VisualPolitik/La Tribuna. La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, volvió a colocar a México ante una de las preguntas más delicadas de su historia reciente: qué ocurre cuando cae la cabeza de una de las organizaciones criminales más poderosas del país. Aunque la violencia extrema registrada el 22 de febrero no se repitió en la misma escala en los días posteriores, la tensión sigue siendo alta, especialmente en Jalisco, bastión del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Persisten los vehículos incendiados, las amenazas y el temor a una represalia prolongada.
La inquietud no responde solo al peso simbólico de su líder. También obedece a la magnitud de la estructura que comandaba. El CJNG no es una organización acotada a un territorio ni a una sola actividad ilícita. Al momento de la caída de “El Mencho”, el grupo operaba o mantenía influencia en más de 20 estados de México y, según la DEA, tenía presencia en todo Estados Unidos y en al menos 40 países. Esa expansión se sostuvo, en gran medida, a través de alianzas con redes criminales locales en distintos continentes.
Por eso, el principal temor no es una desaparición súbita del cartel, sino su fragmentación. La experiencia mexicana muestra que el descabezamiento de un capo rara vez elimina a la organización. Con frecuencia, produce el efecto contrario: multiplica las facciones, desata disputas internas y eleva la violencia. Ocurrió con otras estructuras del narcotráfico y el antecedente del Cartel de Sinaloa, tras la caída de Joaquín “El Chapo” Guzmán, sigue siendo una referencia inevitable. Cuando el mando central se rompe, lo que emerge no siempre es debilidad, sino una competencia feroz por el control del negocio, de las rutas y del aparato armado.
Sin embargo, el CJNG presenta una particularidad. Su modelo de mando no responde del todo al esquema dinástico tradicional ni al de una federación de franquicias. Funciona con una estructura híbrida. En la cúspide existía un núcleo familiar encabezado por “El Mencho”, pero el brazo financiero estaba articulado por “Los Cuinis”, el entramado ligado a Rosalinda González Valencia y a su hermano Abigael González Valencia. A la vez, el cartel desarrolló un aparato paramilitar altamente profesionalizado, con mandos intermedios, jerarquías definidas y capacidad operativa propia. Esa combinación le dio una solidez mayor a la de otras organizaciones y alimenta la hipótesis de que podría resistir la caída de su fundador sin colapsar de inmediato.
La fortaleza del CJNG también se explica por su diversificación. No depende exclusivamente del narcotráfico, aunque el fentanilo se convirtió en una de sus principales fuentes de poder y renta. El grupo importó precursores químicos desde Asia, utilizó puertos del Pacífico, procesó sustancias en laboratorios clandestinos y activó redes de distribución hacia la frontera con Estados Unidos. Pero, además, construyó una cartera criminal mucho más amplia: robo de combustible, tráfico de migrantes, extorsión, lavado de dinero, cobro de piso e infiltración en economías legales.
En ese mapa, el huachicol ocupa un lugar central. El robo y comercialización de combustible permitió al cartel desarrollar una industria paralela con apoyo de redes de corrupción dentro de Pemex, del transporte, de aduanas y de sectores empresariales. La lógica era simple: convertir pérdidas, fugas y desvíos en un flujo constante de ingresos. El combustible robado se mezclaba con producto legal, circulaba por empresas pantalla y alimentaba nuevas inversiones criminales. Para la organización, era una actividad especialmente rentable porque ofrecía algo que la droga no garantiza del mismo modo: una demanda estable y normalizada.
Con este entramado, la sucesión se vuelve más compleja. Varios familiares directos ya estaban fuera de juego al momento de la muerte de “El Mencho”, lo que dificulta una transición dinástica limpia. Rosalinda González Valencia aparece como figura clave en el frente financiero, pero su eventual ascenso enfrenta resistencias en una organización atravesada por lógicas militares y masculinas. En paralelo, distintos mandos regionales y operativos surgen como posibles herederos: Audias Flores Silva, “El Jardinero”; Juan Carlos Valencia González, “El 03”; Ricardo Ruiz Velasco, “RR”; además de perfiles como “Tío Laco” o “El Sapo”.
De esa pulseada dependerá el próximo capítulo. Si los principales comandantes logran un acuerdo, el CJNG podría conservar cohesión y seguir operando como una superestructura criminal con alcance internacional. Si fracasan, México se arriesga a una guerra interna de grandes proporciones, con menos impacto inmediato en los envíos hacia Estados Unidos, pero con más homicidios, secuestros, extorsiones y control violento de territorios dentro del país.
La caída de “El Mencho”, en ese sentido, no clausura un ciclo. Apenas abre una fase decisiva. El interrogante ya no es si el cártel sobrevivirá a su fundador, sino bajo qué forma lo hará y cuánto costará esa transición para la sociedad mexicana.


