La Tribuna que cambia el juego

La doctora que desafió a la ciencia y a la vida para cumplir su sueño

Laura Martínez Gaona superó adversidades, desde limitaciones económicas hasta un tumor cerebral. Contra todo pronóstico, completó su formación médica…

| Por La Tribuna
Laura, en el 2022 a 3 años de su cirugía pudo recibir el título de médica clínica

Laura Martínez Gaona superó adversidades, desde limitaciones económicas hasta un tumor cerebral. Contra todo pronóstico, completó su formación médica y subespecialidad en Reumatología, transformando sus cicatrices en empatía y resiliencia para sanar a otros. Su historia es un testimonio de lucha y esperanza inquebrantable.

Hay historias que se escriben con tinta y otras que se graban a fuego en la piel. La de Laura Martínez Gaona pertenece a estas últimas. Su vida no ha sido un camino lineal hacia el éxito, sino una sucesión de batallas ganadas a la adversidad, donde el guardapolvo blanco que hoy viste no es solo un uniforme, sino la armadura de una guerrera que aprendió a sanar a otros mientras ella misma intentaba no romperse.

Desde su infancia en un entorno de limitaciones económicas, el sueño de Laura fue siempre el mismo: ser médica. Para una joven de su contexto, la Universidad Nacional de Asunción (UNA) no era solo una institución prestigiosa, era una cima empinada que exigía más que intelecto. Exigía resistencia. El primer año, el sistema le cerró la puerta. Pero donde otros ven un muro, ella vio un peldaño. Con el apoyo incondicional de su familia, que apostó por ella por encima de sus carencias, Laura consiguió una beca para el cursillo de ingreso y, en su segundo intento, logró entrar.

La carrera fue un ejercicio de sacrificio constante, una maratón de noches en vela y bolsillos vacíos, pero ella avanzaba con la certeza de quien sabe que su destino está en los hospitales. Sin embargo, cuando el final estaba cerca, cuando ya casi podía tocar su título de médica, el destino le asestó el golpe más duro.

En el 2018, mientras cursaba su último año, un vértigo persistente empezó a acecharla. Lo que ella —por cansancio o negación— asociaba al estrés de la facultad, era en realidad el aviso de algo mayor. Tras consultar con un profesor de neurología, esperó dos meses para una resonancia. La respuesta llegó un mediodía de junio, en medio del bullicio de la fiesta de San Juan del hospital. Mientras afuera el aroma a mbeju y pajagua llenaba el aire, adentro, en una placa de imagen, el mundo de Laura se detenía: tenía un tumor en la cabeza.

“Se me cayó el mundo abajo”, recuerda hoy. El conocimiento médico, que tanto le había costado adquirir, se volvió en su contra. Como futura profesional, comprendía la gravedad milimétrica de ese diagnóstico. Sus compañeros de Imágenes, en un gesto de ternura ante la tragedia, intentaron consolarla con la comida típica de la festividad, pero Laura solo podía pensar en el viaje de vuelta a casa. Tenía que decírselo a su madre. Aquella mujer, que la había sostenido siempre, recibió la noticia con una entereza casi divina. Su madre no se quebró frente a ella, se convirtió en su escudo.

La cirugía era inevitable, pero el riesgo era alto. El doctor Elio Marín fue honesto: necesitaba tecnología que en ese momento solo encontraba en Argentina o Brasil para minimizar las secuelas. El contacto se hizo con un colega en Tucumán que aceptó operarla a “precio social”, pero los costos seguían siendo inalcanzables: más de 10.000 dólares. Fue entonces cuando Laura experimentó lo que significa la solidaridad desde el otro lado. Su nombre, el que esperaba ver en un recetario, apareció en rifas, polladas y campañas desesperadas de sus compañeros.

El 19 de marzo del 2019, Laura entró al quirófano. Salió viva, pero con marcas profundas: una parálisis facial severa y la pérdida irreversible de la audición en el oído izquierdo. Dieciocho días después, regresó en auto a su casa, igual que se había ido, pero siendo una persona distinta. El proceso de rehabilitación fue lento y doloroso, pero su voluntad era más fuerte. Solo un mes después de la cirugía, ya estaba realizando su internado. Con el pequeño salario que recibía, pagó cada centavo del préstamo que le permitió salvar la vida.

Durante los seis años siguientes, Laura reconstruyó su rostro —hoy recuperado en un 90%— y reaprendió a escuchar el mundo con un solo oído. Hizo su residencia de tres años sin detenerse. Pero la vida aún guardaba una última prueba, quizás la más difícil porque no se veía en una resonancia: la depresión y los problemas de adicción en su seno familiar.

“Los problemas físicos se superan más fácil porque luchas con otras herramientas, pero luchar contra la mente es mucho más complicado”, reflexiona con una honestidad desgarradora. En este 2025, Laura Martínez Gaona ha culminado su subespecialidad en Reumatología. Lo ha hecho en medio de tormentas internas, demostrando que la verdadera resiliencia no es la ausencia de dolor, sino la capacidad de seguir caminando cuando el peso es insoportable.

Hoy, la doctora Laura no solo receta medicamentos; ofrece empatía. “Así como soy médica, también fui paciente y familiar de paciente”, afirma. Conoce el frío de la sala de espera y el terror de la incertidumbre. Para ella, la medicina no es solo ciencia, es compasión. Su historia es un recordatorio de que no elegimos las heridas, pero sí decidimos qué hacer con las cicatrices. Laura eligió convertirlas en luz para los demás, aferrada a su fe y a la convicción de que, a veces, solo hace falta aguantar un poco más para que el sueño se haga realidad.

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