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Washington intensifica presión sobre el régimen de Maduro

La relación entre Estados Unidos y Venezuela vuelve a entrar en una fase de alta tensión. En las últimas semanas, Washington ha incrementado su retór…

| Por La Tribuna
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Maduro dice estar seguro de que "agresión" de EE.UU. es para imponer "gobiernos títeres"AME4861. CARACAS (VENEZUELA), 03/10/2025.- Fotografía cedida por Palacio de Miraflores del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, hablando este viernes en Caracas (Venezuela). Maduro dijo estar seguro de que la "agresión armada" de Estados Unidos es para imponer "gobiernos títeres" y robar los recursos naturales de Venezuela, en un contexto de tensión por el despliegue militar que ordenó el mandatario Donald Trump en el mar Caribe. EFE/ Palacio de Miraflores /SOLO USO EDITORIAL/ NO VENTAS/ SOLO DISPONIBLE PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE ACOMPAÑA (CRÉDITO OBLIGATORIO)

La relación entre Estados Unidos y Venezuela vuelve a entrar en una fase de alta tensión. En las últimas semanas, Washington ha incrementado su retórica y presencia militar en el Caribe, argumentando la necesidad de combatir el narcotráfico y el crimen organizado con origen en territorio venezolano. En ese marco, el nombre del Tren de Aragua, una organización criminal nacida en una prisión venezolana y hoy extendida por varios países de la región, se ha convertido en el eje del nuevo discurso estadounidense.

La administración de Donald Trump, que busca fortalecer su política exterior con una narrativa de defensa nacional, plantea que el régimen de Nicolás Maduro mantiene vínculos directos con esta red delictiva. Fuentes citadas por medios norteamericanos señalan que el FBI considera al Tren de Aragua un instrumento de desestabilización regional e incluso una amenaza a la seguridad interna de Estados Unidos.

El planteamiento no es menor: se habla de una organización con presencia en Colombia, Perú, Chile, Ecuador e incluso dentro del propio territorio estadounidense. Su estructura, sin embargo, es más difusa que la de un cartel tradicional. Según analistas de seguridad, se trata de un entramado fragmentado en células autónomas que actúan bajo un mismo nombre, sin una coordinación centralizada.

El origen del Tren de Aragua se remonta a la prisión de Tocorón, en el estado venezolano de Aragua, donde su fundador, Héctor Guerrero Flores —alias Niño Guerrero— convirtió el penal en un centro de operaciones criminal. Tras un operativo fallido en el 2023, el líder logró escapar y desde entonces permanece prófugo. Pese a las detenciones y operativos posteriores, la red siguió expandiéndose y consolidando su influencia en la región.

Washington acusa a Maduro de utilizar al Tren de Aragua como herramienta de presión política y de proyectar su influencia a través de estos grupos. Incluso se mencionan figuras del oficialismo, como la diputada Iris Varela, exministra de Asuntos Penitenciarios, y el dirigente Diosdado Cabello, en presuntas conexiones con actividades delictivas. Sin embargo, informes desclasificados en mayo del 2025 contradicen parte de estas versiones.

De acuerdo con documentos de la comunidad de inteligencia estadounidense, no existen pruebas concluyentes de que el gobierno venezolano controle directamente al Tren de Aragua. El memorándum señala que, si bien el régimen de Maduro ha tolerado la expansión de la banda y existen vínculos con funcionarios corruptos, no hay evidencias de coordinación o financiación estatal.

El contraste entre las posturas de distintas agencias —con el FBI liderando la versión más dura— refleja la complejidad del tablero político. Algunos expertos sostienen que esta narrativa podría servir como justificación estratégica para futuras acciones de presión o incluso intervenciones puntuales en Venezuela bajo el argumento de la “defensa propia” frente al crimen transnacional.

En paralelo, el gobierno venezolano ha intentado mostrarse cooperativo, ofreciendo colaboración en la captura de líderes del Tren de Aragua. Sin embargo, en Washington la desconfianza prevalece. Para la Casa Blanca, el régimen sigue siendo ilegítimo y responsable del deterioro institucional y social del país, marcado por una migración masiva que ya supera los 7 millones de venezolanos desplazados en la última década.

El debate actual trasciende el caso venezolano y expone la nueva lógica de seguridad hemisférica impulsada por Estados Unidos. En lugar de centrarse en la restauración democrática, la prioridad parece orientarse a combatir redes criminales consideradas amenazas globales. Este enfoque se alinea con la agenda de “América primero”, que busca presentar cualquier despliegue exterior como una medida de protección interna.

El Tren de Aragua, en ese sentido, ha pasado de ser un problema regional a convertirse en un símbolo útil para justificar políticas más agresivas. Detrás de la retórica se esconde un complejo entramado de intereses: control migratorio, influencia electoral, seguridad fronteriza y geopolítica energética.

Para Venezuela, el escenario es incierto. La presión internacional se mantiene, y la instrumentalización del crimen organizado como argumento político podría derivar en nuevas sanciones o acciones de fuerza. Lo que está claro es que la frontera entre el combate al narcotráfico y la estrategia electoral se vuelve cada vez más delgada, y el Tren de Aragua parece haberse convertido en el nuevo punto de inflexión en la larga disputa entre Caracas y Washington.

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