La conmemoración del Jueves Santo representa para la cristiandad un momento de profunda introspección sobre la institución de la Eucaristía y el origen del sacerdocio. El comunicador católico Pedro Kriskovich destacó que esta jornada celebra la primera misa de la historia, donde el gesto de lavar los pies se erige como el mandato supremo de autoridad mediante el servicio.
Kriskovich subrayó que este acto no debe interpretarse bajo sesgos ideológicos, sino como una actitud del corazón que interpela directamente a los líderes políticos a ponerse en el lugar de los sectores más vulnerables.
El sacerdocio ante la crisis y la salud emocional
La festividad también rinde homenaje a la labor de los presbíteros, quienes, según el analista, no están exentos de sufrir crisis emocionales o existenciales. Tribu Nativa de La Tribu 650 AM. Kriskovich citó las preocupaciones del Papa Francisco sobre la fragilidad humana dentro del clero, instando a la feligresía a rezar por sus pastores.
Recordó con gratitud a figuras que marcaron su propia formación espiritual, como el sacerdote Sergio Recigarrilla o monseñor Lorenzo Baramiano, enfatizando que el sacerdote es un puente entre lo humano y lo divino que requiere de la contención comunitaria para cumplir su misión en un mundo cada vez más dramático.
El ecumenismo de la sangre frente al radicalismo
Uno de los puntos más destacados de la reflexión fue el concepto del ecumenismo de la sangre, una realidad palpable en regiones donde los cristianos son perseguidos. Kriskovich explicó que, ante el martirio ejecutado por extremistas radicales, no existen distinciones entre católicos y evangélicos.
El verdugo mata por la fe en Cristo, lo que genera una unidad orgánica que trasciende las diferencias dogmáticas. Esta visión busca derribar barreras históricas y centrar el diálogo en lo que une a las denominaciones, como la centralidad de la figura de Jesús y el testimonio de vida entregada.
El legado de Juan Pablo II y la memoria emocional
En coincidencia con el 2 de abril, se cumplen 21 años del fallecimiento de San Juan Pablo II, un hito que el comunicador vinculó a la memoria emocional de la Pascua. Kriskovich recordó que el Papa polaco murió un sábado, vísperas del Domingo de la Misericordia, integrando su propia transición física al misterio pascual.
En este contexto, instó a los fieles a no observar la Semana Santa como un evento meramente histórico, sino como una oportunidad de conversión personal, asumiendo que cada celebración puede ser la última oportunidad para un cambio de vida genuino y profundo.
La figura de María como puente de unidad
En un intercambio con sectores de otras denominaciones, se resaltó la importancia de la Virgen María como la mujer más bienaventurada de la historia. Kriskovich celebró que el mundo evangélico reconozca el papel fundamental de María en la historia de la salvación, alejando la discusión del conflicto para centrarla en la cultura del encuentro.
El comunicador enfatizó que el cristianismo no es un moralismo de “portarse bien”, sino una relación de amor que admite el límite humano, tal como ocurrió con el arrepentimiento de Pedro y la fidelidad incondicional de María Magdalena.
La transición hacia la esperanza de la Resurrección
Finalmente, el comunicador advirtió sobre la tendencia cultural de estancarse en el sufrimiento de la Cruz sin avanzar hacia la victoria de la Resurrección. Kriskovich mencionó que pocas iglesias representan artísticamente al Cristo resucitado, citando como excepción la obra de Don Manuel Gutiérrez en la zona de la Cruceta.
El mensaje final fue una invitación a mirar más allá del dolor físico de la pasión para abrazar el sentido final de la Pascua, que es la vida que atraviesa el acero de la muerte y ofrece una esperanza renovada a la sociedad ante la dramaticidad del tiempo actual.


