Memoria Nivaclé recuperada en un galpón histórico del Chaco

En el Chaco paraguayo, una obra liderada por Bettina Bray recuperó un edificio emblemático. La restauración involucró a toda la comunidad y resignificó el valor del patrimonio indígena.

| Por La Tribuna

La invitación de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid) a concursar por este proyecto fue el inicio de un viaje de cuatro meses hacia las raíces de una comunidad que, en la década de los 60, marcó un hito en su historia. En aquel entonces, con el apoyo de la Asociación de Servicios de Cooperación Indígena Menonita (ASCIM), los propios Nivaclé levantaron este galpón utilizando las maderas más nobles y resistentes del Chaco: pilares de quebracho colorado y blanco, y tablas de palo santo. Hoy, estas especies escasean, lo que convierte a la estructura en una reliquia botánica y arquitectónica de valor incalculable.

El edificio no es solo madera y techo; es el símbolo del momento en que los Nivaclé accedieron a los títulos de propiedad de sus tierras y comenzaron una vida basada en el trabajo cooperativo, la agricultura y la ganadería. Originalmente, el galpón servía para el acopio de maní, tártago y algodón, funcionando luego como almacén comunitario y oficina. Bray destaca el asombroso sincretismo del diseño: una forma nórdica, heredada de la influencia menonita, con techos de pendientes pronunciadas y adaptados para la recolección de agua de lluvia, un recurso vital en la región.

Al asumir este desafío, Bray no llegó con fórmulas impuestas. Inició un relevamiento con un equipo interdisciplinario, integrándose a la rigurosa organización de los ocho líderes de la comunidad. El proyecto se convirtió en una ayuda a la economía local: mientras los constructores provenían del Chaco, toda la mano de obra fue estrictamente Nivaclé. Esta decisión no solo garantizó la calidad de la ejecución, sino que devolvió a los pobladores el sentido de propiedad sobre su memoria, que estaba siendo amenazada por el avance implacable de los kupi’i (termitas).

La sostenibilidad fue un pilar del proceso. Los restos de madera recuperados de la restauración no se descartaron, sino que se transformaron en el mobiliario del nuevo salón comunitario. Además, la innovación se filtró en los detalles: los portalámparas fueron tejidos en caraguatá, una artesanía tradicional que las mujeres de la comunidad ahora ven como una veta comercial con potencial de negocio.

Para Bettina Bray, esta experiencia cambió su perspectiva profesional y personal. “Nosotros somos el resultado de la historia, una realidad que muchas veces en las ciudades o en la Región Oriental no conocemos”, reflexiona la arquitecta. No es la primera vez que Bray logra este impacto social a través del patrimonio; en 2020 lideró la restauración de la estación de tren de Pirayú, donde formó a un equipo de obreros que hoy recorren el país trabajando en otras obras de conservación.

La restauración en Campo Alegre no solo salvó un edificio de la ruina; devolvió a la luz la capacidad organizativa de los Nivaclé y su profunda valoración por las raíces. El galpón vuelve a ser hoy el centro de gravedad de una comunidad que, lejos de los ojos de la capital, custodia una parte esencial de la identidad paraguaya. Para Bray, la mayor satisfacción no reside solo en la obra terminada, sino en haber compartido conocimiento y haber aprendido que, en la inmensidad del Chaco, la memoria se construye y se protege en comunidad.

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