Por Melissa Bell, para CNN. El canciller alemán, Friedrich Merz, afirmó que la victoria de la AfD sacudió a su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus siglas en alemán), “hasta sus cimientos” y que tendrá “consecuencias” que irán mucho más allá de la región.
“Es un resultado electoral que no podemos simplemente pasar por alto como si nada hubiera sucedido”, declaró. “Es la derrota electoral más severa que ha sufrido la CDU en años, de hecho, en décadas”.
El domingo, la CDU no solo perdió apoyo a favor de la AfD en los márgenes, sino más de la mitad de sus votos de 2021, mientras que la AfD más que duplicó su propia participación en el antiguo estado de la desaparecida Alemania Oriental hasta alcanzar el 44% en un solo ciclo electoral.
La AfD ya era el mayor partido de oposición en el Parlamento federal de Berlín, lo que hace más difícil sostener el argumento de la “excepción del Este” —que se trata de un fenómeno regional y poscomunista—. La retórica de la CDU sobre la inmigración se ha desplazado aún más hacia la derecha a medida que ha crecido la popularidad de la AfD. Y con cada victoria a nivel estatal, el Brandmauer, o “muro de contención contra la ultraderecha”, que impide que partidos ultranacionalistas como la AfD se unan a coaliciones de gobierno, está siendo puesto a prueba cada vez más, tanto por la aritmética parlamentaria como por una cuestión de principios. La pregunta ahora es: ¿por cuánto tiempo más se podrá esgrimir un argumento democrático para justificar ese muro de contención?
Una pregunta similar también enfrenta a Europa en su conjunto. En Bruselas, el llamado “cordón sanitario”, la versión propia de la Unión Europea del muro contra la ultraderecha, también está bajo presión por razones matemáticas.
Tres grupos de ultraderecha suman 196 escaños en el Parlamento Europeo, en representación de partidos de más de una docena de Estados miembros. Juntos, constituyen la segunda fuerza más grande del Parlamento en cuanto a número de escaños, aunque los tres rara vez votan como un bloque. Y aunque siguen excluidos de los puestos más altos de la UE, ya están redefiniendo los debates de la organización sobre migración, la ayuda a Ucrania y el “Pacto Verde”, cuyo objetivo es alcanzar la neutralidad climática.
Coaliciones en otros países
A nivel nacional, los partidos de derecha también lideran ahora coaliciones en Italia y la República Checa, y actúan como socios menores de gobierno en Finlandia, Croacia, Eslovaquia y Suecia. Y donde la ultraderecha no tiene el poder, sigue marcando los términos del debate: el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) encabezó las elecciones nacionales en ese país en 2024; el Partido por la Libertad (PVV) de Geert Wilders sigue siendo uno de los bloques más grandes del Parlamento neerlandés a pesar del colapso de su coalición el año pasado; y la Agrupación Nacional de Marine Le Pen ha sido el partido más popular de Francia de manera constante durante años. En Italia, la primera ministra Giorgia Meloni ha pasado cuatro años demostrando que un partido con raíces posfascistas puede gobernar desde el centro-derecha sin asustar a los mercados financieros.
Las elecciones de Hungría en abril pasado demostraron que el avance de la ultraderecha no es puramente lineal: el partido de centro-derecha Tisza, de Péter Magyar, derrocó al partido iliberal Fidesz de Viktor Orbán con una victoria aplastante, poniendo fin a 16 años de gobierno autoritario y demostrando que los gobernantes arraigados aún pueden perder.
Pero la ultraderecha no necesita ganar en todas partes ni en todo momento; ya ha cambiado el panorama con el que deben lidiar y contra el que deben hacer campaña los partidos mayoritarios de Europa.
Presión desde el extranjero
La corriente dominante histórica ahora también enfrenta una presión cada vez mayor desde el extranjero. Ya no solo desde Moscú, sino también desde Washington y del movimiento MAGA. Elon Musk respaldó a la AfD antes de las elecciones federales del año pasado, apareciendo en un mitin de campaña para declarar que “salvaría el futuro de la civilización”. El vicepresidente de EE.UU., J. D. Vance, utilizó su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025 para atacar directamente el “cortafuegos” de la ultraderecha alemana y se reunió con Weidel días antes de la votación.
Un político alemán de alto rango calificó en ese momento el apoyo de Vance como “un gran impulso para la ultraderecha en Alemania y en Europa”.
Nada de esto debe desviar la atención de la popularidad muy real y de origen interno de los partidos de ultraderecha en Europa, que tiene sus raíces en los descontentos nacionales por la inmigración, el estancamiento salarial, la desindustrialización y la incapacidad de los partidos tradicionales para abordar ese descontento. Lo que sí significa, sin embargo, es que la ultraderecha europea no está simplemente creciendo por sí sola. Más bien, está siendo reforzada activamente por potencias externas que tienen sus propias razones —ideológicas y geoestratégicas— para querer que el centro de la Europa de la posguerra se fracture.
La pregunta ahora es cuán imparable es realmente el ascenso de la ultraderecha en Europa. La respuesta debería quedar más clara en los próximos 18 meses, a medida que Francia se encamina hacia las elecciones presidenciales de 2027. Le Pen, la líder de ultraderecha, parece ser ahora la favorita en las encuestas de opinión.
A corto plazo, los votantes de Berlín y Mecklemburgo (noreste de Alemania), acudirán a las urnas en menos de dos semanas. Esas elecciones locales podrían revelar si el resultado del domingo en Sajonia-Anhalt representa un techo para el ascenso de la ultraderecha en Europa —o simplemente su último piso—.


