EE.UU. refuerza su potencia militar en Oriente Medio con cazas F-22 y portaaviones ante la falta de confianza en la negociación nuclear con Irán. Mientras Ginebra busca acuerdos, el despliegue sugiere una posible ofensiva aérea si la diplomacia fracasa.
VisualPolitik/La Tribuna. Estados Unidos e Irán negocian y, según el tono del día, la conversación parece avanzar o trabarse. Lo que no cambia es el telón de fondo: Washington está concentrando en Oriente Medio una potencia de combate poco vista en años. La duda que recorre la región es directa: ¿Se está preparando un nuevo golpe contra Irán?
El flujo de medios militares venía creciendo desde hace semanas, pero en las últimas horas se aceleró. Se registran más de 150 vuelos de carga militar desde Estados Unidos con sistemas de armas, equipos y municiones hacia Oriente Medio. Y, casi de golpe, se movilizó un refuerzo de unos 50 cazas F-35, F-22 y F-16 hacia la zona. En Israel se ordenó a la defensa civil prepararse para una eventual guerra con Irán.
La paradoja es que el aumento de fuerzas coincide con una negociación que formalmente sigue en pie. Tras una segunda ronda en Ginebra sobre el programa nuclear y el programa balístico iraní, Teherán aseguró que se acordaron “principios rectores” y que enviaría un plan detallado para continuar. Aun así, en Washington se percibe poca confianza en el proceso, y el despliegue opera como presión: diplomacia en la mesa, amenaza en el horizonte.
Los números ayudan a entender el tipo de operación que se quiere habilitar. Se habla de alrededor de una docena de F-22 Raptor, aviones clave para superioridad aérea y supresión de defensas antiaéreas. A ellos se suman al menos 36 F-16 (además de los ya presentes en Jordania) y al menos 18 F-35 con capacidades furtivas procedentes del Reino Unido. Pero más revelador que los cazas es lo que los acompaña: sin reabastecimiento y mando aéreo no hay campaña sostenida.
En ese sentido, se detectó el despliegue de seis de los 16 E-3 Sentry de Estados Unidos y al menos un U-2 “Dragon Lady” en ruta, para vigilancia a gran altitud. A esto se añaden unos 25 tanqueros de repostaje moviéndose hacia Europa y Oriente Medio y vuelos de C-17 de transporte militar que se cree llevan misiles y municiones.
En tierra, se reforzaron baterías Patriot y un escudo antimisil STAT en Qatar y Arabia Saudí. Y por mar la señal es igual de clara: el portaaviones Abraham Lincoln y su grupo de combate han sido situados a unos 700 kilómetros de la costa iraní y a 200 de Omán, en el mar Arábigo. El portaaviones Gerald Ford fue detectado entrando en el Mediterráneo. Además, operan al menos dos destructores con capacidad de ataque con misiles de largo alcance y otros tres buques de combate cerca de la base naval de Baréin, en el golfo Pérsico.
Fuentes citadas por Reuters sostienen que el ejército estadounidense se prepara para operaciones que podrían durar semanas y ser más amplias que la Operación “Martillo de Medianoche” de junio de 2025, cuando bombarderos B-2 atacaron instalaciones nucleares iraníes con bombas antibúnker. Hoy, el secretario de Estado Marco Rubio ha reiterado que alcanzar un acuerdo será “muy difícil”, y la alternativa —ataques para forzar concesiones— parece cada vez más lista.
¿Qué se busca exactamente? Hay dos lecturas. La primera: una escalada político-militar para arrancar más en Ginebra. La segunda: una campaña aérea limitada y por fases si la negociación se estanca. En ese guion, la apertura podría centrarse en defensas antiaéreas, comunicaciones militares y nodos del programa de misiles; si no hay giro, vendrían oleadas más intensas contra instalaciones militares mayores y objetivos del programa nuclear. Un cambio de régimen, en cambio, exigiría una operación de escala “Irak 2.0” que no parece estar sobre la mesa.
Irán también se mueve. Imágenes satelitales muestran fortificaciones cerca de Natanz, con entradas a túneles reforzadas con hormigón y selladas con rocas y tierra; se reportan medidas similares en Isfahan y trabajos de reconstrucción en Natanz. Hubo ejercicios de defensa aérea, incluido uno en el estrecho de Ormuz, y en Teherán se señalizaron estaciones de metro y aparcamientos como posibles refugios.
Los próximos días son clave. Si el diálogo fracasa, Washington tendría capacidad para atacar cuando y como quiera. Pero una escalada abriría un riesgo global: Irán podría responder golpeando instalaciones petroleras de Arabia Saudí o tensionando el estrecho de Ormuz, por donde circula alrededor del 20% del petróleo mundial y entre el 20% y el 30% del gas natural licuado. Con China como socio clave de Teherán, el choque pondría a prueba a las grandes potencias.


