La competencia entre Estados Unidos y China por influencia global volvió a tener a América Latina como uno de sus principales escenarios y en ese contexto, el presidente norteamericano Donald Trump ha invitado a sus pares de Paraguay, Argentina, Ecuador, Bolivia, El Salvador y Honduras a participar de un bloque regional para evitar el avance comercial de la República Popular de China.
En un contexto de desaceleración económica internacional y reconfiguración de alianzas, la región aparece nuevamente en el radar de las grandes potencias, esta vez como terreno clave para asegurar mercados, recursos estratégicos y respaldo político.
En ese sentido, Washington decidió reactivar su ofensiva diplomática ante el avance sostenido de Beijing en el continente. La convocatoria a líderes latinoamericanos a una reunión de alto nivel, prevista para el 5 de marzo, según fuentes diplomáticas, forma parte de una estrategia que busca reforzar vínculos tradicionales y advertir sobre los riesgos de una dependencia creciente de la potencia asiática. Aunque no se anunció todavía oficialmente, fuentes palaciegas señalaron que la presencia del presidente Santiago Peña a dicha reunión es prácticamente un hecho.
El mensaje apunta a recuperar protagonismo en una región donde Estados Unidos perdió peso relativo en la última década. China, sin embargo, consolidó su presencia a través de una política activa de inversiones y financiamiento.
En el 2024, la inversión directa china en América Latina estuvo por los USD 15.000 millones, con fuerte concentración en infraestructura, energía, minería y logística. Puertos, rutas, represas y proyectos vinculados a recursos naturales forman parte de una estrategia de largo plazo que combina intereses económicos con proyección política.
Sudamérica concentra gran parte de ese flujo de capitales. Países como Brasil, Perú, Chile, Argentina y Bolivia se posicionan como socios estratégicos de Beijing, especialmente en sectores vinculados a minerales críticos, energías renovables y exportación de commodities. A diferencia de los mecanismos tradicionales de financiamiento occidental, los créditos chinos suelen presentar menores condicionamientos políticos, lo que los vuelve atractivos para gobiernos con necesidades urgentes de inversión.
Este avance genera preocupación en Washington. Desde la administración estadounidense se insiste en que la participación china en sectores estratégicos puede comprometer la soberanía económica y generar dependencias difíciles de revertir. En ese marco, Estados Unidos busca contrarrestar la influencia asiática mediante una combinación de diplomacia, cooperación económica y advertencias sobre los riesgos geopolíticos de ciertos acuerdos.
Paraguay
Nuestro país ocupa un lugar particular dentro de esta disputa. Sin relaciones diplomáticas con China continental, pero con un fuerte vínculo comercial indirecto, el país mantiene una balanza claramente desfavorable. China se consolidó como el principal proveedor de bienes para el mercado paraguayo, con importaciones que superan los USD 5.000 millones anuales, mientras que las exportaciones locales hacia ese destino son marginales.
Este escenario alimenta el debate interno sobre la conveniencia de avanzar hacia un mayor acercamiento comercial con Beijing. Desde sectores industriales y gremiales se advierte que una apertura sin una estrategia clara podría profundizar la primarización de la economía, afectar al empleo manufacturero y reducir la capacidad de recaudación del Estado, sin garantizar mejoras sustanciales en términos de valor agregado o transferencia tecnológica.
Al mismo tiempo, la presión internacional crece. Estados Unidos observa con atención cualquier movimiento que implique un mayor alineamiento regional con China, especialmente en áreas consideradas sensibles desde el punto de vista estratégico. La región, en ese sentido, vuelve a quedar atrapada entre dos modelos de relacionamiento distintos, con implicancias económicas y políticas de largo alcance.
Analistas coinciden en que América Latina enfrenta un desafío complejo. La competencia entre potencias puede abrir oportunidades para atraer inversiones y diversificar socios, pero también expone a los países a tensiones diplomáticas y condicionamientos externos. La clave estará en definir políticas que permitan aprovechar ese interés sin resignar autonomía ni profundizar en desequilibrios estructurales.
En un mundo cada vez más fragmentado, la pulseada entre Estados Unidos y China promete intensificarse. Para la región, el desafío será dejar de ser solo un escenario de disputa y avanzar hacia una inserción internacional más estratégica, capaz de convertir la competencia global en una oportunidad de desarrollo.


