Salud

Dislexia y pantallas: el desafío de aprender a leer en la era digital

El uso excesivo de pantallas y la falta de estimulación visomotora imponen nuevas barreras en el aprendizaje infantil. Especialistas enfatizan la importancia del diagnóstico temprano, el juego y el abordaje interdisciplinario para potenciar las capacidades de niños con dislexia sin patologizar su desarrollo.

| Por La Tribuna
Un niño puede poseer un coeficiente intelectual sobresaliente y, aun así, presentar serias trabas para leer y escribir de forma fluida.

En el escenario educativo actual, las dificultades de aprendizaje en niños de temprana edad han mostrado un incremento notable. De acuerdo con los profesionales del área de la salud mental y la psicopedagogía, uno de los factores más recurrentes detrás de estas condiciones es el uso desmedido de teléfonos celulares.

Esta exposición tecnológica temprana priva a los niños de una estimulación visomotora adecuada, un proceso esencial que luego les dificulta realizar tareas tan básicas como mirar la pizarra, copiar las lecciones y razonar el contenido de lo que están transcribiendo. En consecuencia, el proceso de lectura se ve severamente interrumpido.

Es fundamental aclarar que este escenario no representa un problema de capacidad intelectual. Un niño puede poseer un coeficiente intelectual sobresaliente y, aun así, presentar serias trabas para leer y escribir de forma fluida, lo que arrastra una falta de comprensión del texto.

La dislexia no tiene relación alguna con la inteligencia; de hecho, quienes la presentan suelen ser individuos sumamente creativos, brillantes y capaces de liderar proyectos complejos, solo que procesan el lenguaje escrito de una manera distinta.

Muchas veces, las dificultades visuales o auditivas subyacentes —asociadas también al sedentarismo digital— pasan desapercibidas para los padres hasta que se realiza una consulta psicopedagógica formal. Al no detectar que el niño no ve con claridad el pizarrón, sus errores al confundir o invertir letras se interpretan erróneamente.

Para contrarrestar esto, los especialistas resaltan la importancia de trabajar la lateralidad mediante el juego físico y conceptual. Dinámicas sencillas para diferenciar la “N” de la “U” o la “B” de la “D” ayudan a estructurar las nociones espaciales de derecha, izquierda, arriba y abajo, modificando positivamente la escritura y la comprensión lectora.

Asimismo, la intervención interdisciplinaria resulta imprescindible. Existen casos donde la baja comprensión responde a problemas del lenguaje o dificultades auditivas de decodificación. Por ello, el apoyo de fonoaudiólogos y otorrinolaringólogos —a través de estudios como la audiometría— es clave para descartar fallas en el procesamiento fonológico, que es la base de cómo el cerebro interpreta los sonidos que componen las palabras. Cuando un niño debe realizar un esfuerzo excesivo para leer u omitir letras se agota rápidamente, pierde el interés y desarrolla un rechazo hacia las tareas escolares, frustración que se agrava por la inmediatez a la que los celulares los acostumbran.

La dislexia no debe ser catalogada como una enfermedad que requiera fármacos, sino como una condición que exige desarrollo, adaptación y estrategias específicas. El rol de las escuelas radica en la detección temprana, la comunicación estrecha con las familias y la aplicación de adecuaciones curriculares pertinentes.

Por su parte, los padres deben evitar la postergación de las consultas profesionales. Esperar a que un alumno alcance la adolescencia sin saber leer ni escribir es un riesgo latente si solo se prioriza la promoción escolar por vía oral. Fomentar la lectura compartida, describir imágenes de cuentos y estimular la expresión desde la infancia son pasos urgentes para asegurar un desarrollo pleno e inclusivo.

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