USD/MWh firmes por 15 años. Eso coloca a nuestro país 40% por debajo del costo promedio mundial de aluminio primario. Lo mismo ocurre con fertilizantes verdes: la producción de amoníaco vía electrólisis (Power-to-Ammonia) requiere 10-12 MWh por tonelada. Y los data centers hiperescalares de IA consumen 100-500 MW continuos; buscan precisamente PUE <1,2 y energía 24/7 sin emisiones.
Tres proyectos de este tipo ya están en conversaciones avanzadas con inversores asiáticos y europeos. Cada megavatio-hora exportado o consumido por estas industrias genera renta fiscal y divisas. Esa renta —calculada en estudios preliminares en más de 1.500 millones de dólares anuales adicionales para el 2035— debe tener destino único y trazable: 40% a educación (construcción de 50 nuevos institutos técnicos superiores en energía, IA y manufactura avanzada), 30% a salud (hospitales de referencia con equipamiento de última generación en los 17 departamentos) y 30% a infraestructura vial (duplicación de las rutas 2 y 3, más corredores bioceánicos).
No más subsidios generalizados ni fondos discrecionales. Queremos que cada kilovatio vendido se traduzca en un niño que aprende programación, una madre con acceso a oncología y un camión que llega a tiempo al puerto de Asunción. Esta visión no es utópica. Es ingeniería aplicada a la geopolítica energética.
Mientras Bolivia ve declinar sus exportaciones de gas y Argentina lucha con cuellos de botella internos, nosotros ofrecemos estabilidad institucional, matriz 100% limpia y ubicación geográfica privilegiada. Los 500 kV ya licitados, las líneas en marcha y el gasoducto bioceánico son los cimientos. Ahora corresponde ejecutar con rigor técnico, transparencia en las licitaciones y una gobernanza que convierta cada dólar de renta energética en capital humano y físico.
El Cono Sur necesita un hub. Nosotros estamos listos para serlo. No se trata de vender megavatios, se trata de comprar desarrollo irreversible.
(*) César Addario Soljancic: Economista, analista de La Tribuna y asesor económico del presidente de El Salvador, Nayib Bukele.


