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Rusia atrapada en su propia economía de guerra permanente

La Tribuna. Han pasado más de tres años desde que Vladímir Putin lanzó su ofensiva relámpago con la promesa de tomar Kiev en apenas 72 horas. Lo que …

| Por La Tribuna-
Russian President Vladimir Putin working visit in Krasnodar Region SOCHI (Russian Federation), 03/10/2025.- Russian President Vladimir Putin speaks during a ceremony to present state awards to mentors and teachers of military personnel, participants in the Russia's special military operation in Ukraine, at the newly opened Sirius Concert Centre of the Sirius Federal Territory near Sochi, Krasnodar Region, Russia, 03 October 2025. (Rusia, Ucrania) EFE/EPA/MIKHAIL METZEL / SPUTNIK / KREMLIN POOL MANDATORY CREDIT

La Tribuna. Han pasado más de tres años desde que Vladímir Putin lanzó su ofensiva relámpago con la promesa de tomar Kiev en apenas 72 horas. Lo que debía ser una conquista rápida se transformó en un conflicto prolongado, con un frente congelado y un costo humano que ronda el millón de bajas rusas. Mientras tanto, Moscú mantiene una ofensiva constante sobre la infraestructura civil ucraniana: hospitales, escuelas, redes eléctricas y de agua. La estrategia es clara: desgastar a la población hasta quebrar su resistencia.

Sin embargo, la pregunta más incómoda ya no es cuándo terminará la guerra, sino si Rusia puede sobrevivir sin ella. El país se ha vuelto dependiente de la guerra. La maquinaria bélica sostiene la economía, el empleo y, en buena medida, la estabilidad política del Kremlin.

Según los datos más recientes, Rusia destina más de 170.000 millones de dólares a defensa, una cifra que equivale al 8 % del PIB nacional y al 40 % de todo el presupuesto público. En otras palabras, casi la mitad del dinero del Estado se canaliza directamente al complejo militar-industrial. Más de 4 millones de personas viven de manera directa o indirecta de esta industria, y solo entre 2023 y 2024 se incorporaron 600.000 nuevos trabajadores.

El efecto aparente es paradójico: el desempleo se encuentra en mínimos históricos, con apenas un 2 % de paro, y los salarios medios subieron de 55.000 (4.600.000 guaraníes) a 85.000 (7.200.000 guaraníes) rublos mensuales. Una economía en guerra que, en las cifras, parece un milagro, pero que en realidad funciona con respiración asistida.

Putin no solo ha militarizado el frente, sino también la vida cotidiana. Su apuesta por la autosuficiencia transformó a Rusia en un laboratorio del “Made in Russia”. Cuando las multinacionales abandonaron el país tras la invasión, el Kremlin impulsó un boom de empresas nacionales que ocuparon su lugar. Muchas de ellas sobreviven únicamente gracias al dinero público. En 2023, el Estado invirtió 682.200 millones de rublos en el sector agroindustrial, y para 2024 destinó otros 562.600 millones. Pero lejos de ser un símbolo de prosperidad, este modelo genera empresas zombis sostenidas por subsidios.

El gasto militar actúa como un sedante económico: mantiene el movimiento, oculta el dolor y posterga el colapso. Pero no cura la enfermedad. El 40 % de los multimillonarios rusos previos a la guerra ha sido reemplazado por una nueva élite de empresarios enriquecidos por contratos estatales, en especial en defensa, farmacéutica y energía. Son los beneficiarios directos del conflicto, quienes menos interés tienen en la paz.

Mientras tanto, la deuda empresarial creció un 74 % entre 2022 y 2024, alcanzando los 36 billones de rublos, concentrados principalmente en industrias ligadas a la defensa. El Banco Central de Rusia, atrapado entre la inflación y la recesión, ha tenido que maniobrar entre subidas y bajadas de tasas. Hoy, la inflación ronda el 10 % y el PIB cayó 0,6 % en el primer trimestre de 2025.

Las cifras revelan un país con crecimiento ilusorio: el sector militar se expandió más de 50 %, mientras el resto de la economía apenas un 10 %, un avance artificial impulsado por el gasto estatal. En regiones industriales como Komi o Chelyabinsk, los ingresos fiscales cayeron 53,9 % y 33,3 % respectivamente, demostrando que la bonanza bélica se concentra en Moscú mientras las provincias se empobrecen.

Pero el dilema más profundo no es económico, sino estructural. Desmilitarizar la economía significaría el cierre de fábricas, despidos masivos y protestas. Firmar la paz podría provocar una crisis social comparable a la de la caída de la Unión Soviética. En cambio, mantener la guerra garantiza empleo, contratos y control político.

Putin, que aspira a ser recordado como un zar moderno, no solo lucha por territorio: busca inmortalizar su nombre en la historia rusa. Sin embargo, su legado podría ser el de un país atrapado en un ciclo interminable de violencia y dependencia. La “Madre Rusia” sobrevive gracias a la guerra, pero al mismo tiempo se desangra con ella.

El futuro plantea un dilema sin salida clara: continuar el conflicto a un costo humano y financiero incalculable, o detenerlo y enfrentar el colapso interno. Porque aunque la economía postsoviética no se desplome de un día para otro, sí se marchita lentamente. Y, en esa lenta agonía, Rusia parece condenada a seguir alimentando su adicción bélica, aun cuando el precio sea su propio porvenir.

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