La Tribuna que cambia el juego

Una promesa de vida que transforma escuelas olvidadas

Tras una cirugía cardíaca, el ingeniero Gerardo Molinas cumplió su promesa de ayudar a los más necesitados. Movilizó a la sociedad para transformar e…

| Por La Tribuna
El emotivo recibimiento para el ingeniero Gerardo en la escuelita de Guayaki Kua.

Tras una cirugía cardíaca, el ingeniero Gerardo Molinas cumplió su promesa de ayudar a los más necesitados. Movilizó a la sociedad para transformar escuelas precarias en Coronel Oviedo y Guayaki Kua, construyendo aulas, baños y esperanza mediante la gestión solidaria.

Dicen que para educar a un niño se necesita de una tribu entera, pero a veces, para que esa tribu despierte, hace falta un corazón que lata con la fuerza de una promesa sagrada. La historia del ingeniero Gerardo Molinas no comienza en un tablero de diseño ni en una obra civil, sino en la antesala de un quirófano en Brasil. Allí, frente a la incertidumbre de una cirugía cardíaca y con el peso de la vulnerabilidad sobre los hombros, Gerardo no pidió solo por su vida, ofreció su existencia como un puente para los demás. Se sintió tan bendecido por la oportunidad de sanar que selló un pacto con el destino: si salía con vida, su energía sería para quienes el sistema suele olvidar.

Ese hombre, padre de tres y abuelo de tres, regresó a Paraguay con un motor nuevo, no solo en el pecho, sino en el alma. Si bien su trayectoria siempre estuvo marcada por la sensibilidad social y múltiples acciones solidarias, su compromiso se volvió una llama inextinguible tras aquella intervención. Un hito particular en este camino de entrega se dio en el 2024, en Coronel Oviedo. Allí, Gerardo tomó el toro por las astas. No se limitó a donar; movilizó a amigos, colegas y familiares para transformar una escuela. Construyeron baños sexados dignos, dignificaron la cocina y, con una visión que abraza la economía local, contrataron a una modista de la zona para confeccionar uniformes. Muebles, libros y mochilas llegaron como ráfagas de esperanza, demostrando que cuando un profesional pone su capacidad de gestión al servicio del amor, lo imposible se vuelve concreto.

Sin embargo, el llamado del olvido llegó poco después a través de un video. Una amiga le mostró la realidad de la Escuela 21 de Abril, en la comunidad Guayaki Kua, un asentamiento de 400 hectáreas a 45 kilómetros de Caaguazú. Lo que Gerardo vio lo estremeció: una escuela indígena plurigrado que funcionaba en un galpón precario, sin agua potable, sin electricidad y sin un solo sanitario. El deseo de aprender de esos niños era un fuego que resistía con una valentía conmovedora; se resistían a pesar de la intemperie inclemente, el calado del frío y el dolor silencioso del hambre. En medio de esas carencias extremas, la voluntad de superarse era el único abrigo que poseían.

Gerardo volvió a sus redes sociales, su gran megáfono de humanidad. Al principio, la respuesta fue lenta, un silencio que ponía a prueba su fe. Un colega le ofreció 15 millones de guaraníes para arrancar, una suma que Gerardo dudó en aceptar inicialmente por temor a agotar ese apoyo temprano. Pero al ver que el flujo de ayuda se estancaba, aceptó el desafío. Ese aporte fue la chispa que encendió el motor. Lo que inicialmente iba a ser un aula y dos baños, la providencia y la gestión lo convirtieron en dos aulas sólidas, construidas por manos locales y padres voluntarios que pusieron cada ladrillo con la dignidad de quien construye su propio futuro.

Las donaciones empezaron a llover en formas tangibles: cables que traerían la luz por primera vez, puertas que resguardarían los sueños, ventanas para mirar el horizonte. El club Guaraní, a través de su proyecto “Identidad Guaraní”, se sumó para que el deporte fuera parte de la formación, enviando arcos, pelotas y redes. El Touring y Automóvil Club Paraguayo puso los camiones, convirtiéndose en las venas que transportaron el progreso hasta el corazón de la comunidad.

Pero la verdadera magnitud de la obra no se mide en metros cuadrados de construcción, sino en el nudo en la garganta que Gerardo sintió el día de la llegada. Él llevaba un mástil, una bandera y un parlante, soñando con que esos niños escucharan “Patria querida” para reforzar su identidad. No esperaba que la comunidad lo estuviera esperando, formados en un cordón de honor, agitando pequeñas banderitas paraguayas con una alegría que desbordaba sus rostros. En ese momento, el ingeniero, el hombre de las estructuras y los cálculos, se quebró. Lloró como quien comprende que ha cumplido una misión que va más allá de lo humano.

Gerardo Molinas hoy se emociona al contar cómo personas que tienen poquísimo se solidarizan con lo mínimo, demostrando que la pobreza es solo material y nunca de espíritu. Con lágrimas en los ojos, asegura que mientras Dios le dé aliento y el cuerpo le permita seguir, no se detendrá. Su historia nos recuerda que un problema del corazón puede ser, paradójicamente, lo que finalmente nos enseñe a usarlo. Gerardo no solo construyó aulas, devolvió a una comunidad la certeza de que no están solos y que, en este rincón del mundo, todavía hay hombres que cumplen sus promesas de quirófano transformando el barro en esperanza.

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