De exjugador de la selección de rugby a referente de las cocinas benéficas, Luis Villalba lleva la solidaridad en el ADN. Con 50 eventos anuales y la meta de ser ejemplo para sus hijos, este chef paraguayo nos enseña que el pago más valioso no es el dinero, sino la satisfacción de entregar el corazón en cada plato.
En el vertiginoso mundo de la gastronomía, donde la presión de los tiempos de servicio suelen dictar el ritmo, existe un rincón donde el fuego no quema por ambición, sino por pura entrega. Allí, entre las ollas gigantes y los fogones, se encuentra Luis Villalba. Para muchos, es LuChef; para otros, es el hombre que convirtió la cocina en un puente de esperanza en un Paraguay donde la salud, a menudo, depende de la solidaridad del prójimo.
Luis no es un recién llegado a este arte. Encarnaceno de nacimiento, pero asunceno por adopción desde hace casi tres décadas, lleva el servicio en la sangre. Su historia comenzó mucho antes de vestir la chaqueta blanca profesional; se gestó en la cocina de su madre, quien durante 35 años alimentó cuerpos y almas en Argentina, y en el ejemplo de sus hermanos, figuras constantes de ayuda en Encarnación. Luis, el menor de la familia y exintegrante de la selección paraguaya de rugby en el 96, aprendió temprano que la fuerza no solo sirve para empujar en un “scrum”, sino para sostener a quien ya no puede mantenerse en pie.
Hoy, Luis capitanea un barco singular: LuChef y Cocineros Solidarios. Se trata de un equipo de entre siete y nueve personas que desafía la lógica del mercado. En un sector donde el descanso es un lujo escaso, Luis ha logrado lo impensable: reunir a un grupo que no solo incluye a profesionales de la cocina, sino también a abogados, empresarios y comerciantes. Todos unidos por un "estilo de vida" que trasciende la profesión. Juntos se enfrentan a la titánica tarea de organizar alrededor de 50 eventos solidarios al año, destinados principalmente a familias que atraviesan crisis económicas devastadoras debido a problemas de salud.
La logística detrás de cada evento es una coreografía de generosidad que comienza mucho antes de encender el fuego. Una semana antes, el equipo ya está en marcha: cortando ingredientes, organizando la cadena de frío y preparando los insumos para que, el día del evento, todo fluya con la precisión de una cocina de alto rendimiento. Han llegado a servir 1.800 platos de paella en una sola jornada, una cifra que intimidaría a cualquier banquetero profesional, pero que a ellos los llena de una vitalidad renovada.
Al preguntarle a Luis qué diferencia hay entre cocinar para un cliente que paga y para alguien que necesita ayuda, su respuesta es inmediata y profunda: paz. Mientras que la cocina comercial busca la satisfacción del paladar y la rentabilidad, la cocina solidaria busca la plenitud del espíritu. Es una entrega hacia personas que, en la mayoría de los casos, ni siquiera conocen. En esos momentos, el estrés desaparece y es reemplazado por la certeza de estar en "la vereda de dar".
Para Luis, el "ingrediente secreto" que amalgama a este grupo heterogéneo de voluntarios es una tríada innegociable: amor, cariño y entrega. Sin esto, asegura, nada de lo que hacen tendría sentido. Es la receta que le permite convencer a colegas agotados para que dejen de lado sus escasas horas de sueño y se sumen a una causa justa. Su mensaje para otros profesionales es claro y directo, libre de adornos: hay que dejar el ego de lado. En un mundo que a menudo premia el reconocimiento individual, Luis propone el anonimato del servicio desinteresado.
Las redes sociales han jugado un papel fundamental en esta cruzada, funcionando como un megáfono que multiplica el alcance de cada colecta y cada plato servido. Sin embargo, más allá de los "likes" y la difusión, el motor real de Luis lo constituyen sus tres hijos varones. Para ellos busca ser el ejemplo vivo de que, aunque el trabajo de su equipo no cambie el mundo entero de la noche a la mañana, sí transforma la realidad inmediata de quienes reciben ese plato de comida. Es su grano de arena, depositado con la firmeza de quien sabe que la solidaridad es una carga de energía inagotable.
Invertir tiempo, sacrificar compromisos personales e incluso restar horas a la familia son precios que el equipo paga con gusto. El retorno de inversión no figura en ninguna cuenta bancaria, se traduce en una "paz en el corazón" que se siente al terminar la jornada, cuando el fuego se apaga y el silencio de la satisfacción reemplaza al bullicio de la cocina. Luis Villalba y sus cocineros solidarios han entendido que la cocina, en su esencia más pura, no es solo técnica y sabor, sino el acto más antiguo y noble de humanidad: alimentar al otro por el simple placer de ayudarle a sanar.


