VisualPolitik/LaTribuna. Sanae Takaichi, primera ministra de Japón, consolidó en tiempo récord un poder político inusual tras convocar elecciones anticipadas poco después de cumplir 100 días en el cargo. El Partido Liberal Democrático (PLD) disolvió la Cámara Baja y forzó una campaña exprés de solo 16 días, la más breve que se recuerda, con una apuesta de “todo o nada” que terminó en una victoria histórica.
El PLD obtuvo 316 de los 465 escaños, 118 más que en los comicios anteriores. Sus socios de coalición añadieron 36 asientos, aunque lo decisivo es que Takaichi, sin necesidad de alianzas, rebasó el umbral de los dos tercios de la cámara. Incluso logró pleno en los 30 distritos de Tokio. La oposición, en contraste, apenas consiguió triunfos relevantes en plazas como Nagoya y Osaka, y en esta última el mayor beneficiado fue precisamente un socio del gobierno.
El vuelco es más llamativo si se considera el punto de partida: en octubre del 2024 el PLD había registrado el segundo peor desempeño de su historia, pese a ser una maquinaria dominante que gobernó 66 de los 71 años desde su fundación. La lectura que se instaló es que el triunfo fue, sobre todo, personal. Takaichi convirtió la convocatoria en un plebiscito sobre su liderazgo y lo ganó con holgura. Su aprobación, según encuestas citadas en el análisis, saltó del 40% al 75% tras asumir, mientras que la del partido seguía por debajo del 40%. Entre votantes de 19 a 29 años, su apoyo habría superado el 90%.
Una de las claves atribuidas a ese fenómeno es su estilo: manejo intenso de redes, discurso directo y disposición a decir en público lo que otros solo insinúan. También juega a favor un contraste biográfico en un sistema descrito como casi dinástico —cerca del 30% de los dirigentes provienen de familias políticas—: ella se presenta como de origen humilde y, además, como la primera mujer al frente del PLD. También ayudó a despegarse del partido el escándalo de dinero negro atribuido a la era Abe: 600 millones de yenes y 4 ministros más 39 legisladores señalados, un lastre que ella logró “externalizar”.
Pero la explicación política no se agota en la imagen. El análisis subraya que la economía fue el motor del voto: 11 meses seguidos de pérdida de poder adquisitivo de los salarios y el caso simbólico del arroz, cuyo precio llegó a duplicarse. Frente a ese malestar, Takaichi prometió bajar impuestos, elevar ayudas públicas, aumentar inversión en I+D e infraestructura y llevar el gasto en defensa por encima del 2% del PIB, todo sin subir impuestos ni incrementar deuda. Esa combinación encendió alertas en los mercados, que empezaron a preguntarse cómo se financiaría el paquete.
Un ejemplo de la tensión fiscal: la propuesta de eliminar el impuesto al consumo para alimentos y productos básicos durante al menos dos años tendría un costo estimado en 30.000 millones de dólares, equivalente —según el análisis— a todo lo recaudado por el impuesto corporativo en los últimos dos ejercicios. El temor a que el Banco de Japón deba financiar gasto con emisión presionó al yen. Japón ronda el 250% del PIB en deuda pública y, aunque durante años fue manejable por tasas muy bajas y por la fuerte tenencia doméstica, el 20 de enero el rendimiento del bono a 40 años marcó un máximo histórico al superar el 4%, señal de que el servicio de la deuda podría volverse más pesado.
En ese contexto, el margen real de Takaichi podría estar acotado por los “halcones fiscales” dentro del PLD y por figuras como Taro Aso, vicepresidente del partido y asociado a la disciplina presupuestaria. La incógnita, entonces, es cómo impactará en su popularidad el aterrizaje de promesas hechas en campaña.
La supermayoría también reabrió un debate estructural: la reforma constitucional, en particular del artículo 9, que consagra la renuncia a la guerra y limita el rol militar. Takaichi sostiene que Japón debe estar preparado para defender a Taiwán si China lo invade y ha defendido una postura más dura frente a Pekín. Sin embargo, modificar la Constitución exige dos tercios en ambas cámaras y luego un referéndum. Aunque el umbral ya está en la Cámara Baja, en el Senado la aritmética es más compleja y obliga a sumar apoyos externos.
Con una victoria que reordena el tablero, Japón entra así en una etapa donde la ambición geopolítica dependerá, en última instancia, de la economía y de la capacidad del nuevo liderazgo para transformar capital político en reformas concretas.


