La geopolítica no se juega solo con petróleo, también se juega con fertilizantes. Y entre ellos, uno sobresale por su impacto silencioso sobre la vida cotidiana: la urea. Es el fertilizante nitrogenado más consumido del mundo y, aunque rara vez ocupa titulares, está en el corazón de la agricultura moderna. Cuando sube su precio o se interrumpe su suministro, el golpe no tarda en sentirse en los campos, en las cosechas y, finalmente, en la mesa.
La razón es química, pero también estratégica. La agricultura intensiva del último siglo fue posible gracias al proceso Haber-Bosch, desarrollado a comienzos del siglo XX. Ese método permitió transformar el nitrógeno del aire en amoníaco, la base de los fertilizantes nitrogenados. La Agencia Internacional de la Energía recuerda que el amoníaco es el punto de partida de todos los fertilizantes minerales de nitrógeno y que alrededor del 70% se destina justamente a fertilizantes. Después, ese amoníaco suele convertirse en urea y otros productos para uso agrícola.
El problema es que esa revolución agrícola depende, todavía hoy, de una cadena industrial fuertemente atada a los combustibles fósiles. Más del 70% de la producción mundial de amoníaco se realiza a partir de reformado de gas natural, que aporta tanto energía como parte del hidrógeno necesario para el proceso. Dicho de otro modo: detrás de una bolsa de urea no solo hay nitrógeno. También hay gas, infraestructura, rutas marítimas, financiamiento, seguros, puertos y decisiones políticas.
Por eso el fertilizante es un asunto geopolítico. Cuando sube el gas, sube el costo de producir amoníaco; cuando hay sanciones, bloqueos o restricciones a la exportación, la oferta global se estrecha; cuando se encarece la urea, muchos productores reducen dosis o cambian cultivos. El efecto puede parecer técnico, pero es profundamente social: menos fertilización implica menores rindes, sobre todo en trigo, maíz y arroz, tres de los pilares de la dieta global.
La magnitud de esa dependencia es enorme. Diversos estudios compilados por Our World in Data estiman que entre el 40% y el 50% de la población mundial depende hoy de los fertilizantes sintéticos de nitrógeno para alimentarse. En otras palabras, casi una de cada dos personas come gracias, en parte, a una molécula fabricada industrialmente a partir del aire y del gas. La FAO incluso advierte que 1.780 millones de personas se alimentan con producción asociada a fertilizantes importados o al gas natural importado usado para producirlos.
Los ejemplos recientes muestran hasta qué punto esta dependencia puede traducirse en tensión económica. En 2022, la crisis energética disparada por la invasión rusa de Ucrania golpeó la producción europea de fertilizantes. Luego, en 2024 y 2025, China mantuvo fuertes restricciones a sus exportaciones para priorizar el mercado interno: según el Banco Mundial, sus ventas externas de fertilizantes nitrogenados cayeron más de 90% interanual en 2024. Y en 2026, la crisis en torno al estrecho de Ormuz volvió a encender todas las alarmas.
UNCTAD advirtió hace apenas días que alrededor de un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes pasa por ese corredor, mientras que la FAO señaló que la urea granular de Medio Oriente subió 19% en la primera semana de marzo y que, si la crisis persiste, los precios globales de fertilizantes podrían promediar entre 15% y 20% más altos en el primer semestre de 2026. No es un dato abstracto: es una alerta directa sobre el costo futuro de producir alimentos.
La discusión, entonces, ya no puede limitarse al precio internacional del crudo. La seguridad alimentaria depende también de insumos menos visibles, pero decisivos. El fertilizante nitrogenado conecta energía, industria, comercio y agricultura en una misma ecuación. Allí donde se corta una ruta marítima, se restringe una exportación o se dispara el precio del gas, el impacto termina recorriendo toda la cadena hasta llegar al consumidor.
En un mundo cruzado por guerras, sanciones, proteccionismo y choques energéticos, pensar la comida solo como un problema agrícola es quedarse a mitad de camino. La comida también depende de la geopolítica del nitrógeno. Y la urea, aunque no tenga el simbolismo del petróleo, es una de sus piezas más sensibles. Entenderlo es clave para anticipar por qué una crisis lejana puede terminar, meses después, dentro del ticket del supermercado.


