Xi Jinping ha purgado la cúpula militar china, destituyendo a los generales Shan Yuxia y Liu Zhenli por corrupción y una presunta filtración nuclear a EE.UU. La Comisión Militar Central queda con una estructura reducida, aumentando la incertidumbre sobre la posibilidad de una invasión a Taiwán para 2027.
VisualPolitik/LaTribuna. China confirmó una sacudida interna de gran calibre. Xi Jinping ejecutó una purga en el núcleo del Ejército Popular de Liberación. Los destituidos fueron dos generales clave: Shan Yuxia —señalado como figura central del caso— y Liu Zhenli.
La magnitud se entiende por los cargos. Liu era el jefe del Estado Mayor de la Comisión Militar Central (CMC). Shan ocupaba un puesto aún más sensible, era vicepresidente de la CMC, el número dos de la jerarquía militar, solo por detrás del propio Xi, que preside ese órgano.
La CMC es el máximo centro de decisión que supervisa a las Fuerzas Armadas; comanda, fija estrategias y gestiona personal, equipos y financiación. Formalmente es un comité de siete miembros. Sin embargo, tras esta y otras purgas previas, la comisión habría quedado reducida —según el relato— a solo dos integrantes: Xi Jinping y el general Zhang Shenmin, citado como supervisor de las depuraciones. Con semejante adelgazamiento, el alto mando queda prácticamente vacío y la toma de decisiones puede volverse más lenta o bloqueada.
¿Quién es Shan Yuxia y por qué su caída pesa tanto? Era un peso pesado con experiencia de combate real, dado que su trayectoria se impulsó en el conflicto fronterizo con Vietnam iniciado en 1979. Más tarde, dirigió el Departamento General de Armamento, encargado del ciclo de compra y provisión de equipamiento. En 2017, Xi lo ascendió a la CMC y, según el propio relato, extendió su permanencia más allá de la edad habitual de retiro por considerarlo “imprescindible”.
Por eso sorprende el método. En vez de una salida discreta, llegó una purga “exprés” con acusación pública. La fórmula oficial fue la habitual: “graves violaciones de la disciplina y de la ley”, un enunciado lo bastante amplio como para abarcar corrupción, traición al Partido o una derrota en la lucha de poder.
Según informaciones atribuidas a fuentes del Wall Street Journal cercanas a la investigación, Shan habría formado “camarillas políticas”; una red de lealtades personales dentro del ejército por encima de la obediencia al Partido. También se le acusa de aprovechar su posición para obtener sobornos a cambio de ascensos en el entramado de armamento y adquisiciones.
El giro más explosivo llegó en una sesión informativa a puerta cerrada celebrada el 24 de enero, pues se habría planteado que Shan estaba vinculado a una brecha de seguridad en el sector nuclear. La acusación más impactante es la presunta filtración de datos técnicos sobre armamento nuclear chino a Estados Unidos. Parte de las evidencias, siempre según lo expuesto, procederían de Hu Jun, exdirector general de la Corporación Nacional Nuclear de China, también investigado bajo la misma acusación. Al mismo tiempo, algunos expertos cuestionan que esa brecha haya permitido transferir información verdaderamente sensible a los estadounidenses.
La caída de Liu Zhenli añade un problema operativo. Como jefe del Departamento de Estado Mayor Conjunto, supervisaba capacidades críticas de mando y control, comunicaciones, computación, inteligencia, vigilancia y reconocimiento. Retirarlo de golpe, en medio de una cúpula reducida, implica tensión adicional para la coordinación militar y alimenta la incertidumbre entre mandos que temen ser los siguientes.
La pregunta central es qué busca Xi. Una lectura posible es el aumento de la desconfianza y la intención de cortar redes internas autónomas. El resultado, sin embargo, es una CMC debilitada con vacantes que —por precedentes atribuidos al propio Xi— podrían no cubrirse rápido y con la próxima reestructuración prevista para 2027.
Y el impacto externo se concentra en Taiwán. En el relato se sostiene que tanto la inteligencia de Estados Unidos como el gobierno taiwanés han manejado la idea de que, a partir de 2027, China podría estar preparada para una invasión, aunque sería una operación compleja y costosa. Con una cúpula descabezada, Xi queda ante dos rutas: rodearse de perfiles aduladores y elevar el riesgo de errores de cálculo, o concluir que sin cuadros profesionales capaces de discutir riesgos y costos, una operación de esa magnitud es inviable en el corto plazo y tendería a retrasarse. En cualquiera de los casos, el episodio mezcla corrupción, intriga y seguridad nacional en el punto más delicado del poder militar chino.


