Hijo de Bruno Chevúgi, el guardaparque mártir que dio nombre al Día Nacional, Benito transforma el dolor en cátedra. Tras graduarse como el mejor alumno, hoy regresa a su comunidad con mapas digitales y vocación docente para salvar el último refugio del yaguareté y la memoria de su pueblo.
A principios de los años 2000, la infancia de Benito Urugi Chevúgi olía a naranjas silvestres y resonaba con las risas de su comunidad, los aché, mientras trepaban cerros para recolectar los tesoros del “ka’aguy”. En aquel entonces, el bosque no era una cifra ni un mapa, sino un organismo vivo que proveía medicina, alimento y sentido de pertenencia. Sin embargo, en el corazón de Benito, esa conexión con la tierra está indisolublemente ligada a una ausencia presente: la de su padre, Bruno Chevúgi, cuyo sacrificio no solo marcó la historia de Paraguay, sino que trazó el mapa de vida que su hijo recorre hoy con una resiliencia inquebrantable.
Benito tenía apenas 11 años cuando el destino de su familia cambió para siempre. Recuerda con una lucidez conmovedora que su padre, un líder natural y guardaparque de la Reserva de Biósfera del Bosque Mbaracayú, pareció presentir su final. Semanas antes de aquel fatídico 7 de febrero, Bruno visitó cada comunidad cercana, realizando encuentros que hoy Benito interpreta como una premonición de despedida. "Mi papá amaba la naturaleza", dice con la voz cargada de una nostalgia que no paraliza, sino que moviliza. Bruno fue asesinado protegiendo ese verde que amaba, y su muerte dio origen al Día Nacional del Guardaparque: pero para Benito, el homenaje más real no está en el calendario, sino en la continuidad de su lucha.
Su historia
La transición de Benito de niño recolector a profesional destacado ha sido un camino de sacrificios silenciosos. Tras cursar la primaria en su comunidad y formarse como bachiller técnico agropecuario (BTA), se propuso una meta mayor: la educación superior. Durante años viajó diariamente desde su comunidad en Jejuí Guazú hasta Curuguaty, recorriendo decenas de kilómetros para asistir a la facultad. Ese esfuerzo dio frutos el año pasado, cuando se recibió como licenciado en Ciencias de la Educación, no solo como un egresado más, sino como el alumno destacado de su promoción. La excelencia académica de Benito es su respuesta ante la adversidad; es la prueba de que el hijo de la selva puede dominar las herramientas del mundo moderno para proteger su origen.
Benito trabajó en el 2025 con la Fundación Moisés Bertoni en un proyecto que parece unir dos mundos: el conocimiento ancestral y la tecnología digital. A través de aplicaciones móviles, realizó el mapeo comunitario del bosque, digitalizando cada rincón estratégico para el pueblo aché. No se trata solo de geografía; es una herramienta de derechos humanos. Al mapear sus territorios, Benito asegura que los ritos, los sitios sagrados y los recursos naturales queden registrados frente al avance de "la mecanizada". El paisaje que hoy observa le genera una pena profunda: donde antes había mariposas, flores y frutas, ahora se extienden cultivos extensivos y otros ilegales que acorralan la cultura de su pueblo. Le duele ver a los abuelos en cama, pidiendo un fruto del monte para sanar su angustia, solo para descubrir que el bosque ya no está allí para responderles.
Sin monte no hay conocimiento
Esa es la razón por la cual Benito ha elegido la docencia. Su sueño es transmitir el conocimiento del bosque dentro de su propia comunidad. Sabe que si el bosque desaparece, la lengua y la cosmovisión Aché se extinguen con él. "¿Cómo vamos a transmitir conocimiento si no hay monte?", se pregunta con urgencia. Su enfoque educativo es ambiental por necesidad y por herencia. Benito entiende que la salud de su gente depende de la salud del ecosistema, un equilibrio que hoy solo parece resistir con fuerza en la Reserva del Mbaracayú, el único lugar de la Región Oriental donde todavía habita el yaguareté. La presencia de este gran felino es, para él, un indicador de esperanza, un signo de que el bosque aún respira.
Incluso en la biodiversidad de la reserva, la memoria de su padre late con fuerza. Uno de los jaguares identificados en la zona fue bautizado como "Bruno" en honor al guardaparque caído. Así, mientras el jaguar patrulla la selva con su paso sigiloso, Benito patrulla las aulas y los mapas, asegurando que el legado de los Chevúgi no sea solo una historia de pérdida, sino una crónica de recuperación. Benito Urugi, cuyo nombre rinde honor a la gallina silvestre, ha comprendido que su deber es ser la voz de los que ya no están y el guía de los que vendrán, convirtiendo cada lección y cada punto en el mapa en un escudo para el corazón verde de su tierra.


