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Los ensayos nucleares aún cobran millones de vidas, alerta un estudio

Un informe de Norwegian People’s Aid indica que los ensayos nucleares realizados entre 1945 y el 2017 han causado al menos cuatro millones de muertes…

| Por La Tribuna-
(FILES) This photograph dated of July 1946 shows the mushroom cloud forming after an atomic bomb explosion during nuclear tests carried out by the US military on Bikini Atoll in the Pacific Ocean. Nuclear weapons testing has affected every single human on the planet, causing at least four million premature deaths from cancer and other diseases over time, according to a new report delving into the deadly legacy. (Photo by US Defense Nuclear Agency / AFP)


Un informe de Norwegian People’s Aid indica que los ensayos nucleares realizados entre 1945 y el 2017 han causado al menos cuatro millones de muertes prematuras por cáncer y otras enfermedades. El estudio subraya daños genéticos globales, un impacto desproporcionado en mujeres y niños, y la falta de transparencia de los estados nucleares.

AFP. Según un nuevo informe que analiza este legado mortal, los ensayos de armas nucleares han afectado a todas las personas del planeta y han provocado al menos cuatro millones de muertes prematuras por cáncer y otras enfermedades con el paso del tiempo.

Hace décadas que terminaron las pruebas de armas nucleares, pero su huella sigue cobrándose vidas. Un nuevo informe de la organización humanitaria Norwegian People’s Aid (NPA), al que tuvo acceso la AFP, sostiene que ese legado ha provocado al menos cuatro millones de muertes prematuras por cáncer y otras enfermedades a lo largo del tiempo.

Entre 1945 y el 2017 se detonaron más de 2.400 artefactos nucleares en ensayos realizados en distintos puntos de lo que hoy son 15 países. De los nueve Estados con armas nucleares (Rusia, Estados Unidos, China, Francia, Reino Unido, Pakistán, India, Israel y Corea del Norte), solo Pyongyang ha efectuado pruebas desde la década de 1990.

El informe, de más de 300 páginas, describe daños duraderos y generalizados en la salud humana, las sociedades y los ecosistemas. También subraya que el secretismo, la falta de compromiso internacional y la escasez de datos han dejado a muchas comunidades afectadas sin respuestas ni apoyo adecuado.

Raymond Johansen, director de NPA, advierte que “los ensayos nucleares del pasado continúan matando hoy” y plantea que el documento busca reforzar la determinación de evitar que las armas nucleares vuelvan a probarse o usarse. El tema recobró visibilidad después de que el presidente estadounidense Donald Trump sugiriera en noviembre que su país podría retomar las pruebas, acusando a Rusia y China de hacerlo, algo que ambos negaron.

Para Ivana Hughes, profesora de Química en la Universidad de Columbia y presidenta de la Nuclear Age Peace Foundation, la idea de reanudar ensayos es “muy muy muy peligrosa”. Señala que la historia demuestra consecuencias extremadamente duraderas y graves incluso sin llegar a una guerra nuclear total.

Las poblaciones cercanas a los sitios de pruebas —muchas en antiguas colonias— fueron las más golpeadas. Persisten altas tasas de enfermedades, anomalías congénitas y traumas, además del temor por los efectos sobre la propia salud y la de familiares. No obstante, el impacto es global. Magdalena Stawkowski, profesora de Antropología en Carolina del Sur y coautora del informe, afirma que todas las personas vivas hoy llevan en sus huesos isótopos radiactivos provenientes de los ensayos atmosféricos.

El documento reúne evidencia científica que vincula la exposición a radiación con daños en el ADN, cáncer, enfermedades cardiovasculares y efectos genéticos incluso a bajos niveles. Tilman Ruff, coautor e investigador de salud pública en la Universidad de Melbourne, sostiene que los riesgos son mayores de lo que se creía. Estima que solo las pruebas atmosféricas —realizadas hasta 1980— causarán al menos dos millones de muertes adicionales por cáncer y un número similar de fallecimientos prematuros por ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares. El informe indica, además, que fetos y niños pequeños son los más vulnerables y que niñas y mujeres son un 52% más susceptibles a efectos cancerígenos que niños y hombres.

La cultura del secretismo aparece como un patrón. En Kiribati, estudios del Reino Unido y Estados Unidos sobre impactos en salud y ambiente siguen clasificados. En Argelia, aún se desconoce con precisión dónde enterró Francia desechos nucleares tras sus ensayos, según el reporte. La falta de atención médica, controles y educación sobre riesgos deja a comunidades sin herramientas para protegerse.

Historias personales ilustran ese costo. Hinamoeura Cross tenía siete años cuando Francia realizó su última explosión cerca de su hogar en la Polinesia Francesa en 1996. A los 24 le diagnosticaron leucemia; su abuela, su madre y su tía tenían cáncer de tiroides. Cross afirma que “nos envenenaron” y denuncia que la propaganda minimizó lo ocurrido. Francia efectuó 193 explosiones en la Polinesia Francesa entre 1966 y 1996; la más potente fue unas 200 veces superior a la bomba lanzada sobre Hiroshima en 1945.

Otro caso emblemático fue Castle Bravo: Estados Unidos detonó el 1 de marzo de 1954 una bomba de 15 megatones en el atolón Bikini, en las islas Marshall, equivalente a 1.000 bombas de Hiroshima. El artefacto vaporizó una isla y expuso a miles de personas a lluvia radioactiva. Habitantes de Rongelap, a unos 120 kilómetros, enfermaron gravemente esa misma noche, con síntomas de radiación aguda, según Hughes.

El informe critica la respuesta “mínima” de la comunidad internacional: ningún organismo internacional se ha encargado de asistir a países afectados por las consecuencias a largo plazo. NPA sostiene que los Estados con armas nucleares son los principales responsables y pide evaluar necesidades, asistir a víctimas y descontaminar áreas. Cross lo resume así: “Queremos entender lo que nos sucedió. Queremos curarnos de este trauma”.

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