La identidad cultural de Luque se manifiesta con fuerza en la Semana Santa a través de los estacioneros 19 de Marzo, un grupo que custodia una tradición de fe heredada de generación en generación. Julián Zaracho, coordinador del conjunto, relató con emoción cómo el compromiso con el canto sacro trasciende lo artístico para convertirse en un apostolado espiritual.
El grupo, que se autofinancia a pulmón, utiliza cuadernos de caligrafía impecable que datan de hace casi un siglo, donde se conservan las letras de los purahéi jahe’o que narran la pasión y muerte de Jesús Nazareno.
A pesar de la creciente influencia del materialismo, el grupo ha logrado integrar a niños y jóvenes, garantizando la posta generacional. Zaracho destacó que la formación de un estacionero no se limita a la técnica vocal a capela, sino a la vivencia de la humildad y el servicio. Los integrantes, que incluyen a obreros y trabajadores de diversos rubros, ensayan diariamente al acercarse los días santos para participar de las procesiones y los 38 calvarios que visitan tradicionalmente, manteniendo un timbre de voz potente que desafía el cansancio físico tras horas de caminata bajo el sol o el sereno.

El sueño de un local propio para la promoción de oficios
La labor de los estacioneros en Luque busca expandirse más allá del ámbito religioso para impactar socialmente en su comunidad, una zona humilde que enfrenta el asedio de las adicciones entre los jóvenes, según mencionaron en el programa Tribu Nativa por La Tribu 650 AM.
El proyecto del grupo es adquirir un predio colindante a la capilla San José del Pozo, cuya imagen fue donada por el recordado Koki Ruiz. La intención es establecer un centro de enseñanza de oficios como electricidad, plomería y danza, bajo el amparo de la Secretaría Nacional de Formación y Capacitación Laboral (SINAFOCAL), integrando la formación técnica con la disciplina del canto de los estacioneros.
La travesía anual hacia los senderos de Tañarandy
Desde 1992, el grupo 19 de Marzo es protagonista indiscutible en los senderos de Tañarandy, en San Ignacio, Misiones. Para los integrantes, caminar más de 20 kilómetros cantando sin instrumentos no es un sacrificio, sino una ofrenda de gratitud por las bendiciones recibidas.
El uniforme, compuesto por camisa blanca y el tradicional albinete negro, simboliza el luto y el respeto por la crucifixión. Mañana, un contingente de 45 personas partirá puntualmente a las siete de la mañana, tras pedir la protección de su santo patrono, para cumplir con el rito que los conecta con su historia familiar.
La fibra íntima de una herencia grabada en la sangre
La entrevista alcanzó su punto más alto de sensibilidad cuando los veteranos del grupo recordaron a sus antecesores. Con la voz quebrada, Zaracho rememoró el momento en que su padre le delegó el mando del grupo en plena marcha, una responsabilidad que ha llevado con orgullo durante cuatro décadas.
Esta conexión profunda explica por qué, a diferencia de otras actividades, el estacionero no busca un beneficio económico. La recompensa radica en la unidad familiar y la satisfacción de haber mantenido encendida la llama de una tradición que, en palabras de sus miembros, se lleva en la sangre y se defiende con la vida.
Un llamado al apoyo institucional de la cultura
A pesar de su relevancia histórica, los estacioneros enfrentan la falta de apoyo estatal para concretar sus proyectos de infraestructura. Han gestionado pedidos ante la Gobernación de Central, la Municipalidad de Luque y la Secretaría Nacional de Cultura, encabezada por Adriana Ortiz, sin obtener respuestas concretas hasta la fecha.
Actualmente, cuentan con un fondo de 22 millones de guaraníes recaudados mediante el esfuerzo colectivo, pero requieren de un auxilio oficial para alcanzar los 80 millones necesarios para el terreno. El grupo confía en que su visibilidad en medios y el apoyo del Cardenal Adalberto Martínez faciliten finalmente el reconocimiento que merecen estos guardianes del patrimonio inmaterial.



