VisualPolitik/La Tribuna. Artemis II marcó un paso decisivo en ese camino a la Luna. La misión, con cuatro astronautas a bordo y una duración aproximada de diez días, volvió a llevar tripulación humana a la órbita lunar y sirvió para validar la seguridad de la nave Orión y del sistema de lanzamiento. Antes había estado Artemis I, una prueba no tripulada; después deberían llegar Artemis III y las siguientes fases del programa, orientadas ya no a una visita puntual, sino a sentar las bases de una infraestructura estable sobre la Luna. La idea de fondo es clara: transformar ese satélite en una plataforma habitada, primero con pequeñas dotaciones y más adelante con un esquema semejante al de una base científica en la Antártida.
El renovado interés no responde solo al prestigio geopolítico. En la Luna hay recursos que podrían alterar la economía espacial del siglo XXI. En los polos existen reservas de agua congelada atrapadas en cráteres en sombra permanente. Ese hielo podría convertirse en agua potable, oxígeno respirable e incluso combustible, si se separan sus moléculas en hidrógeno y oxígeno. En otras palabras, permitiría reducir la dependencia de envíos constantes desde la Tierra y volver más viable una presencia humana sostenida.
A eso se suma otro elemento que dispara la imaginación estratégica: el helio-3. Se trata de un isótopo extremadamente escaso en la Tierra, donde cada año solo se producen entre 22.000 y 30.000 litros, mientras que en la Luna podrían existir más de un millón de toneladas métricas. Su potencial teórico es enorme. Algunos lo vinculan con futuros reactores de fusión y otros con la computación cuántica, ya que ciertas máquinas necesitan helio-3 para enfriar qubits a temperaturas cercanas al cero absoluto. En ese contexto, controlar su extracción y suministro podría tener implicancias tecnológicas, energéticas y militares de gran alcance.
Aunque buena parte de esas aplicaciones todavía pertenecen al terreno de las hipótesis, los movimientos económicos ya empezaron. En Estados Unidos, la ley del 2015 habilitó a las empresas a poseer y vender recursos extraídos de cuerpos celestes. Incluso antes de que exista una explotación lunar a gran escala, ya aparecen contratos, inversiones y planes industriales que anticipan una futura economía del espacio. La pregunta ya no es solo quién llegará primero, sino también quién fijará las reglas del negocio.
China observa ese proceso y acelera. Su objetivo es concretar un alunizaje tripulado alrededor del 2030, mientras Estados Unidos apunta a regresar antes con astronautas sobre la superficie. Pero la competencia no se limita a la Luna. También se juega en la órbita terrestre baja, donde el despliegue masivo de satélites será clave para las comunicaciones, la navegación y el control de datos. Allí SpaceX ya tomó ventaja con Starlink, que supera los 9.400 satélites y ocupa posiciones orbitales especialmente valiosas entre 530 y 550 kilómetros de altura. China, por su parte, proyecta constelaciones muchísimo mayores y busca acelerar su industria privada para no perder reservas orbitales críticas.


