Adriano Coronel, de 71 años, nos cuenta que lleva 46 años en su puesto sobre la calle Estrella casi Chile. “Ya es un tiempito”, dice con ironía.
Aunque asegura que le gusta el trabajo, también reconoce que no tiene otra opción. “Por mi edad, qué más voy a hacer”, comenta. Antes vendía mucho más; ahora, los clientes son pocos, pero fieles.
Ofrece diarios, libros y revistas, aunque confiesa que salen cada vez menos. Paga G. 5.000 por su canon municipal todos los días y renueva su patente cada seis meses. Dice que va a seguir atendiendo su negocio “hasta que Dios diga basta”.
Así como los otros kiosqueros, opina que el centro perdió vida después de la pandemia. Muchos jóvenes, trabajadores activos, dejaron los departamentos que alquilaban y regresaron a la casa de sus padres al interior del país, vaciando aún más la zona. Con menos trabajadores circulando, se redujeron las ventas.


