La anemia es uno de los trastornos sanguíneos más frecuentes y puede afectar a personas de cualquier edad. Su causa más común es la deficiencia de hierro, aunque también puede originarse por la falta de vitamina B12 o ácido fólico, enfermedades crónicas, alteraciones de la médula ósea, pérdidas de sangre o trastornos hereditarios.
En muchos casos, los síntomas aparecen de forma gradual. Los más habituales son cansancio, debilidad, palidez, dificultad para respirar durante esfuerzos, mareos, dolores de cabeza y disminución de la capacidad de concentración. Cuando el cuadro es más severo también pueden presentarse taquicardia, manos y pies fríos, uñas quebradizas y desmayos.
El diagnóstico se realiza mediante un examen clínico y análisis de sangre, principalmente el hemograma, que permite medir los niveles de hemoglobina y detectar alteraciones en los glóbulos rojos. Según cada caso, el médico puede solicitar estudios complementarios para identificar la causa.
El tratamiento depende del origen de la anemia
El tratamiento puede incluir suplementos de hierro, vitamina B12 o ácido fólico, tratamiento de la enfermedad responsable y, en los casos más graves, transfusiones de sangre o medicamentos específicos. Los especialistas advierten que no se deben consumir suplementos de hierro sin indicación médica, ya que no todas las anemias se producen por su deficiencia.
Aunque puede presentarse a cualquier edad, la anemia afecta con mayor frecuencia a niños pequeños, mujeres embarazadas, personas con menstruaciones abundantes y adultos mayores. Un diagnóstico oportuno permite identificar la causa y establecer el tratamiento adecuado, evitando complicaciones que pueden comprometer la calidad de vida y el funcionamiento de órganos vitales por la disminución del aporte de oxígeno a los tejidos.


