Después de años en escuelas privadas, una familia decidió inscribir a su hijo neurodivergente de 14 años en una institución pública. La experiencia en la Escuela Municipal Héroes del Chaco, de San Lorenzo, no solo fue positiva, sino que les abrió una puerta a la inclusión real, con menos discursos y más acción.
Al llegar a la escuela en su primer día de clases, Alan estaba feliz. Es verdad que por momentos se asustó, pues había demasiados niños, demasiado movimiento al mismo tiempo. Pero ahí estaba mamá. Se aferró a ella y miró todo con atención. De un momento a otro, algo cambió, ya que el trato de la profe fue diferente, la aceptación de sus compañeros era genuina, y, al terminar la jornada, ya se había adaptado.
Alan Rafael Ruiz Díaz tiene 14 años y su desarrollo es similar al de un niño de aproximadamente cuatro, debido a que nació con síndrome genético y retraso psicomotor, cuenta su madre, Lorena Espínola. Pero nada impide que comprenda todo lo que se le dice, que observe y absorba. Por eso es que el entorno en que se desenvuelve es tan importante. Después de evaluarlo durante mucho tiempo, la familia decidió plantearle al neurólogo la posibilidad de que asistiera a una escuela pública, para compartir con niños neurotípicos de su misma edad. El profesional dio su venia.
No fue una decisión impulsiva. El año pasado ya habían tenido una primera experiencia fuera del ámbito habitual; hizo su catequesis en un espacio abierto, compartiendo con otros chicos. Eso les dio confianza para dar el siguiente paso.
Se adapta a su grado con niños neurotípicos
Hoy Alan cursa el 8.° grado en la Escuela Municipal Héroes del Chaco de la ciudad de San Lorenzo. Tiene ajustes y un proceso adaptado a sus necesidades, pero su mamá está convencida de que convivir con compañeros neurotípicos lo estimula. “Al ver cómo escriben, cómo hacen los trazos, él intenta hacerlo también”, sostiene.
La adaptación sorprendió incluso a su madre. Desde el tercer día de clases, la docente le dijo que ya no era necesario que permaneciera en el aula, pues Alan podía desenvolverse perfectamente.
Actualmente, Alan cumple con el horario completo y regresa solo en transporte escolar. En sus días de clase, disfruta de cosas que para los demás pueden pasar desapercibidas, pero para él son enormes, como mirar a otros niños jugar, bromear, reír, merendar, interactuar. Después de mucho ensayo y error, hoy, finalmente, Alan se siente parte de un lugar y eso lo hace feliz.
Profesionalismo de la maestra es clave
Uno de los aspectos que su madre destaca es el trabajo previo que realizó la docente, Gabriela Pérez, con el grupo. “Les explicó a los chicos la importancia de no hacer bullying, de acompañarlo, de entender que es un compañero más. Hubo aceptación y cariño”, relató la madre.
Existe una ley de inclusión y las escuelas públicas no pueden negar la matrícula, pero la realidad es más compleja. “Una maestra con 35 alumnos difícilmente pueda dedicar el tiempo adicional que un niño neurodivergente necesita. Si yo lo inscribiera en una institución superpoblada, implicaría contratar una profesora de apoyo, que me costaría un salario”, explica Lorena.
Es por eso que la escuela Héroes del Chaco, con una cantidad menor de estudiantes y una atención paciente a Alan, fue la tabla de salvación para esta familia.
Después de un largo camino que por momentos fue agotador, hoy Lorena se siente orgullosa de su hijo por animarse a enfrentar con una sonrisa su derecho a ser diferente.



