Copenhague (EFE). La Real Academia de las Ciencias Sueca destacó en su fallo el descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico realizado por Halzen, así como “sus contribuciones decisivas al Observatorio de Neutrinos IceCube”.
Los científicos sabían desde hace mucho que el universo contiene aceleradores de partículas naturales que lanzan partículas con energías hasta un millón de veces superiores a las que se pueden alcanzar en los laboratorios, recuerda la Academia, pero su existencia no había sido confirmada.
Tras el anuncio de los premios de Medicina y Física, la ronda de ganadores de los Nobel continuará mañana con el de Química y, en días sucesivos, con los de Literatura, de la Paz y Economía.
¿Cómo funciona?
Los neutrinos de alta energía son creados en el mismo entorno que otros tipos de partículas, pero ni cambian de dirección ni pierden energía, por lo que pueden proporcionar información no disponible de otra manera, de ahí su importancia.
La astronomía de neutrinos comenzó a pequeña escala en la década de 1960 con la observación de neutrinos del sol a cargo de Raymond Davis Jr, confirmada luego por el equipo investigador del japonés Masatoshi Koshiba, quien a su vez registró años más tarde una lluvia de neutrinos relacionada con una supernova.
Ambos fueron premiados en 2002 con el Nobel por demostrar que los neutrinos podían usarse para estudiar fenómenos espaciales.
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Proyecto en el Polo Sur
En la década de 1980, Halzen se dio cuenta de que el hielo antártico podía ser ideal para captar esos neutrinos, inspirado por un proyecto soviético, aunque, en vez de usar receptores de radio, apostó por instalar sensores de luz en el hielo para buscar destellos de luz procedentes de las colisiones.
Junto con su colega John G. Learned, que tenía un proyecto similar en las profundidades del océano en Hawai, lanzó en 1988 el concepto de un observatorio de neutrinos en el hielo del Polo Sur.
La idea tenía múltiples ventajas, como la existencia de un centro de investigación en la zona y las propias del hielo (oscuridad constante a gran profundidad, sin interferencia de seres vivos, estabilidad geológica), aunque con el inconveniente de que el clima limitaba el trabajo práctico a los meses del verano antártico.
Halzen convenció a otros investigadores del potencial de su idea y, en 1992, se realizaron los primeros intentos, que sentaron las bases para la construcción de un primer observatorio, bautizado AMANDA y que se acabó de edificar en 2000. Ese observatorio tuvo un éxito limitado, ya que quedó patente que era necesario otro de mayor volumen: los neutrinos cósmicos de alta energía son muy escasos, por lo que se necesita una gran cantidad de hielo para observar un número adecuado de colisiones.
De ahí surgió el IceCube, un kilómetro cúbico de hielo equipado con sensores de luz y cuya construcción se terminó en 2011.
Con ese nuevo observatorio, pronto se descubrieron los primeros neutrinos de ese tipo y, años después, se publicaron los hallazgos de partículas originadas lejos de nuestro sistema solar.
En la actualidad, ya se está planeando una nueva expansión, el IceCube-Gen2, que constará de ocho kilómetros cúbicos de hielo.
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Una “aventura” sin éxito garantizado
Nacido en 1944 en Tienen (Bélgica), Halzen se doctoró en 1969 en la Universidad de Lovaina, pero ha realizado la mayor parte de su carrera en la de Wisconsin-Madison (Estados Unidos), a la que sigue adscrito.
“Esta era una especie de aventura en la que el éxito no estaba garantizado y tuvimos suerte de superar los diversos retos, en parte por el talento de los colaboradores y en parte por suerte. Fue un largo viaje, pero finalmente funcionó”, dijo hoy Halzen en rueda de prensa digital en la sede de la Real Academia de las Ciencias Sueca.
Halzen admitió sentirse “raro” por la obtención del premio y aseguró que su mayor placer es que espera que el galardón refleje “el valor de las personas realmente valientes que se unieron a mí al comienzo de este proyecto”.
El científico belga, que recibirá los 12 millones de coronas suecas (1,2 millones de dólares, 1,1 millones de euros) del Nobel, sucede en el palmarés del premio al británico John Clarke, al francés Michel H. Devoret y al estadounidense John M. Martinis, galardonados en 2025 por demostrar que las propiedades de la mecánica cuántica pueden hacerse concretas a escala macroscópica.


