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Vladimir Putin presentó torpedo nuclear que desafía todo escudo

Rusia volvió a mover el tablero nuclear con un anuncio de alto impacto: tres días después de comunicar la prueba del misil de crucero de propulsión n…

| Por La Tribuna
Russian Putin visits Central Military Clinical Hospital in Moscow MOSCOW (Russian Federation), 29/10/2025.- Russian President Vladimir Putin (R) visits The P.V.Mandryka Central Military Clinical Hospital in Moscow, Russia 29 October 2025. (Rusia, Moscú) EFE/EPA/VYACHESLAV PROKOFYEV/SPUTNIK/KREMLIN / POOL MANDATORY CREDIT

Rusia volvió a mover el tablero nuclear con un anuncio de alto impacto: tres días después de comunicar la prueba del misil de crucero de propulsión nuclear Burevéstnik, el presidente Vladímir Putin sostuvo que su país también ensayó con éxito el Poseidón, un dron submarino con capacidad de portar ojivas nucleares y propulsado por energía atómica.

El mensaje llegó en un contexto de conversaciones estancadas con Estados Unidos y crecientes tensiones con Europa y la OTAN, y fue emitido desde un hospital militar de Moscú, donde el mandatario se reunió con soldados heridos en la guerra contra Ucrania.

“Por primera vez, logramos no solo lanzarlo desde un submarino portador con su motor de arranque, sino también activar su unidad de energía nuclear, que alimentó al vehículo durante un período de tiempo”, dijo Putin, quien calificó al Poseidón como un sistema “inigualable” por su velocidad y profundidad de operación y, por ende, “imposible de interceptar”. No hubo confirmación independiente del ensayo, pero la señal política fue inequívoca: Moscú mantiene el pie en el acelerador de su programa estratégico.

Según medios afines al Kremlin, el Poseidón —conocido por la OTAN como Kanyon y previamente etiquetado como Status-6— mide alrededor de 20 metros de largo, 1,8 de diámetro y pesa unas 100 toneladas. Su reactor, afirmó Putin, es “100 veces más pequeño” que los utilizados en submarinos convencionales, y la potencia de su posible carga nuclear sería “significativamente superior” a la del Sarmat, el misil balístico intercontinental más avanzado del arsenal ruso. La energía nuclear le conferiría un alcance virtualmente ilimitado, y su perfil de navegación profunda, a velocidades que fuentes citadas por TASS estiman entre 60 y 70 nudos (aprox. 110-130 km/h), dificultaría su detección.

La doctrina detrás del arma, incluida por Putin en el 2018 dentro de las seis “superarmas” de su discurso anual, apunta a la disuasión extrema: detonar cerca de costas para generar un “tsunami radiactivo” que anule infraestructuras portuarias y urbanas. Aunque algunos expertos recuerdan que efectos estratégicos similares pueden lograrse con misiles intercontinentales tradicionales, el Kremlin insiste en que la combinación de profundidad, velocidad y autonomía coloca al Poseidón en una categoría singular. A futuro, se prevé su integración en plataformas como el submarino nuclear Belgorod, botado en el 2022 y diseñado para lanzar este tipo de vehículos.

El anuncio se encadena con la prueba del Burevéstnik —otro sistema a propulsión nuclear que, según Putin, tendría “alcance ilimitado”— y con recientes ejercicios nucleares rusos, configurando una secuencia de mensajes hacia Washington y sus aliados. El presidente estadounidense, Donald Trump, calificó de “inapropiado” el anuncio del Burevéstnik y urgió a Putin a “poner fin a la guerra en Ucrania”, pero el Kremlin replicó que Rusia actúa en defensa de sus “intereses nacionales”, en palabras del portavoz Dmitri Peskov, quien además apuntó a la “histeria militarista” en Europa como justificación de medidas adicionales de defensa.

La dimensión diplomática se enrarece aún más por el debate en Estados Unidos sobre la entrega de misiles Tomahawk a Kiev —capaces de portar ojivas nucleares y con alcance de hasta 2.500 kilómetros—, que finalmente no prosperó, según trascendió, por el riesgo de escalada y por necesidades de la propia defensa estadounidense. En Moscú, esa discusión se presenta como evidencia de un cerco occidental que legitima la modernización del arsenal ruso; en Washington y Bruselas, como un argumento para reforzar defensas y controles.

El teatro de operaciones en Ucrania apareció en el mismo encuadre del anuncio. Durante su comparecencia televisada, Putin llamó a las autoridades ucranianas a ordenar la rendición de tropas cercadas en Kúpiansk (Járkov) y Pokrovsk (Donetsk), y dijo estar dispuesto a una “tregua de varias horas” para permitir el ingreso de periodistas a esas zonas. La puesta en escena —té en mano con heridos de guerra— subrayó el hilo conductor que el Kremlin busca instalar: resiliencia militar, avances tecnológicos y presión psicológica sobre el adversario.

Más allá del ruido mediático, la apuesta estratégica rusa responde a un largo ciclo de fricciones: la retirada unilateral de Estados Unidos del Tratado ABM en el 2001, la ampliación de la OTAN hacia el este y la erosión del entramado de control de armas que limitó durante décadas la carrera tecnológica. En ese marco, el Poseidón y el Burevéstnik reabren debates técnicos y éticos: ¿disuasión o desestabilización? ¿Innovación estratégica o propaganda con riesgos ambientales incalculables?

Con la guerra entrando en su cuarto año, la secuencia de pruebas sugiere que Moscú busca reforzar su capacidad de presión en varios tableros a la vez: el militar —con sistemas que complican la planificación defensiva occidental—, el diplomático —tensionando cualquier retorno a conversaciones sustantivas— y el doméstico —ofreciendo a su opinión pública la narrativa de un liderazgo que “garantiza la seguridad nacional”—. Sea cual sea la valoración que merezca el Poseidón en términos técnico-operativos, su impacto inmediato ya es visible: prolonga la lógica de la disuasión por demostración y aleja, un poco más, el horizonte de una desescalada negociada.

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