El microcentro de Asunción ya no fluye como antes. Donde había tránsito constante y oficinas llenas, hoy el movimiento es intermitente y las veredas parecen más anchas. La pandemia, los cambios económicos y el traslado de actividades hacia otras zonas dejaron como rastro menos gente, menos consumo y persianas que bajaron para siempre.
En ese escenario, pequeños puestos de venta sobreviven como trincheras de la memoria. Algunos llevan décadas en pie, sostenidos por hombres que conocen perfectamente el ritmo de la ciudad y que aprendieron a adaptarse, incluso cuando el contexto les juega en contra.
“La gente ya no lee ni revistas”
Germán Duarte lleva 40 años atendiendo su kiosco sobre la calle Estrella casi Alberdi. “Antes me gustaba, ahora ya no tanto, pero no hay otra cosa”, dice, con una mezcla de resignación y firmeza. Su jornada empieza a las 7:00 y se extiende hasta media tarde, intentando salvar el día. Para él, uno de los golpes más duros fue la pérdida del hábito de la lectura: “La gente ya no lee ni revistas”. Además, la suba de precios de revistas en Argentina hicieron desaparecer la venta a consignación, pues ya no hay margen de ganancia. Hoy, Duarte sobrevive vendiendo golosinas, cigarrillos, bebidas, panchos, hielo y algunos libros de ejercicios mentales que todavía buscan los jubilados.
La adaptación como estrategia de supervivencia
Pero no todo es quietud. Ricardo Medina (58) representa otra forma de resistir: la adaptación. Lleva más de 30 años en el rubro y asegura que hoy el trabajo exige reinventarse. En su espacio, además de vender golosinas y bebidas, realiza recargas de saldo, de tarjetas de pasaje, transferencias y fotocopias. “Antes el kiosco era otra cosa; diarios, revistas, cigarrillos. Hoy hay que ofrecer más”, explica.
También encontró nuevas maneras de sostener la venta de lectura: trabaja sobre pedido, publica títulos de libros en sus redes sociales y responde a una clientela que, aunque reducida, se mantiene fiel. “Hay gente que viene hace 20 años, a buscar por ejemplo, su diario; pero los nuevos son pocos”, cuenta. A su criterio, hay una estrategia para vender diarios. “A la gente le gusta verse en el diario, sentirse parte de lo que pasa”, comparte.
Sobrevivir cueste lo que cueste
En medio de las dificultades, hay algo común en nuestros entrevistados: la decisión de no abandonar, de sostener el espacio ganado con sacrificio, cueste lo que cueste. Y con esta convicción, abren sus casillitas cada mañana con la expectativa de que todo mejore.
“Voy a salir bien, así me ven mis clientes y voy a vender mucho”, dice Adriano mientras se acomoda para la foto. Y no es una broma, para él es una ilusión genuina.
Quizás ahí esté la clave. En esa fe silenciosa que aguanta incluso cuando el contexto es difícil.

