Un recuerdo materno impulsó a María José Ayala a construir una red solidaria que crece cada año. Hoy, cientos de familias reciben algo más que alimentos.
El eco de una enseñanza materna retumba en el corazón de María José Ayala como un mandato silencioso pero ineludible: "Todo lo que hacés, te vuelve quintuplicado". Lo que comenzó como un recuerdo de juventud en las campañas de Mano Abierta, se transformó, décadas después, en una de las movilizaciones solidarias más genuinas y conmovedoras del Paraguay contemporáneo. Hoy, Majo no solo entrega cajas; entrega dignidad, esperanza y la certeza de que nadie está solo en la mesa de Nochebuena.
Hubo un tiempo en que la vida de Majo transcurría en la aparente calma del ámbito privado: el trabajo, la crianza de sus cuatro hijos y el calor del hogar. Sin embargo, la llegada de la pandemia en 2020 rasgó el velo de la indiferencia. Mientras el mundo se encerraba, ella decidió abrir las puertas. La urgencia del hambre en los sectores más vulnerables la empujó a la cocina. El menú era sencillo, pero vital: guiso. Con ollas humeantes y el apoyo del profesor Juan Ramón en el Bañado Norte, lo que empezó como una ayuda pequeña escaló a dimensiones épicas, llegando a entregar 8.600 platos en un solo sábado a comunidades de Luque, Lambaré y Asunción.
Pero el calor paraguayo y el rigor de la cadena de frío obligaron a una pausa técnica que, lejos de ser un final, fue el germen de algo más grande. "Teníamos miedo a la contaminación por las altas temperaturas", relata. Fue entonces cuando nació la idea de las cajas navideñas. En aquel primer diciembre de incertidumbre, se entregaron 180 cajas. Hoy, al cerrar el 2025, la cifra se ha triplicado con creces: 600 familias de comunidades como el Bañado Sur, Tablada, Santa Ana y San Cayetano han recibido el abrazo de esta red solidaria.
El modelo de Majo es una coreografía de logística y amor. Nada se deja al azar. Cada familia beneficiaria está registrada con nombre, apellido y cédula, garantizando que la ayuda llegue con orden y respeto. Este año, la operación fue tan vasta que requirió de cuatro casas particulares para organizar la logística y una alianza con el supermercado San José de Limpio, facilitando que los donantes compren directamente kits con productos esenciales como arroz, fideo, aceite, yerba y pan dulce.
Sin embargo, el diferencial de esta iniciativa no está en el gramaje de los alimentos, sino en el alma de los paquetes. Majo pide a sus donantes que personalicen cada caja. No se trata de entregar lo que sobra, sino de dar lo que se elegiría para un ser querido. Las cajas llegan forradas, pintadas y cargadas de detalles: juguetes para los niños, productos de higiene, manteles y hasta cremas para las mamás. "La idea es que pongas un regalo que comprarías para tu hijo o para tu mamá, para que sientan que fue pensado para ellos y no vean una diferencia", explica con una sensibilidad que desarma.
Detrás de este movimiento hay un equipo motor de siete personas que se multiplica por cientos cuando llegan los días de entrega en la primera quincena de diciembre. Familiares, amigos y asociaciones de exalumnos de colegios se han sumado a esta causa que ya no conoce fronteras. De hecho, el impacto ha sido tal que el modelo se replicó este año en Ciudad de México a través de sus cuñadas, quienes iniciaron con 25 cajas, asombrando a la comunidad local por la pureza de un gesto que no busca más rédito que la alegría ajena.
Para Majo, las redes sociales han sido el altavoz sagrado que permitió convertir un deseo individual en una realidad colectiva. Al ver llegar los camiones cargados de color a los barrios, el ruido del motor se confunde con los gritos de júbilo de los niños. Es una fiesta de la humanidad en su estado más puro.
Al final del día, cuando el cansancio físico pesa pero el alma desborda, María José Ayala vuelve a su hogar, donde su marido y sus hijos la esperan. Sabe que Dios la ha bendecido y que su labor es, simplemente, devolver un poco de esa luz. En cada caja entregada, Majo no solo cumple con un registro de nombres; cumple con la promesa de una madre y demuestra que, en Paraguay, la solidaridad es el único lenguaje que no necesita traducción.


