Mientras la atención mundial se centraba en Ucrania y Oriente Medio, África se fue convirtiendo, casi sin ruido, en uno de los principales escenarios del poder ruso. Mucho antes de que sonaran las bombas sobre Kiev, el Kremlin ya había empezado a ganar peso político y militar en un continente marcado por Estados frágiles, conflictos crónicos y enormes reservas de recursos naturales apenas controladas por gobiernos débiles.
VsualPolitik/LaTribuna. El foco ruso se concentró especialmente en el Sahel, una franja semidesértica que atraviesa África de oeste a este y que combina casi todos los problemas imaginables: pobreza extrema, golpes de Estado encadenados, avance del yihadismo, redes de contrabando y rutas migratorias que empujan a miles de personas hacia Europa. Durante años, Francia, Estados Unidos y otras potencias trataron de contener el caos con tropas y misiones de entrenamiento, pero los resultados fueron escasos y creció el cansancio y el rechazo local.
En ese vacío apareció el grupo Wagner, dispuesto a ofrecer seguridad sin condiciones políticas. Wagner nació como una fuerza mercenaria íntimamente ligada al Estado ruso. Formalmente era una empresa militar privada; en la práctica, un brazo paramilitar del Kremlin que mezclaba funciones de ejército, mafia y conglomerado empresarial. En África, su desembarco se produjo de la mano de gobiernos militares o autoritarios acorralados por rebeliones internas y ataques yihadistas, que veían en Moscú una alternativa a las antiguas potencias coloniales.
El pacto era sencillo. Rusia prometía apoyo militar, entrenamiento y protección del régimen sin exigir elecciones, reformas democráticas ni respeto por los derechos humanos. A cambio, obtenía concesiones mineras, contratos energéticos y pagos en especie. En Mali y Sudán el acuerdo se selló con oro; en la República Centroafricana, con diamantes; en Libia, con petróleo. Los mercenarios se encargaban de defender palacios presidenciales, custodiar minas de oro y uranio y sofocar por la fuerza cualquier desafío al poder establecido.
Sobre el papel, todo esto se presentaba como una contribución a la “lucha contra el terrorismo”. Sin embargo, los contingentes de Wagner eran reducidos, a menudo de apenas unos cientos de hombres por país, y se concentraban en las capitales y en los enclaves económicos clave. La prioridad no era perseguir a los grupos yihadistas en el desierto, sino asegurar el negocio y la supervivencia de las élites locales. El mensaje era claro: estabilidad para el régimen, a cambio de recursos estratégicos.
Las denuncias de organizaciones internacionales y de testigos sobre el terreno describen un patrón de violencia extrema: ejecuciones sumarias, torturas, desapariciones y violaciones. Comunidades enteras fueron tratadas como sospechosas por su origen étnico o su ubicación geográfica. En lugar de pacificar el Sahel, esta estrategia alimentó aún más el resentimiento y facilitó el reclutamiento de nuevos combatientes para las organizaciones islamistas, al tiempo que se consolidaba una economía de guerra basada en el control de minas, rutas y peajes ilegales.
El punto de inflexión llegó en el 2023, cuando el líder de Wagner, Yevgueni Prigozhin, se rebeló contra el mando ruso y protagonizó una breve insurrección armada dentro del propio país. Su muerte en un sospechoso accidente de avión, pocas semanas después, abrió la puerta a la absorción formal del grupo por parte del Ministerio de Defensa. Moscú lanzó entonces una nueva marca, África Corps, con la promesa de un despliegue más profesional, disciplinado y directamente controlado por el Estado.
En la práctica, el cambio tuvo mucho de cosmético. Bajo el nuevo rótulo siguieron operando muchos de los mismos mandos y combatientes, con métodos similares y los mismos objetivos: sostener regímenes autoritarios, desplazar a Francia y Estados Unidos y asegurar el control de oro, uranio y diamantes. Con el paso de los meses, varias juntas militares empezaron a percibir las grietas del modelo: la violencia no disminuía, los grupos islamistas mantenían la iniciativa y los costes financieros y políticos se disparaban, mientras la confianza en Moscú se erosionaba.
La gran apuesta africana del Kremlin se enfrenta así a sus propios límites. África Corps intenta presentarse como un nuevo comienzo, pero para amplios sectores de la región se trata del mismo perro con distinto collar. Mientras tanto, el Sahel continúa deslizándose hacia un escenario cada vez más explosivo: más violencia, más desplazados, más rutas migratorias hacia Europa y más espacio para que los grupos yihadistas consoliden sus bases. La influencia rusa se desgasta, pero el polvorín africano sigue encendido y su evolución será decisiva tanto para el futuro del continente como para la seguridad europea.


