La historia de Alberto José es un testimonio de cómo el cuidado y las oportunidades transforman realidades. De crecer en un entorno protegido a convertirse en profesional, su vida reafirma que la constancia es la clave para alcanzar cualquier sueño.
En el mundo de la odontología, la precisión se mide en milímetros. Sin embargo, para Alberto José Fleitas la verdadera medida del éxito no se encuentra en el ajuste de una prótesis o en la blancura de un esmalte, sino en la distancia recorrida desde aquel día en que, siendo apenas un niño, cruzó por primera vez el umbral de Aldeas Infantiles SOS en Asunción. Con solo cuatro años y de la mano de su hermano Fernando, Alberto no buscaba una carrera profesional, buscaba, simplemente, un lugar donde crecer seguro. Hoy, ese niño de ojos chispeantes y curiosidad inagotable es un profesional de la salud bucal cuya historia es un recordatorio vibrante de una verdad que a menudo olvidamos: el origen no define a la persona.
La vida de Alberto dio un giro cuando el sistema de protección le brindó un entorno familiar. Allí apareció Bernardita, su cuidadora, a quien él define con la sencillez que solo otorga el amor filial: “Ella es como nuestra mamá hasta ahora”. En ese hogar, rodeado de hermanos de la vida y juegos compartidos, Alberto aprendió que el afecto es el cimiento sobre el cual se construye la identidad. Aunque en la escuela se mostraba tímido, su mente nunca descansaba. Era ese niño inquieto y travieso que prefería las ciencias naturales a las matemáticas, aquel que, a pesar de las dificultades, salvaba cada materia con una dedicación que ya vaticinaba el hombre en el que se convertiría.
El paso al colegio en el 2013 marcó su rito de iniciación a la madurez. Por primera vez debía salir solo de la Aldea, madrugar y enfrentarse al desafío de cruzar la ciudad en bus. “Era todo nuevo para mí”, recuerda con nostalgia. Fue en esa etapa de transición, entre el bullicio de Asunción y las charlas con su amigo Sergio, donde la curiosidad infantil se transformó en vocación. Mientras otros jóvenes dudaban sobre su futuro, él recordaba sus visitas al odontólogo. No le daban miedo, le generaban un interés genuino. Acosaba con preguntas a los profesionales, fascinado por la capacidad de transformar el dolor en una sonrisa.
Estudiar odontología en la Universidad Autónoma de Asunción no fue un camino sencillo. Se trata de una carrera larga, exigente y de altos costos. Pero cuando la resiliencia es el motor, los obstáculos se vuelven peldaños. Con el apoyo constante de Aldeas Infantiles SOS, que gestionó las herramientas necesarias, Alberto inició un recorrido de cinco años de disciplina férrea. Sus jornadas comenzaban a las 4:00 para rendir exámenes, pasaba días enteros en clínicas y estudiaba hasta la madrugada. No hubo espacio para el desánimo, porque entendía que cada hora de sueño sacrificada era un paso hacia la libertad profesional.
Hoy, ya recibido y especializado en rehabilitación oral, Alberto no mira hacia atrás con amargura, sino con una gratitud profunda. No se fue de la Aldea para olvidar su pasado, se fue para volver con las manos llenas. Actualmente regresa regularmente a su antiguo hogar para acompañar a otros niños en sus refuerzos escolares, devolviendo la paciencia que un día invirtieron en él. Incluso enseña matemáticas, la materia que antes le costaba, demostrando que nada es imposible cuando se cambia el miedo por la constancia. Además, a través de voluntariados, dicta charlas de prevención en barrios vulnerables, extendiendo su impacto más allá del consultorio.
Cuando se le pregunta qué le diría a aquel niño de cuatro años que llegó buscando protección, Alberto responde con una sabiduría que solo se adquiere en la lucha: “Que no se compare con los demás. Cada uno tiene su ritmo, su tiempo y su historia. No intentar es el verdadero fracaso. Equivocarse es parte del éxito”. Su mensaje para la juventud es un eco de su propia vida: ser disciplinados y aceptar que, aunque no todo salga como se espera, la clave está en intentarlo una y otra vez. La historia de Alberto José es el testimonio vivo de que, cuando un niño crece en un entorno seguro y recibe las oportunidades adecuadas, los sueños dejan de ser lejanos y se vuelven una realidad que transforma no solo una vida, sino a toda una comunidad.


