Por Katie Hunt, CNN. Corea del Norte llevó a cabo seis pruebas subterráneas entre 2006 y 2017 en el sitio ubicado en el monte Mantap, en la provincia de Hamgyong del Norte. La última prueba, con una potencia explosiva estimada de 160 kilotones, desencadenó un terremoto de magnitud 6,3 y se cree que provocó un colapso en el lugar, posiblemente de un túnel.
Desde hace tiempo se sabe que las pruebas de bombas nucleares, como las realizadas en Nevada durante la Guerra Fría, provocan pequeños terremotos detectables. Sin embargo, los efectos solían ser de corta duración —ocurrían en los días y semanas posteriores a la explosión— y se limitaban al área circundante a la “zona cero” o lugar de la prueba.
Las pruebas no parecían afectar la corteza terrestre de manera significativa, señaló Kwang-Hee Kim, autor principal de un estudio publicad en la revista Science.
No obstante, según datos de ondas sísmicas recopilados y analizados entre 2008 y 2025 por Kim, en Corea del Sur, y sus colegas en China, la zona alrededor del monte Mantap registró 1.399 terremotos, observándose un aumento tanto en el número como en la magnitud con el paso del tiempo.
“Creo que la lección más amplia es que las perturbaciones de corta duración pueden tener consecuencias que persisten durante años o incluso décadas”, afirmó Sunyoung Park, profesora asistente del Departamento de Ciencias Geofísicas de la Universidad de Chicago, quien no participó en la investigación. “La corteza terrestre tiene memoria a largo plazo”.
Aumento de actividad
El primer terremoto ocurrió en 2013, tras la tercera prueba nuclear, pero la sismicidad -es decir, la frecuencia e intensidad relativas de los sismos- “se mantuvo escasa hasta 2017, momento en que la actividad aumentó notablemente después de la sexta y mayor detonación”, escribieron los autores del estudio.
A diferencia de los patrones habituales tras una explosión, la sismicidad en el monte Mantap siguió aumentando durante años después de la última prueba. “Básicamente, quedamos muy sorprendidos”, comentó Kim, profesor del Departamento de Ciencias Geológicas de la Universidad Nacional de Pusan, en Corea del Sur.
Los terremotos no fueron potentes -en su mayoría tuvieron una magnitud de entre 2 y 3- y, según Kim, parecían originarse a poca profundidad.
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Zona tectónica tranquila
Antes de este siglo, según el estudio, la zona había permanecido tectónicamente tranquila, con terremotos “prácticamente desconocidos”. A diferencia de Japón, la península de Corea se asienta sobre una corteza continental estable. No obstante, el equipo identificó fallas “intraplaca” preexistentes, es decir, fracturas antiguas en la corteza terrestre alejadas de los límites activos de las placas tectónicas.
El equipo sospecha que el aumento en la frecuencia e intensidad de los terremotos indica que la corteza terrestre no recuperó su estado normal tras la última prueba realizada en 2017; por el contrario, la sismicidad se incrementó al activarse al menos dos fallas preexistentes, explicó Kim. La topografía irregular del monte Mantap —una montaña grande, escarpada y asimétrica— pudo haber dejado algunas fallas más próximas a la ruptura que otras, actuando las explosiones subterráneas como detonante.
La tasa real de terremotos podría ser mayor, ya que el equipo solo contabilizó aquellos detectados por múltiples estaciones de monitoreo, descartando los datos provenientes de una o dos estaciones únicamente, indicó Kim.
Park, en un correo electrónico, señaló que la actividad sísmica retardada y prolongada causada por el ser humano no es algo inédito. En los Países Bajos se han producido más de 1.700 terremotos desde que comenzó la extracción de gas en la década de 1960; dicha actividad sísmica ha causado daños materiales. En Oklahoma, la producción de petróleo y gas entre 2009 y 2015 conllevó la inyección de aguas residuales. Este proceso, que almacena fluidos en el subsuelo, provocó un aumento notable de la actividad sísmica en el estado.
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El descubrimiento de que las pruebas nucleares subterráneas pueden desencadenar una actividad sísmica creciente podría complicar la vigilancia a largo plazo de los sitios de pruebas nucleares subterráneas, difuminando la distinción “entre los eventos relacionados con explosiones y los de origen tectónico”, escribieron los autores del estudio.
Kim afirmó que los investigadores no disponían de pruebas de que se hubieran realizado más ensayos nucleares desde 2017. El equipo no tuvo acceso al sitio de pruebas nucleares de Punggye-ri ni a datos sísmicos procedentes de Corea del Norte.


