Economia

Tecnología y calidad de suelo nutren la productividad del agro nacional

El cuidado del suelo se consolidó como uno de los principales factores que explican la productividad agrícola en Paraguay. En un escenario marcado por sequías prolongadas y temperaturas extremas, el manejo técnico dejó de ser una práctica complementaria para convertirse en un componente central de la rentabilidad.

Actualmente, cerca del 99% de la producción mecanizada de granos, maíz, soja, trigo, canola y girasol, se desarrolla bajo sistema de siembra directa con cobertura. No obstante, especialistas señalan que el verdadero salto productivo no radica únicamente en el sistema, sino en la calidad del manejo.

El ingeniero agrónomo Ken Moriya, jefe del Departamento de Manejo de Suelos de la Dirección de Extensión Agraria, explicó que la evolución no pasa por nuevos insumos, sino por mejores decisiones agronómicas. “El suelo no tiene que descansar; hay que darle vida”, afirmó.

En los últimos años cobró fuerza la utilización de mezclas de abonos verdes. En lugar de sembrar una sola especie de cobertura, los productores combinan avena, nabo forrajero, lupino, crotalaria, mijo y otras variedades en proporciones específicas. Esta diversidad fortalece la actividad biológica, mejora la estructura y contribuye al reciclaje de nutrientes.

Cada especie cumple un rol particular. Algunas fijan nitrógeno, otras captan azufre o reciclan potasio. La combinación permite equilibrar la población microbiana y reducir la incidencia de enfermedades que suelen aparecer cuando se repite un mismo cultivo o cobertura año tras año.

Las recientes olas de calor dejaron en evidencia la importancia de estas prácticas. En parcelas sin cobertura, la temperatura superficial del suelo puede superar los 60 grados, afectando la vida microbiana y disminuyendo la eficiencia de los fertilizantes aplicados. En cambio, los suelos cubiertos mantienen temperaturas más estables, conservan humedad y mejoran la infiltración del agua de lluvia.

El análisis de suelo se presenta como herramienta clave para planificar estas intervenciones. Permite determinar niveles de nutrientes, definir la necesidad de correctivos como la cal agrícola y establecer rotaciones adecuadas. Incluso técnicas como el denominado encalado biológico, que combina cal con especies específicas, permiten mejorar la estructura sin remover el suelo con arados pesados.

Paraguay se posiciona entre los países más avanzados de la región en la adopción de siembra directa, junto a zonas productivas del sur de Brasil, Argentina y Uruguay. Las condiciones climáticas favorecen la generación de biomasa y la cobertura permanente, elemento central para mantener el carbono orgánico, que explica gran parte de la fertilidad.

Sin embargo, la principal limitación se observa en la agricultura familiar. El acceso a maquinaria adecuada y financiamiento restringe la masificación de estas prácticas en pequeños productores. Moriya sostuvo que, con manejo técnico correcto, un agricultor puede pasar de rendimientos de 1.000 o 2.000 kilos de maíz por hectárea a niveles de 6.000 u 8.000 kilos.

“La tecnología existe y se puede aplicar sin inconvenientes. Es cuestión de acceso y conocimiento”, señaló.

Especialistas coinciden en que maquinaria y capacitación deben avanzar de manera conjunta. Sin formación técnica, la inversión en equipos no garantiza resultados sostenibles. El objetivo es consolidar sistemas adaptados a cada realidad productiva, que permitan cerrar números y sostener ingresos en el tiempo.

El suelo dejó de ser considerado un simple soporte físico. Hoy es entendido como el principal activo productivo del agro nacional. Su cuidado no solo impacta en los rendimientos actuales, sino que define la capacidad de producir en el futuro.

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