En Paraguarí, Viviana Villalba y el Comité Ñepytyvõ lideran una revolución agroecológica. Desde el 2021, 19 familias impulsan la soberanía alimentaria y salud comunitaria con técnicas orgánicas, regenerando suelos y preservando semillas nativas.
En las tierras rojizas de Paraguarí, donde el sol abraza los cultivos con intensidad, una revolución silenciosa está transformando la mesa y el corazón de las familias rurales. No se trata de una revolución de máquinas, sino de manos; no de químicos, sino de conciencia. Es la historia de Viviana Villalba Martínez y el Comité Ñepytyvo, un testimonio vivo de que la tierra, más que un recurso, es un vínculo sagrado que fortalece comunidades y construye un porvenir digno. Esta experiencia demuestra con creces que la agroecología es, por encima de todo, cuidado, trabajo colectivo y un futuro compartido, convirtiéndose en un modelo necesario en un Paraguay que busca reencontrarse con sus raíces productivas.
Todo comenzó en febrero del 2021. Mientras el mundo se replegaba ante la incertidumbre de la pandemia, 19 familias decidieron que la respuesta a la crisis estaba en la unión. “Era una situación un poco difícil, pero no imposible”, recuerda Viviana. Lo que se inició como una necesidad de subsistencia se convirtió rápidamente en un proyecto robusto: la creación de huertas, la instalación de gallineros y el fortalecimiento de los lazos humanos. Para Viviana, la clave del éxito reside en la constancia y la organización. Este espíritu se vio potenciado por talleres de formación que se convirtieron en herramientas fundamentales para la vida. Gracias a este aprendizaje, el comité no solo mejoró su producción, sino que se volvió una estructura sólida capaz de sobrellevar cualquier adversidad con resiliencia, representando la esencia del campesinado paraguayo que resiste y propone desde la agroecología.
La agroecología en el Comité Ñepytyvõ trasciende la técnica; es una herramienta de protección vital para el suelo y los cultivos, especialmente en Paraguay, donde la degradación de la tierra y el avance del monocultivo representan desafíos críticos. Estas familias han entendido que el suelo es un organismo vivo que debe ser nutrido. Mediante el uso de abonos orgánicos como el bokashi y fertilizantes naturales han logrado regenerar la vitalidad de la tierra, preservando la biodiversidad de variedades locales de maíz, poroto y mandioca que forman parte del patrimonio genético del país. Los resultados son asombrosos y tangibles: Viviana relata con emoción cómo el año pasado, gracias al manejo agroecológico, una sola planta de mandioca llegó a producir entre 7 y 8 kilos, mientras que las plantas no tratadas permanecían vulnerables a las plagas. Esta protección del suelo no solo asegura mejores cosechas, sino que funciona como un escudo natural contra los efectos del cambio climático, mejorando la retención de humedad y la salud de los ecosistemas locales.
Más allá de los números, esta práctica es una elección consciente por la salud en un territorio donde la seguridad alimentaria es una prioridad urgente. Para los miembros del comité, producir sin venenos es un acto de soberanía y un alivio para la economía familiar. “Poner veneno químico en nuestra planta es como envenenarnos nosotros mismos otra vez, porque se lleva para el consumo diario”, explica Viviana con convicción. La hortaliza que llega a la mesa de estas familias es ahora fuente de verdadera nutrición, libre de residuos tóxicos, demostrando que en el campo paraguayo es posible alimentarse bien sin hipotecar el bienestar físico ni contaminar las fuentes de agua que sustentan la vida.
El horizonte del Comité Ñepytyvõ está lleno de sueños que se nutren del trabajo diario. Miran hacia adelante con la ambición de consolidar un emprendimiento fijo y contar con un local propio en los próximos años, enfocándose en la cría de gallinas y la producción de huevos de manera sostenible. Este esfuerzo colectivo es posible gracias al proyecto “Producción agroecológica, promoción de la protección del medio ambiente y creación de redes de familias de pequeños agricultores en el departamento de Paraguarí”, implementado por Decidamos con el apoyo de Adveniat y CCFD-Terre Solidaire. El proyecto no solo busca mitigar el cambio climático, sino devolverle al agricultor su rol como guardián de la vida y la cultura.
La historia de Viviana y sus compañeros es un faro que ilumina el poder de la organización comunitaria en Paraguay. Refleja que cultivar la tierra con respeto y cooperación no solo genera mejores cosechas, sino que cultiva relaciones más humanas y un planeta más sano. En Paraguarí, la semilla de la agroecología ya ha germinado, recordándonos que el cuidado del suelo y la recuperación de nuestras variedades nativas son, en última instancia, el único camino seguro hacia un futuro compartido de salud y dignidad.



