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Bannon y el plan de debilitar a Francisco como actor geopolítico

La consigna de “tumbar” o “derribar” al papa Francisco no remite a un debate interno de sacristía. Remite a una lectura del pontificado como un obstá…

| Por La Tribuna
Epstein, Bannon y Francisco: cuando el Vaticano se vuelve objetivo político.

La consigna de “tumbar” o “derribar” al papa Francisco no remite a un debate interno de sacristía. Remite a una lectura del pontificado como un obstáculo para ciertos proyectos de poder. Desde su elección en el 2013, Francisco instaló un tono que incomodó en varios frentes: criticó la desigualdad como dinámica estructural, cuestionó la lógica de la financiarización y empujó una diplomacia que privilegia el diálogo y el multilateralismo. En un mundo donde la influencia se disputa con dinero, medios y redes, ese perfil convirtió a la Santa Sede en un actor incómodo para sectores que prefieren un orden social más rígido y una política entendida como confrontación permanente.

En ese contexto se entienden los documentos difundidos por el Departamento de Justicia de Estados Unidos sobre el entorno de Jeffrey Epstein. Los intercambios atribuidos a Epstein y al exasesor de Donald Trump Steve Bannon no prueban una operación efectiva para “bajar” a Francisco, pero sí muestran algo más importante: que para ciertos operadores el Vaticano no es solo una institución religiosa, sino un punto de presión geopolítica. El papado aparece, en ese cálculo, como una plataforma capaz de influir en debates globales —migración, medio ambiente, populismo, relación con China— y, por lo mismo, como un territorio disputable.

Tres fricciones que explican la animadversión

1) Economía y legitimidad moral: Francisco ha insistido en que el problema no es únicamente la conducta individual, sino un sistema que produce exclusión y “descarta” personas. Ese discurso, pronunciado desde el centro del catolicismo, tiene un valor político: entrega legitimidad moral a agendas sociales que chocan con el dogma de mercado como criterio absoluto. Para una derecha identitaria y una parte del conservadurismo religioso que convive cómodamente con el neoliberalismo, esa combinación es explosiva: rompe la alianza tradicional entre moral conservadora y economía desregulada.

2) Política exterior y orden mundial: El Pontífice reforzó una presencia internacional marcada por el acercamiento a periferias y el énfasis en soluciones multilaterales. Ese estilo choca con la visión de “guerra cultural” que Bannon ha promovido, donde la política se organiza como un conflicto de civilizaciones y el pluralismo se interpreta como amenaza. En los mensajes citados en los documentos, Francisco es ubicado junto a adversarios políticos y geopolíticos —no como líder espiritual con el que se discrepa, sino como parte de un bando al que se combate—, lo que delata una lectura estratégica más que teológica.

3) La interna religiosa: misericordia versus trinchera: Desde el 2013, Francisco empujó un giro pastoral: menos obsesión por el castigo y mayor insistencia en acompañamiento, con debates abiertos en temas sensibles. Ese tono activó resistencias en sectores tradicionalistas que ven en la flexibilidad pastoral una amenaza a la claridad doctrinal. El resultado fue un clima en el que la disputa por la autoridad del Papa se mezcló con agendas políticas externas, hasta convertir lo religioso en instrumento de movilización ideológica.

El rol de Epstein: no un teólogo, sino un “facilitador”

En los materiales divulgados, Epstein aparece menos como diseñador de ideas que como alguien interesado en acceso, contactos y proyectos mediáticos. Parte de las conversaciones se relaciona con la posibilidad de impulsar un documental basado en el libro del periodista francés Frédéric Martel, “En el armario del Vaticano” (2019), obra que desató controversia por sus afirmaciones sobre la cultura interna de la Curia. Un dato clave: Martel ha declarado que no aceptó la propuesta y que no tuvo contacto con Epstein; el proyecto no se concretó. Ese detalle es relevante porque marca el límite entre intención y resultado: hubo conversaciones y entusiasmo, pero no hay evidencia de una maquinaria exitosa.

Finanzas, reformas y el “punto sensible” del Vaticano

Los documentos también reflejan interés por el historial financiero de la Santa Sede, con referencias a escándalos antiguos como el colapso del Banco Ambrosiano (1982) y la muerte de Roberto Calvi en Londres. Esa curiosidad convive con un hecho verificable del período: durante el pontificado de Francisco se impulsaron reformas para elevar estándares de transparencia y control financiero. Eso, a su vez, generó apoyos y resistencias, porque tocar finanzas es tocar poder.

Desinformación: lo que no dicen los papeles

La difusión de estos archivos alimentó relatos exagerados: algunas versiones en redes sugirieron “órdenes” directas del Papa para operaciones clandestinas o hackeos. Ese salto no se sostiene con lo publicado. En el mejor de los casos, aparece la mención a un individuo y a posibles documentos, no una instrucción formal de Francisco ni una acción estatal vaticana. En un caso tan sensible, distinguir entre documentos, interpretaciones y fantasías es parte del trabajo periodístico básico.

Lo central: no una conspiración perfecta, sino una señal de época

La tesis más sólida no es que existiera un plan impecable para “derrocar” a Francisco, sino que existió voluntad de debilitarlo en el terreno donde hoy se decide parte de la política: reputación, narrativas, productos audiovisuales, redes de influencia. “Derribar” puede significar algo menos cinematográfico y más realista: erosionar autoridad moral, instalar sospechas, convertir desacuerdos en guerras identitarias y reconfigurar la relación entre religión y poder.

Visto así, el episodio no habla solo de Roma. Habla de un patrón global: cuando la fe se utiliza como herramienta política, deja de ser un horizonte espiritual y se transforma en un arma cultural. Y ahí radica el verdadero conflicto: no contra una persona, sino contra la idea —incómoda para muchos intereses— de que la religión pueda servir para humanizar la política, ampliar el diálogo y poner a las personas por delante del mercado y de las trincheras ideológicas.

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