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El camino de Anahí Torales en el desafío de la cerámica artesanal

Con el tiempo como aliado y el barro como lenguaje, Anahí Torales lidera Tujugui. Un recorrido por los desafíos de vivir del arte, el valor de la for…

| Por La Tribuna
Anahí Torales y la esencia de Tujugui: el valor de lo hecho a mano y el desafío de convertir el arte en un camino emprendedor.

Con el tiempo como aliado y el barro como lenguaje, Anahí Torales lidera Tujugui. Un recorrido por los desafíos de vivir del arte, el valor de la formación y la meta de crear piezas que duren toda la vida.

Hay un ritmo particular en el sonido del torno, una cadencia que exige que el cuerpo y la mente se sincronicen con el barro que gira. Para Anahí Torales, ese compás no fue un flechazo instantáneo, sino un descubrimiento pausado, una semilla que germinó de la mano de Willian, su compañero y cofundador de Tujugui. Él, descendiente de una estirpe de artesanos, fue el puente hacia un oficio que hoy define su identidad. Al formarse en la Asociación de Artesanos Aregüeños, Anahí no solo aprendió a modelar la tierra; aprendió a mirar el tiempo de otra manera. Comprendió que la cerámica es, ante todo, una forma de resistencia frente a la inmediatez del mundo moderno.

Esa transición de la curiosidad al compromiso profesional ocurrió cuando el barro dejó de ser una actividad ocasional para ocupar el centro de su vida diaria. El "clic" no fue un evento ruidoso, sino la sutil satisfacción de ver cómo sus piezas cobraban sentido en las manos de otros. Allí nació Tujugui. El nombre no es una elección azarosa, es un manifiesto: una síntesis creada a partir de las raíces del guaraní donde “tuju” evoca el barro y “gui” marca el origen. “Desde el barro”, “proveniente del barro”. Una palabra nueva para un oficio ancestral que busca, ante todo, pertenecer a su territorio.

El camino de emprender desde el arte es un ejercicio constante de humildad. En el taller, el error es un maestro severo, pero necesario. Anahí recuerda con nitidez las hornadas perdidas, piezas que estallan tras días de dedicación o esmaltes que deciden rebelarse contra las expectativas. Esos momentos, lejos de ser fracasos, fueron los que cimentaron su mentalidad empresarial. Le enseñaron que para ser una artista libre, primero debía ser una productora ordenada. Aprendió a registrar procesos y a entender que el desastre en el horno es solo una etapa más del crecimiento. Hoy, esa experiencia se traduce en una búsqueda constante por la innovación sostenible: desde el uso de cenizas de leña hasta la experimentación con cáscaras de huevo y vidrio reciclado, integrando la filosofía japonesa que respeta la imperfección y el alma de cada objeto.

La cerámica impone su propia agenda. Un pedido no se resuelve en horas, requiere al menos quince días de espera paciente entre el secado, el retorneado, la doble cocción y el enfriado. Gestionar esa incertidumbre climática y técnica ha sido uno de los mayores desafíos para Anahí, quien hoy se encuentra en una etapa de fortalecimiento organizacional para Tujugui. El reto actual es monumental: crecer sin traicionar la esencia. En este proceso de maduración, la emprendedora ha logrado trascender la producción de piezas utilitarias como platos y tazas para aventurarse en la joyería y las luminarias artesanales, expandiendo los límites de lo que el barro puede ser.

Fuera del torno, la batalla es distinta. Para una artesana de alma, aprender a calcular costos, definir precios y comunicar el valor de lo hecho a mano es un territorio complejo. Sin embargo, Anahí ha asumido este rol con la misma disciplina con la que amasa la arcilla. Gracias a mentorías y capacitaciones intensas, ha logrado estandarizar procesos sin sacrificar la identidad, permitiendo que Tujugui pase de la pieza única a una producción organizada que mira hacia mercados más amplios. Hoy, el taller cuenta con una visión clara donde la organización interna y la diversificación son las herramientas que aseguran la supervivencia del arte.

Al mirar hacia el futuro, el sueño de Anahí es tan sólido como una pieza bien horneada. Imagina un espacio que no sea solo un taller, sino un punto de encuentro entre tienda y formación, un lugar donde el vínculo con el oficio se mantenga vivo y se comparta. Su objetivo es seguir creciendo de manera consciente, investigando cómo darle una nueva vida a materiales de descarte y fortaleciendo la marca en cada detalle, incluso en el empaque que protege su obra.

Si pudiera volver atrás y hablar con la Anahí que apenas se manchaba las manos por primera vez, le daría un consejo que es, en realidad, una verdad universal para cualquier creador: confía en el proceso. El oficio no se apresura, se construye capa sobre capa, con la misma paciencia con la que el calor transforma el lodo en piedra. Porque al final, lo que ella busca es que quien sostenga una pieza de Tujugui sienta que tiene entre manos algo que fue hecho con tiempo y cuidado. No es un objeto descartable, es una historia de fuego, raíz y perseverancia que acompaña la vida cotidiana, recordándonos que lo más bello siempre nace de saber esperar.

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