La confusión repentina, la dificultad para mantener una conversación o los cambios inesperados en el comportamiento no deben atribuirse automáticamente a la edad. Pueden ser señales de delirio, una alteración grave de las capacidades mentales que aparece en pocas horas o días y afecta la atención, la conciencia del entorno y el pensamiento.
A diferencia de otros trastornos que evolucionan lentamente, los síntomas del delirio pueden variar a lo largo del día. En algunos momentos, la persona parece recuperarse; en otros, vuelve a mostrarse desorientada o tiene dificultades para comprender lo que ocurre a su alrededor. La confusión puede intensificarse durante la noche o en lugares desconocidos, como una habitación de hospital.
Entre las señales que pueden alertar sobre un episodio están olvidar acontecimientos recientes, no reconocer el lugar en el que se encuentra, tener problemas para encontrar palabras o comprender una conversación. También pueden aparecer miedo, irritabilidad, cambios repentinos del estado de ánimo, alteraciones del sueño o percepciones de cosas que otras personas no ven.
No todos los casos se manifiestan con agitación. Algunas personas se muestran inquietas, hablan en exceso o gritan; otras permanecen somnolientas, responden poco y parecen ausentes. También existe una forma mixta, en la que se alternan ambos comportamientos. Por eso, la falta de movimiento o de respuestas no debe interpretarse necesariamente como tranquilidad.
Una señal que requiere de atención
Ante un cambio brusco del estado mental, es importante contactar cuanto antes con un profesional de salud. Si la persona está internada, se debe avisar inmediatamente al personal médico o de enfermería. La información de familiares y cuidadores sobre cómo se comporta habitualmente el afectado y qué cambios presentó recientemente puede ayudar a identificar la causa.
El delirio puede aparecer por distintas razones, incluso por la combinación de varios factores. Entre las posibles causas figuran las infecciones urinarias y respiratorias, los efectos secundarios de ciertos medicamentos, el consumo de alcohol u otras sustancias y su interrupción. También puede relacionarse con deshidratación, mala alimentación, falta de sueño, dolor, alteraciones de minerales en la sangre, lesiones o enfermedades graves.
Las personas mayores hospitalizadas, quienes permanecen en unidades de cuidados intensivos y los pacientes que viven en centros de atención prolongada presentan mayor riesgo. También pueden ser más vulnerables quienes tienen demencia, antecedentes de delirio, enfermedad de Parkinson, varias afecciones médicas o problemas de visión y audición.
Es importante no confundir con la demencia
Aunque ambas condiciones pueden provocar dificultades de memoria y pensamiento, su evolución ayuda a diferenciarlas. El delirio comienza rápidamente y puede fluctuar durante el día; la demencia, en cambio, suele avanzar de forma gradual, a lo largo de meses o años.
Una persona con demencia también puede desarrollar delirio. Sin embargo, un episodio de confusión repentina no significa por sí solo que tenga demencia.
El tratamiento depende del origen del problema. Puede incluir atender una infección, corregir la falta de líquidos o nutrientes y revisar los medicamentos que toma el paciente. Además, se procura mantener un entorno tranquilo, favorecer el descanso, controlar el dolor y asegurar una alimentación e hidratación adecuadas. Los fármacos para controlar la agitación se reservan para situaciones en las que resultan necesarios, bajo supervisión médica.
La prevención también incluye dormir bien, mantener rutinas, tomar los medicamentos según las indicaciones y tratar oportunamente los problemas de salud. Durante una hospitalización, la presencia de familiares, los objetos conocidos y la disponibilidad de anteojos o audífonos pueden ayudar a que la persona se oriente mejor.


