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EE.UU. golpea un nodo clave de Irán y agrava el riesgo global

La guerra en Oriente Medio entró en una fase más delicada tras el bombardeo estadounidense sobre la isla iraní de Hark, un enclave importante para la…

| Por La Tribuna
El impacto económico de la guerra con Irán puede poner en riesgo la seguridad energética de todos los países.

La guerra en Oriente Medio entró en una fase más delicada tras el bombardeo estadounidense sobre la isla iraní de Hark, un enclave importante para la economía de la república islámica y para el equilibrio energético regional. Aunque el ataque no destruyó la infraestructura petrolera, sí golpeó un punto de enorme valor militar y simbólico, y dejó al descubierto hasta qué punto el conflicto ya no se mide solo en términos bélicos: también se juega en el terreno del petróleo, el gas, la logística global y la capacidad de resistencia de Irán.

VisualPolitik/LaTribuna. Hark es una isla coralina de apenas 20 kilómetros cuadrados, situada a unos 25 kilómetros de la costa iraní y a casi 500 kilómetros al noroeste del estrecho de Ormuz. Su peso es desproporcionado respecto a su tamaño. Desde allí parte alrededor del 90% de las exportaciones de crudo de Irán. El enclave cuenta con más de 50 tanques de almacenamiento, capacidad para más de 34 millones de barriles y muelles capaces de cargar hasta 10 superpetroleros de forma simultánea. Su capacidad máxima teórica ronda los 7 millones de barriles por día, aunque en la práctica el flujo reciente se ubica bastante por debajo, entre 1,5 y 1,7 millones diarios, en gran medida por las sanciones y por la falta de inversión. Aun así, ese volumen equivale a casi el 2% de la oferta mundial de crudo.

Por eso el ataque no puede leerse como un episodio aislado. Hark es el corazón del sistema exportador iraní desde los años 60 y ya había sido blanco de bombardeos durante la guerra entre Irán e Irak en los años 80. Entonces, Saddam Hussein intentó dañar la capacidad de exportación iraní y forzar una reacción sobre Ormuz que atrajera a actores externos al conflicto. No lo logró: Teherán mantuvo el flujo petrolero y evitó cerrar el estrecho.

Ahora, el mensaje de Washington parece haber sido más calibrado. Según el planteo analizado, Estados Unidos atacó objetivos militares de la isla pero preservó sus instalaciones petroleras. La advertencia implícita es clara: la infraestructura energética podría convertirse en blanco directo si Irán interfiere más agresivamente en la navegación por Ormuz. De hecho, el tránsito petrolero desde Hark no se detuvo por completo. Los envíos iraníes siguieron operando, sobre todo a través de la llamada “flota en la sombra”, con buques que trabajan fuera de buena parte de los controles y seguros internacionales y que sostienen el comercio con China. Ese flujo seguiría por encima del millón de barriles diarios.

Ese dato ayuda a entender la lógica de Washington. Permitir que Irán continúe exportando parte de su crudo reduce, al menos en teoría, los incentivos a una respuesta extrema como el minado completo de Ormuz. En otras palabras, mientras Teherán conserve una vía de salida para su petróleo, el costo de cerrar el paso también le pega a sí mismo. Pero ese cálculo no elimina el riesgo de represalias parciales y selectivas.

La respuesta iraní, de hecho, fue casi inmediata. Pocas horas después del ataque sobre Hark, fuerzas iraníes golpearon el puerto de Fuyaira, en Emiratos Árabes Unidos, provocando un incendio y una interrupción temporal de operaciones. No se trató de un blanco menor. Fuyaira es el único puerto de aguas profundas en la costa oriental emiratí apto para grandes petroleros fuera del estrecho de Ormuz. Desde allí salen cerca de 1,5 millones de barriles diarios a través de un oleoducto conectado con Abu Dhabi. Si ese nodo sufriera daños de mayor escala, la crisis energética se agravaría todavía más.

En paralelo, la campaña iraní mantiene su capacidad de hostigamiento. El volumen diario de drones y misiles se redujo de más de 500 lanzamientos a un entorno de 100, pero esa baja no elimina la amenaza. Mientras existan ataques sostenidos sobre puertos, terminales, radares o rutas marítimas, el mercado seguirá operando bajo tensión. El objetivo estratégico de Irán no parece ser ganar la guerra en términos convencionales, sino sostener el desgaste suficiente como para elevar el costo energético, político y militar de la ofensiva de Estados Unidos e Israel.

Desde esa perspectiva, el ataque a Hark respondería a tres motivaciones. La primera es política: una nueva advertencia para forzar a Teherán a moderar su respuesta y aceptar condiciones de desescalada, entre ellas el cese de ataques con drones y misiles y la entrega de reservas de uranio enriquecido. La segunda es militar: Hark no es solo una terminal petrolera, también es una plataforma operativa de la Guardia Revolucionaria. Allí actuaba la 112 Brigada de Combate de Superficie Zolvagar, equipada con lanchas rápidas, misiles antibuque, minas marinas, radares y sensores. Neutralizar ese dispositivo reduce la amenaza sobre el tráfico en el norte del Golfo y sobre los petroleros de Irak y Kuwait.

La tercera motivación abre uno de los escenarios más delicados. Si Washington logra degradar la defensa militar de la isla, podría usar la posibilidad de ocuparla o controlarla como ficha de negociación. El cálculo sería quedarse con Hark y devolverla a cambio de concesiones mayores, como los 460 kilos de uranio altamente enriquecido que, según el análisis, todavía conservaría Irán. Sería una forma de presentar el resultado como una victoria estratégica sin necesidad de prolongar indefinidamente los bombardeos.

El problema es que el tiempo juega en contra de todos. Cada día de guerra encarece la energía, recarga depósitos, limita la producción futura y altera cadenas enteras de suministro. No solo se afectan el petróleo y el gas: también fertilizantes, azufre, ácido sulfúrico, helio y segmentos industriales que van desde la agricultura hasta los semiconductores. Además, la red logística del Golfo está bajo presión. Puertos clave como Jebel Ali, en Dubái, son nodos centrales del comercio global. Si el desvío de cargas se profundiza, el impacto dejará de ser regional para convertirse en un problema de escala internacional.

Todavía existe una salida relativamente menos traumática: una desescalada rápida, reapertura de rutas, eventual liberación de reservas estratégicas y estabilización paulatina de los precios. Pero si la guerra se prolonga, si Ormuz no recupera plena operatividad y si Irán sigue golpeando infraestructura crítica, el mercado puede pasar de la tensión al pánico en cuestión de días. En ese escenario, la victoria militar de Washington podría terminar chocando con una derrota política más amplia: un conflicto largo, caro y con efectos globales difíciles de contener.

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