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Ataques energéticos debilitan ingresos y presionan a Moscú

La guerra en Ucrania ha entrado en una fase decisiva que combina giros políticos en Washington, nuevas tácticas militares y un frente económico que g…

| Por La Tribuna-
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Denmark hosts 7th summit of the European Political CommunityCopenhagen (Denmark), 02/10/2025.- Ukraine's President Volodymyr Zelensky addresses a joint press conference with the Danish prime minister at the conclusion of the 7th meeting of the European Political Community (EPC) in Copenhagen, Denmark, 02 October 2025. The summit, bringing together leaders from across the continent, will focus on defense and support for Ukraine, the security situation in Europe, including economic security and migration. (Dinamarca, Ucrania, Copenhague) EFE/EPA/IDA MARIE ODGAARD DENMARK OUT

La guerra en Ucrania ha entrado en una fase decisiva que combina giros políticos en Washington, nuevas tácticas militares y un frente económico que golpea el corazón mismo de la maquinaria rusa: el sector energético. La tribuna. Lo que hasta hace poco parecía un pulso sin variaciones, hoy se ha transformado en un escenario donde la resistencia de Kiev está poniendo en jaque la principal fuente de ingresos del Kremlin.

El giro de Trump y la política estadounidense

En las últimas semanas, Donald Trump sorprendió con un giro radical en su discurso sobre la guerra. Tras años de mostrarse conciliador con Moscú, llegó a afirmar que Rusia es un “tigre de papel” y que Ucrania, con el apoyo europeo, está en condiciones de recuperar todo su territorio. Este viraje no es menor, en Washington ya se habla de incrementar la ayuda a Kiev con inteligencia militar, misiles de largo alcance e incluso armamento de alta precisión.

Sin embargo, la narrativa de Trump mantiene un matiz estratégico. Más que comprometer directamente a Estados Unidos en la guerra, insiste en que el peso recaiga sobre Europa. Washington seguiría vendiendo armas a sus socios de la OTAN, que a su vez canalizarían la asistencia a Ucrania. En otras palabras, la guerra se convierte en un negocio que fortalece tanto la industria militar como las exportaciones de gas natural estadounidenses hacia el Viejo Continente.

La evolución en el campo de batalla

Mientras tanto, la realidad militar sobre el terreno es cada vez más compleja. Rusia ha logrado modificar el software de sus misiles Iskander y Kinzhal, lo que les permite ejecutar maniobras inesperadas en la fase final de vuelo y superar defensas como el sistema Patriot. La consecuencia ha sido devastadora: en septiembre, la tasa de interceptación de misiles balísticos cayó a apenas 6%, según datos de la Fuerza Aérea Ucraniana.

La falta de stock de defensas antiaéreas y las bajas sufridas entre técnicos especializados agravan la situación. A esto se suma la estrategia rusa de intensificar ataques contra infraestructuras civiles en pleno invierno, con el objetivo de castigar a la población ucraniana y quebrar su resistencia.

No obstante, Kiev no ha permanecido pasivo. Su industria militar desarrolla innovaciones como el dron Sting, un cuadricóptero económico diseñado para derribar drones enemigos y ahorrar interceptores. Esta capacidad de adaptación ha permitido a Ucrania sostener la defensa mientras prepara ofensivas de mayor alcance.

El oxígeno de Putin: el diésel

Donde la guerra adquiere una nueva dimensión es en el frente energético. Ucrania ha incrementado los ataques contra las refinerías rusas, un objetivo estratégico por dos razones: son esenciales para mantener la economía interna y garantizan exportaciones con mayor margen de beneficio que el crudo.

Desde agosto, 16 de las 38 refinerías rusas han sido golpeadas, obligando a Moscú a reducir o cerrar plantas clave. El impacto ya se refleja en el mercado interno: una de cada 50 gasolineras ha dejado de vender combustible y en varias regiones se aplican medidas de racionamiento. Los precios mayoristas de la gasolina de 95 octanos se dispararon un 45% en lo que va del 2025, pese a la caída internacional del crudo.

El golpe más sensible se concentra en el diésel. Rusia, segundo mayor exportador mundial de este combustible, vio desplomarse su producción a niveles de la pandemia del 2020. La reducción equivale a más de un millón de barriles diarios, lo que amenaza con hundir las exportaciones a mínimos de la última década y encarece los precios internacionales. La situación obligó al Kremlin a declarar una prohibición parcial de exportaciones de diésel y a prolongar la restricción sobre la gasolina.

Un desafío estratégico

El dato es contundente: cerca de un tercio de los ingresos del Estado ruso depende de las exportaciones energéticas. Y en septiembre las ventas de productos refinados cayeron un 10% respecto a agosto, encadenando meses de retrocesos consecutivos. Es decir, los ataques de Ucrania no solo dañan infraestructuras, sino que erosionan directamente las finanzas con las que Putin sostiene la guerra.

Ante este panorama, la administración Trump baraja medidas que hace apenas meses parecían impensables: proporcionar inteligencia precisa para guiar misiles de largo alcance contra objetivos rusos y permitir a Ucrania utilizar armas estadounidenses más avanzadas, como los ATACMS. Incluso se menciona el posible envío de misiles Tomahawk, aunque su elevado costo —1,3 millones de dólares por unidad— y la limitada capacidad de producción lo hacen poco probable. La alternativa, según analistas, serían los misiles Barracuda, más baratos y de menor alcance, pero suficientes para mantener la presión.

Un futuro incierto

El cambio en la postura de Washington no significa un apoyo ilimitado. Trump, conocido por sus vaivenes, podría revertir su discurso en cualquier momento. Sin embargo, el hecho de que se considere públicamente intensificar la ayuda ya supone un salto cualitativo.

Para Ucrania, cada dron que golpea una refinería o cada misil que logra impactar en una planta energética rusa es más que un éxito militar: es un paso hacia debilitar la base financiera del Kremlin. Y mientras más se prolongue esta estrategia, mayor será la presión interna sobre Moscú.

La gran incógnita es hasta dónde llegará la Casa Blanca en este nuevo escenario. ¿Será este el inicio de un apoyo sostenido a Kiev o simplemente otro giro pasajero en la imprevisible política exterior de Trump? Lo cierto es que, hoy, el motor energético de Rusia está bajo ataque como nunca antes desde el inicio de la guerra.

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