La decisión de Donald Trump de autorizar a Corea del Sur a desarrollar submarinos de propulsión nuclear marca un punto de inflexión en la seguridad de Asia-Pacífico. Por primera vez, Seúl recibe luz verde de Washington para acceder a una tecnología que llevaba décadas reclamando.
El interés surcoreano por estos buques viene de lejos. En 2003, el gobierno llegó a iniciar en secreto un programa para construir un submarino nuclear, pero una filtración de prensa lo destapó y el proyecto se canceló. Desde los años 70, Estados Unidos había impuesto fuertes restricciones al armamento surcoreano: límites a sus misiles y veto al uso de uranio altamente enriquecido y capacidades equivalentes para evitar que Asia Oriental se convirtiera en un “avispero atómico”.
Hoy el contexto ha cambiado. Corea del Norte tiene armas nucleares, está desarrollando su propio submarino de propulsión nuclear y mejora constantemente sus misiles. China expande a gran velocidad su poder naval. Y Estados Unidos busca implicarse menos de forma directa en futuros conflictos, reforzando en su lugar a sus socios asiáticos.
Actualmente, solo seis países operan submarinos nucleares: Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido, Francia e India. Corea del Sur, en cambio, dispone de unos veinte submarinos diésel-eléctricos. La diferencia es grande: los buques nucleares pueden pasar meses bajo el agua, son mucho más difíciles de detectar y ofrecen una capacidad de disuasión muy superior.
El acuerdo entre Washington y Seúl está aún en una fase inicial. El primer submarino surcoreano de propulsión nuclear entraría en servicio hacia mediados o finales de la próxima década. La tecnología será mayoritariamente surcoreana: el país fabricará sus propios reactores y la empresa Hanwha Ocean, que ya construye los submarinos más modernos de la armada surcoreana, liderará el programa.
Estados Unidos aportará la tecnología de propulsión y el combustible nuclear. Corea del Sur no dispone de centrifugadoras ni puede enriquecer uranio por sí misma, de modo que dependerá de Washington para alimentar sus reactores. Los submarinos utilizarán uranio de bajo enriquecimiento —entre el 5 y el 20 %—, por debajo del uranio altamente enriquecido que se usa en algunas armas nucleares. Seúl gana capacidad militar, pero no autonomía plena.
Los intereses de cada parte tampoco son los mismos. Para Estados Unidos, el mensaje principal va dirigido a China: cuantos más aliados dispongan de capacidades avanzadas alrededor del gigante asiático, mejor. Washington quiere que Corea del Sur deje de ser solo un actor regional centrado en Corea del Norte y se convierta en una pieza de su estrategia de contención a Pekín, en la línea de lo que se buscó con Australia a través del pacto AUKUS.
Para Seúl, en cambio, la prioridad es no quedarse atrás frente a Corea del Norte. Pyongyang ya tiene la bomba, misiles de largo alcance y un programa de submarinos nucleares. Corea del Sur sigue sin armas atómicas y ve cómo su capacidad de disuasión depende del paraguas estadounidense, en el que cada vez confía menos. Las presiones para que pague más por las tropas norteamericanas desplegadas en la península y el encarecimiento de la compra de armamento han deteriorado la relación con la administración Trump.
Por ello, además de apostar por los submarinos nucleares, en Corea del Sur crecen las voces que reclaman avanzar hacia la llamada “latencia nuclear”: disponer de la tecnología necesaria para poder fabricar armas nucleares si la amenaza se dispara. En paralelo, el país desarrolla misiles más potentes, como el Heum-5, diseñado para destruir búnkeres subterráneos en Corea del Norte y con alcance potencial de varios miles de kilómetros.
El dilema para Seúl es claro: ganar una capacidad estratégica clave a cambio de más dependencia de Estados Unidos y de un mayor riesgo de tensión con China, su principal socio comercial. La contrapartida es que estos submarinos pueden impedir que Corea del Norte vuelva a tomar la delantera y, al mismo tiempo, permitir que Corea del Sur absorba el conocimiento necesario para reforzar en el futuro su autonomía militar e industrial.
Lo que sí parece seguro es que, cuando los primeros submarinos nucleares surcoreanos entren en servicio, el equilibrio de poder bajo las aguas de Asia-Pacífico habrá cambiado de forma duradera. Ese movimiento se notará no solo en la península coreana, sino en todo el tablero estratégico del Pacífico.









