El linfoma es un tipo de cáncer que comienza en los linfocitos, células del sistema inmunitario que ayudan al organismo a combatir infecciones. Puede afectar los ganglios linfáticos, pero también comprometer órganos y tejidos como el bazo, la médula ósea, la piel o el aparato digestivo.
Existen numerosos tipos y, en términos generales, se agrupan en linfoma de Hodgkin y linfoma no Hodgkin. Una de las dificultades para reconocerlo es que algunas personas pueden no presentar síntomas en las primeras etapas.
Cuando aparecen, una señal frecuente es el aumento de tamaño de los ganglios, especialmente en el cuello, las axilas o la ingle, y estos pueden ser indoloros. También puede presentarse fiebre sin causa conocida, sudoración nocturna abundante, cansancio, pérdida de peso involuntaria, picazón y dolor en el pecho, abdomen o huesos.
Un diagnóstico que requiere estudios
La presencia de un ganglio inflamado no significa que exista cáncer, ya que también puede deberse a infecciones u otras enfermedades. Sin embargo, cuando la inflamación persiste o se acompaña de otros signos de alarma, es importante consultar.
El tratamiento no es igual para todos los pacientes, debido a la diversidad de tipos de linfoma y a las diferencias en su velocidad de crecimiento y extensión. Según el caso, puede incluir quimioterapia, inmunoterapia, radioterapia, terapias dirigidas, trasplante de células madre o tratamientos más avanzados, como la terapia con células T con receptor de antígeno quimérico (CAR-T).
Algunos linfomas de crecimiento lento incluso pueden mantenerse inicialmente bajo vigilancia médica sin tratamiento inmediato.
El Día Mundial del Linfoma, que se conmemora cada 15 de septiembre, busca precisamente aumentar el conocimiento sobre estas enfermedades y favorecer la consulta ante signos persistentes. Reconocer cambios que no desaparecen y buscar una evaluación médica permite iniciar, cuando corresponda, el proceso diagnóstico y definir el tratamiento más adecuado para cada paciente.


