“Me verás volar, por la ciudad de la furia” canta Víctor, con la voz rasgada, mientras tararea versos de Gustavo Cerati. La música aparece como un eco de lo que fue y de lo que aún intenta ser. Tiene 52 años, vive en la calle desde 2009. Y repite, entre pausas largas y silencios pesados, una frase que resume su historia: “La vida es hermosa, pero yo fui débil”.
Víctor Hugo Vergara no comenzó a consumir en la calle, la cocaína apareció cuando era estudiante de Kinesiología. “Era para no dormir, para estudiar”, recuerda. Aquella decisión, que parecía circunstancial, marcó el inicio de una dependencia que con los años se volvió rutina.
Al principio, dice, consumía cuando tenía dinero. “Dos o tres días y después paraba porque tenía compromisos”, relata. Pero cuando perdió estabilidad laboral, el consumo dejó de ser ocasional. “Ahora es como un café o un chicle. Cada momento”, admite. La droga pasó de ser estímulo a convertirse en anestesia. “Me sirve para caminar. Me sirve como anestesia al dolor”, reconoce, refiriéndose tanto a sus dolencias físicas debido a una rotura de menisco, como a las heridas emocionales.
Víctor habla con lucidez intermitente, mezcla fechas, se contradice, vuelve sobre sus recuerdos. Entre ellos están sus hijos. “Estoy sufriendo mucho”, dice. No niega errores, tampoco evade responsabilidades, asume que fue débil. “Tenés que tener miedo a consumir. Yo fui débil”, sentencia con crudeza.
A pesar de todo, no romantiza su historia. Trabajó, tuvo oportunidades, incluso desempeñó tareas en instituciones públicas. “Si yo no cometía ese error…”, repite, consciente de que una cadena de decisiones lo fue alejando de todo.
En medio de la conversación, vuelve a la música. Cita a Gustavo Cerati como si encontrara allí una forma de explicarse. “¿Hasta dónde llegaré?”, murmura. La vida, insiste, “es muy hermosa”, pese a todo. No habla de resignación, sino de una contradicción constante entre lo que su mente quiere y lo que su cuerpo le exige.
Cuando se le pregunta qué consejo daría a los jóvenes, no duda. “Que no prueben. Mejor que te digan miedoso a que consumas”, afirma. Su advertencia no es moralista; nace de la experiencia. “No seas burro en comprar algo que no te va a servir”, agrega, consciente de que detrás del consumo hay un circuito que se alimenta de la fragilidad ajena.
La mirada de quienes lo ven a diario
Comerciantes y trabajadores de la zona donde Víctor suele permanecer aseguran que hace años ronda por esas calles. Lo describen como respetuoso, amable y de pocas palabras. No es violento, no genera conflictos. “A veces solo pide agua”, comentan.
Su figura forma parte del paisaje urbano, pero no desde el escándalo sino desde la discreción.
Según datos de la Encuesta Narcóticos Anónimos Paraguay 2024, la cocaína y sus derivados figuran entre las sustancias de mayor prevalencia entre los encuestados, junto con el alcohol.
El informe señala que muchas personas llegan a los grupos tras “tocar fondo y la desesperación”, mientras que otras lo hacen impulsadas por el amor propio o la necesidad de reconstruir su vida.
La organización está presente en 180 países, en el país funcionan actualmente 26 grupos presenciales y 2 virtuales. Se trata de un programa gratuito cuyo único requisito es el deseo de dejar de consumir.
Víctor aún no forma parte de un programa de recuperación. Vive el presente entre la música que recuerda, el consumo que anestesia y la frase que repite como una confesión: “La vida es hermosa”.
Su historia no empezó en la calle, empezó en un aula. Y, como muestran los datos y los testimonios de quienes lograron salir, la posibilidad de un nuevo comienzo sigue existiendo, incluso cuando parece lejano.

