La narrativa de Draghi fue adoptada por Europa, pero aplica reformas poco controvertidas y difiere las transformadoras. Mientras energía, capital y mercado único sigan sin un giro real, la pérdida de productividad, inversión y peso global tenderá a consolidarse.
VisualEconomik/La Tribuna. Un año después del “Informe Draghi”, la Unión Europea sigue aún atrapada entre el diagnóstico correcto y la ejecución tímida. El impacto del documento no se debió solo a la firma de Mario Draghi, sino al tono: afirmó sin rodeos que Europa pierde terreno y que la responsabilidad es, en gran medida, interna.
El punto de partida es duro: cerca del 70% de la brecha de PIB per cápita entre Europa y Estados Unidos se explica por productividad. No es, principalmente, que los europeos trabajen menos; es que los estadounidenses producen más por hora. Esa ventaja no es nueva: incluso desde antes de la Gran Depresión, EE.UU. generaba entre un 10% y un 15% más por hora trabajada. Con esa realidad, Draghi resumió las causas en dos palabras: energía y financiación.
La energía europea lleva años siendo cara, lo que limita a la industria y refuerza dependencias externas en insumos críticos. El segundo cuello de botella es el capital para crecer: el capital riesgo en Europa pesa cinco veces menos que en Estados Unidos en proporción al PIB, y las startups europeas reciben un 80% menos financiación que sus pares norteamericanas. El resultado es un tejido con grandes compañías históricas y pocas firmas jóvenes capaces de escalar rápido.
En el 2025, Bruselas intentó mostrar reacción. Ursula von der Leyen anunció paquetes ómnibus para recortar burocracia, y en enero se presentó la “Brújula de Competitividad”: 33 iniciativas, con casi la mitad ya aprobadas, orientadas a cerrar la brecha en IA, robótica y biotecnología.
El ejemplo emblemático es el frente digital. Se habla de suavizar o simplificar partes del RGPD y de flexibilizar normas de IA para acelerar despliegues. Los incentivos son claros: se estima que el RGPD reduce entradas de inversión en más de 1.580 millones de dólares al año; almacenar datos en Europa puede costar un 20% más por efecto regulatorio; y el freno a la inversión puede recortar el empleo de startups tecnológicas entre un 4% y un 11%. Además, el cumplimiento puede absorber hasta un 12% de los ingresos de las tecnológicas, sobre todo de las más pequeñas. Y aunque se anuncian simplificaciones, el cambio suele quedar en excepciones puntuales: el sistema de avisos y consentimientos seguiría dominando la navegación.
Donde la distancia entre discurso y reforma es más costosa es el mercado único. Las barreras regulatorias entre Estados miembros equivalen a un “arancel” cercano al 40% para mercancías y del 100% para servicios. Y el comercio intraeuropeo bajó del 26% al 23% del PIB, señal de que la integración real retrocede. Incluso el trabajo sobre normas de fusiones se mueve con calendario largo: una hoja de ruta encargada a la comisaria Teresa Ribera no estaría lista hasta el 2027, y sería un análisis preliminar.
En presupuesto, “competitividad” gana espacio: para el 2028 se proyecta que pase del 14% al 23% del total, con 90.000 millones de euros para Horizon y 30.000 millones para el Fondo de Innovación. Pero ya se menciona que el FP10 podría bajar de 175.000 millones prometidos a menos de 140.000. La Comisión estima ahorros regulatorios de 6.000 a 9.000 millones de euros: útiles, pero modestos frente al reto.
Tampoco se encara con claridad el “trade-off” de la transición verde. Draghi advertía que los altos impuestos al CO2 dañaron a la industria; sin embargo, la política suele tratar el costo como un tabú, confiando en que la innovación compense sin decisiones difíciles.
La financiación paneuropea sigue siendo el elefante en la sala. Deutsche Bank calcula que movilizar apenas el 10% del ahorro europeo podría activar 400.000 millones de euros de inversión. Sin un mercado de capitales unificado, ese ahorro permanece inerte y la alternativa de deuda conjunta (eurobonos) no se refuerza. Un estudio académico estimó que, entre el 2014 y el 2023, Alemania subsidió al resto con el equivalente al 11% de su PIB, recordatorio de que sin disciplina fiscal común, las soluciones compartidas se vuelven políticamente explosivas y más difíciles de sostener.
Conclusión: Europa adoptó la narrativa de Draghi, pero aplica reformas poco controvertidas y difiere las transformadoras. Mientras energía, capital y mercado único sigan sin un giro real, la pérdida de productividad, inversión y peso global tenderá a consolidarse.


