El sol de la tarde empieza a caer sobre el centro de la ciudad de Luque, pero para Carlos Benítez la jornada sigue en pleno movimiento. Con el fajo de periódicos bajo el brazo, recorre las calles con un ritmo que ya es parte de su vida. A sus 44 años, es uno de los últimos canillitas que aún pregona las noticias en horario vespertino, manteniendo viva la tradición del diario impreso.
Creció en Tarumandy, en el camino que une Luque con San Bernardino, en un hogar humilde junto a sus nueve hermanos. Desde niño acompañó a su madre al Mercado N.º 4, donde comenzó a conocer el valor del trabajo callejero. A los 13 años descubrió su vocación al ver a su primo organizar las ventas de ejemplares de periódicos y desde entonces nunca se apartó del oficio.
“Soy un vendedor profesional de diarios”, afirma con orgullo. Lleva 30 años sin faltar un solo día a su trabajo, ni siquiera bajo lluvias intensas. Solo busca refugio cuando el clima obliga, pero jamás deja de cumplir con sus clientes.
Los tiempos cambiaron, pero la esencia permanece
Carlos recuerda los tiempos en que vendía entre 300 y 400 ejemplares diarios. Hoy, la cifra bajó a unos 70 u 80 periódicos, pero aún así se mantiene firme, pues su clientela fiel lo espera cada tarde con el dinero justo en mano.
En sus años de recorrido, entregó diarios a familias de figuras reconocidas del deporte paraguayo, como los padres José Luis Chilavert, a las tenistas Magalí Benítez y Rossana de los Ríos, además de los padres de Julio César Romero “Romerito”, en Luque.
Pero entre tantas figuras conocidas, Carlos reserva un afecto entrañable por el ciudadano común, esa gente mayor, trabajadora y “muy calidad”, que lo recibe con una sonrisa todos los días.
Frente al avance digital, el trabajador sostiene que el papel tiene un lugar irremplazable. “El lector tradicional no va a desaparecer. Busca profundidad, veracidad y pausa, algo que el entorno digital no siempre ofrece”, reflexiona.
Recomienda a los jóvenes el trabajo honrado
Reconoce que son nuevos tiempos y que el oficio cambió. Ya no hay pregones en las calles ni tantos niños canillitas. Y él se adapta al cambio, pero, aun así, invita a las nuevas generaciones a valorar el trabajo honrado y a no abandonar los estudios, así como como él, que siguió educándose en paralelo a su labor.
Con años de esfuerzo, logró cumplir un gran sueño: derribar la casa con techo de paja donde vivía su madre y levantó en su lugar una de material, equipada con muebles y electrodomésticos nuevos. Él, por su parte, vive de forma modesta pero tranquila, sin hijos ni apuros económicos, combinando la venta de diarios con cartones de lotería.
Al final del día, regresa a Tarumandy en colectivo, descansa y recarga energía para volver a empezar. Antes de despedirse, deja un mensaje claro: “Siempre habrá lectores”. La voz de Carlos ofreciendo diarios es el eco de una promesa compartida entre el canillita y su cliente, pues mientras haya una historia bien contada en una hoja de papel siempre habrá un lector esperando en la vereda.


