En el corazón del Bañado Sur, allí donde el río a veces aprieta y las oportunidades suelen ser esquivas, existe un rincón que los niños han bautizado con el nombre más honesto que han podido encontrar: la "Escuelita Mágica". Formalmente es el CAPI (Centro de Apoyo Pedagógico Integral), pero para los cien pequeños que cruzan sus puertas cada día, el nombre técnico carece de importancia. Lo que importa es que allí, entre paredes que alguna vez amenazaron con caerse y hoy brillan con colores vivos, el mundo se vuelve un lugar amable, seguro y, por encima de todo, lleno de posibilidades.
La historia de este refugio comenzó con el paso silencioso de las Hermanas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Ellas, que vivían en el barro con la gente, entendieron que el refuerzo escolar era la única escalera real para salir de la vulnerabilidad. Empezaron con lo básico: lectura, escritura y matemáticas para los alumnos de las escuelas de Fe y Alegría. Sin embargo, el tiempo y las circunstancias políticas dejaron el local en el abandono. Lo que alguna vez fue un comedor popular en años anteriores, terminó siendo una estructura olvidada, hasta que la Comunidad de Vida Cristiana (CVX) se cruzó en su camino.
Todo cambió con una merienda. Lo que empezó como un gesto solidario para llevar leche y galletitas se transformó en una misión de vida cuando los voluntarios de CVX vieron que el techo se desmoronaba. Desde hace ocho años, este movimiento internacional, con raíces profundas en Paraguay, tomó la posta. Hoy, tras la partida de las hermanas del barrio, la comunidad sostiene el proyecto a pulmón, transformando la precariedad en dignidad a través de la gestión de recursos que llegan, gota a gota, desde el corazón de la gente.
La magia de la escuelita no es producto de un truco, sino del trabajo incansable. Actualmente, el CAPI brinda apoyo a cien niños y niñas, de entre 6 y 12 años, en turnos mañana y tarde. Para que esto funcione, la estructura se sostiene sobre la profesionalidad y el amor: se financian los salarios de dos profesoras y una asistente que no son ajenas al entorno. Son docentes jubiladas que viven en el mismo Bañado, mujeres que conocen la composición de cada familia, que saben si un niño no durmió bien o si llegó con la panza vacía. Ese conocimiento del terreno es lo que permite que el impacto no sea solo académico, sino profundamente humano.
En la Escuelita Mágica, el currículo es tan variado como las necesidades de sus alumnos. Hay clases de inglés impartidas por voluntarios, lecciones de ajedrez para despertar el pensamiento estratégico y talleres de salud bucodental. Pero también hay espacio para el asombro. Muchos de estos niños conocen el mundo a través de las salidas pedagógicas que el centro organiza: desde visitas a los museos en fechas históricas hasta tardes de cine con combo incluido, una experiencia que para cualquier niño de ciudad es cotidiana, pero que en el Bañado representa un hito inolvidable.
El sostenimiento de este sueño es un ejercicio diario de fe y generosidad. Cada verano, cuando el calor arrecia, los voluntarios se encargan de pintar las sillitas, arreglar los pisos y parchar los techos. Todo, absolutamente todo, desde la merienda de chocolate con galletitas hasta el aguinaldo de las maestras, proviene de donaciones. Es un modelo de gestión basado en la confianza y en la certeza de que, cuando se ofrece una herramienta para la vida —como la comprensión lectora o el discernimiento—, se está rompiendo una cadena de pobreza que parecía inquebrantable.
Las familias también son parte de este engranaje. A través de jornadas de crianza positiva, las madres encuentran en el CAPI un espacio de contención y aprendizaje, entendiendo que el apoyo escolar es solo una parte de la ecuación; el afecto y la educación en valores cristianos completan el desarrollo integral de sus hijos. Es una labor de hormiga donde cada aporte cuenta: desde quien va a celebrar su cumpleaños con los niños hasta el profesional que dona su tiempo para enseñar matemáticas los fines de semana.
Hoy, la Escuelita Mágica del Bañado Sur hace un llamado a la sociedad. El resultado de este esfuerzo es palpable: niños que aprenden a leer, que mejoran sus calificaciones y que, sobre todo, se sienten amados y valorados. Sin embargo, para que esta luz no se apague, la financiación y el apoyo constante son vitales. No se trata solo de dar dinero, sino de invertir en el futuro de Paraguay a través de sus ciudadanos más pequeños y vulnerables. Porque en el CAPI, cada letra aprendida y cada problema matemático resuelto es una batalla ganada al olvido.


