Raúl Brítez convirtió el barro en oficio, sustento y legado familiar

A sus 50 años, el artesano Raúl Brítez, oriundo de la ciudad de Itá, vive exclusivamente del arte de la cerámica. Hijo de Rosa Brítez, la recordada “ceramista de América”, mantiene vivo el aprendizaje recibido de su madre y sostiene a su familia con sus manos.

| Por La Tribuna
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Raúl Brítez, oriundo de la ciudad de Itá, vive exclusivamente del arte de la cerámica. Asegura que el barro es una terapia que ayuda en los momentos difíciles a encontrar relajación.

Hace 30 años, Raúl Quintana Brítez encontró en la cerámica no solo una profesión, sino la manera de sostener a su familia y compartir una parte de la cultura paraguaya. En realidad, su vínculo con el oficio comenzó cuando aún gateaba, y su madre, Rosa Brítez, le daba un pedazo de barro para distraerlo. Ese entretenimiento se convirtió en su medio de vida y en una tradición que hoy continúa con su propio sello.

Es hijo de Rosa Brítez, reconocida como “la ceramista de América”. Con el tiempo, Raúl decidió hacerle honor a su madre y comenzar a usar como nombre artístico Raúl Brítez. De los 13 hermanos, cuatro se dedican al arte, pero Raúl desarrolló una forma particular de trabajar, marcada por el detalle. “Mi madre me decía que me tenía que independizar y usar ya mi nombre”, recordó el artista en entrevista con La Tribuna.

El ritual del ñai’ũpo

En la ciudad de Itá, donde vive desde que nació, trabaja con arcilla negra extraída de la cantera, en una zona de humedales. El barro en bruto es trabajado con los pies y las manos en un proceso llamado ñai’ũpo, que para él forma parte de un ritual.

“Al comenzar mi mañana ya pienso en mi barro”, contó. Cuando sus manos empiezan a moverse sobre el lodo, la mente también trabaja, y el arte comienza ese mágico proceso de plasmar elementos de la vida cotidiana paraguaya.

Además de producir piezas por encargo, recorre distintas ciudades para dictar talleres. En su casa mantiene una galería taller y los fines de semana enseña el oficio. Su esposa, Manuela Alvarenga Brítez, lo ayuda con los detalles de las obras, y su hijo mayor, Fernando, ya se convirtió en su principal ayudante.

Un oficio terapéutico

Raúl vive exclusivamente de su arte. “Esta es mi única fuente de ingreso”, afirma, y anima a otros a no tener miedo de intentarlo. También busca acercar a más personas a una técnica que considera diferente de la cerámica de Areguá, porque utiliza arcilla negra natural.

Recomendó los talleres principalmente a las personas que afrontan momentos emocionales difíciles, pues la “barroterapia”, como él la llama, contribuye mucho a mejorar la salud mental, afirmó. Comentó que quienes participan de sus clases no solo aprenden a trabajar el barro, sino que despejan la mente, conocen gente, intercambian opiniones y se relajan. Quienes quieran averiguar más sobre las clases de cerámica pueden visitar la cuenta de Instagram del artesano: @raulbritez.py.

La memoria de su madre acompaña cada paso. La partida de Rosa Brítez, en diciembre del año 2017, le dejó una herida que permanece, pero también la gratitud de haber trabajado junto a ella y recibido sus consejos. “Eso queda eternamente en nuestro corazón”, expresó.

Mientras forma el barro con sus manos, Raúl siente que también el barro lo va formando a él.

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